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jueves, 18 de agosto de 2011

Así fue mi #17A

Sabía que, esta mañana, la prensa nos sorprendería con análisis sectarios y radicalizados. Sabía que las redes sociales arderían en llamas y en odio. Sabía que lo que pasó ayer sería contado incluso por quienes no estuvieron allí y, sin embargo, creen que conocen lo que sucedió. Es curioso, porque yo, que formé parte de esa manifestación laica, solo tengo constancia -real y autobiográfica- de una parte de lo acontecido. Una visión -la mía, la de lo que pude ver- que no me permite completar el mosaico.

Por eso, y aunque en un principio no quería hacerlo -estoy cansado de ver tanto odio, tanta falta de respeto, tanto ataque radicalizado y tan pocas ganas de escuchar-, al final he pensado que quizá no esté de más que cuente mi versión. Insisto: mi versión, aun a riesgo de que esa versión no satisfaga a ninguno de los dos sectores, porque no creo que lo de ayer se pueda simplificar ni, mucho menos, generalizar. A cambio, un único favor: si alguno de los lectores de este blog, también estuvisteis allí, contad por favor qué otras cosas visteis o dejadnos el enlace donde poder leerlo.

Por lo demás, esta fue -narrada a modo de escueta y aséptica enumeración- mi experiencia:

Foto 1
- Llego a Tirso de Molina a las 19 h. Tal y como se ve en la fotografía 1, la plaza está llena de gentes de todas las edades. Pancartas, camisetas, lemas..., nada distinto a cualquier otra marcha de protesta.

- La manifestación tarda en arrancar. Debe empezar a las 19.30 h., pero seguimos detenidos en Tirso sin poder movernos.

- Tras más de un cuarto de hora, gracias a Twitter conecto con dos amigos que también están en la marcha. Al parecer, unos peregrinos norteamericanos se han arrodillado justo frente a la marcha en Jacinto Benavente. La policía interviene para pedirles que se retiren.

- Cansado de no avanzar, atajo con mis amigos y conseguimos llegar a Carretas. Ahora podemos ver, aunque muy de lejos, que lo que nos detiene es algo que está sucediendo en Sol.

- Avanzamos para esquivar, de paso, un incómodo artefacto de Leo Bassi que, pese a que me pueda gustar su labor como provocador y artista, me parece una presencia inoportuna (y oportunista) hoy y aquí. Su pancarta- performance además (en la que opone a Hessel con Ratzinger) no me representa para nada y, mucho menos, justifica por qué he venido.

- Nos damos -al fin- de bruces con el problema: la marcha no avanza porque en Sol hay una contramanifestación ilegal de peregrinos. Nadie se explica cómo es posible que la Delegación del Gobierno haya permitido que unos grupos de peregrinos -claramente organizados- se interpongan en el recorrido de la manifestación. Sol forma parte del recorrido oficial aprobado y acordado, así que debía haber sido protegido durante esas horas para evitar que sucediese lo que iba a ocurrir poco después.

- La policía forma un tímido -y desganado- cordón entre peregrinos y manifestantes, pero los ánimos se exaltan en una minoría de ambos grupos. La mayoría de la marcha no responde a la provocación y continúa andando una vez que conseguimos que los peregrinos nos dejen pasar hasta que llegamos a Alcalá y, de ahí, a Canalejasy la calle Cruz.

- En Alcalá, las lecheras de la policía cortan el paso y desvían a los manifestantes hacia Canalejas. Hay un momento de cierta confusión y la actitud policial es, en general, hosca desde el principio. En un momento, volvemos a estar todos parados y nadie parece saber por qué. Me acerco a preguntar a uno de los policías si sucede algo y obtengo como respuesta un hosco "No sé" a la vez que, dibujando un semicírculo en el aire con su porra, me invita a alejarme. Es cierto que el número de asistentes (elevadísimo) no pone fácil controlar la situación y pudo generar estrés policial, pero también se percibe que, desde el primer momento, los manifestantes estamos siendo vistos más como enemigos que como ciudadanos.

- En Sol, entretanto, además de los gritos de los peregrinos, un tipo desnudo simula sodomizar al pobre oso del madroño. Después, en Benavente, un peregrino borracho finge lo mismo con la estatua del barrendero que se encuentra allí. En ambos casos, se trata de dos sujetos aislados con idéntico e innecesario mal gusto que en nada representan a los grupos de los que forman parte, por mucho que el absurdo momento del oso haya aparecido hoy, convertido poco menos que en símbolo de la marcha, en casi todos los medios de derechas.

- La marcha avanza por la calle Cruz con normalidad (foto 2) , sigue hasta Benavente y después, a Tirso otra vez. Nos detenemos un rato en Benavente porque esperamos a una amiga que llega de su casa justo en ese momento.

Foto 2
- Mi amiga, que acaba de bajarse en Sol, llega perpleja a Benavente. Al salir del metro ha sido abucheada y le han coreado "Esa mochila la he pagado yo". Ella, sorprendida y con buen tono, se ha limitado a contestar que no, que el bolso es suyo y, los manifestantes, al darse cuenta de su error, se callan. Los que gritan son, de nuevo, una minoría, pero su presencia allí y su increpación a los peregrinos me parece tan poco defendible como la provocación de los peregrinos a quienes íbamos en la marcha.

- Abandonamos Tirso y, de nuevo vía Twitter, nos enteramos de que un par de amigos míos están atrapados en la ratonera de Sol. Iban rezagados y, de repente, ven cómo cortan las salidas y amenaza una inminente carga policial. Uno de ellos es rápido de reflejos y, gracias a ello, los dos consiguen esquivar el cordón antes de que comience la carga.

No vi más. El resto lo he conocido -tristemente- por los vídeos, fotografías y comentarios que han llenado la red. Por mi parte, solo tengo algunas certezas. No, no es gran cosa, pero es lo único que, después de lo vivido, puedo afirmar sin caer en exageraciones:

1. Pésima labor de la Delegación de Gobierno. No desalojar la plaza y permitir esa contramanifestación ilegal -siempre la minoría exaltada dispuesta a enfangarlo todo- fue el origen del problema. La marcha laica habría circulado con normalidad si se hubiese asegurado, desde el Gobierno, que eso fuese posible. Además, el silencio de la Delegada, la nula autocrítica posterior y la segunda carga policial de hoy, me decepcionan profundamente.

2. Impresentable -pura provocación- la existencia de esa contramanifestación ilegal JMJ contra la marcha laica.

3. La actitud hostil no fue, ni mucho menos, mayoritaria. Hubo peregrinos que nos insultaron, incluso que agredieron, pero no son la mayoría de la gente de las JMJ (me niego a creerlo). Y también hubo manifestantes que increparon e insultaron (pero tampoco eran más que una minoría de los 15000 que asistimos). Hoy, los medios obvian estos detalles y se lanzan a generalizar, especialmente El Mundo, cuya cobertura y portada- es indigna de un periódico así: no representa, en nada, lo que se vivió en esa marcha.

4. La carga policial fue innecesaria, violenta y lamentable. No tengo más que decir al respecto, porque las imágenes que hemos visto, los relatos en primera persona que vamos leyendo -y los testimonios de los amigos que allí se quedaron, atrapados en Sol sin saber muy bien por qué- hablan por sí solos.

Hubo peregrinos que rompieron banderas gays, manifestantes que gritaron e increparon a gente que pasaba con sus mochilas, peregrinos que se encaraban con manifestantes, manifestantes que se encaraban con peregrinos... Los hubo, sí, pero el porcentaje era mínimo. La mayoría de los peregrinos no estaba en esa antimarcha y la mayoría de los manifestantes no insultamos a nadie (foto 4). Nos limitamos a pedir una España laica en la que podamos convivir sin dogmatismos, sin radicalismos, sin imposiciones, donde cada cual crea lo que le parezca sin que eso tenga que ser financiado por todos los demás, pero sin insultar esa fe ni esa visión del mundo y pidiendo que, a cambio, tampoco se nos insulte a quienes pensamos, vivimos o sentimos de otra manera. Pero estos días parece que preferimos la polarización a la convivencia y el insulto (basta ver algunos comentarios dejados por "anónimos" diversos en mi último post) al debate y la confrontación verbal serena, razonada, argumentada.

Por eso ahora, si alguien quiere aportar en la sección de Comentarios de este blog lo que vio y vivió me encantará escucharlo. Pero, si lo hace, que intente ser justo con los hechos y, sobre todo, que los relate sin emplear insultos para descalificar a nadie. No es preciso. Los hechos que cometen algunos ya son suficiente descalificación por sí mismos.

Por mi parte, nada más. Solo un sentimiento de tristeza ante un país que, esta semana, no me parecía del siglo XXI, sino del más oscuro Medievo. Un país donde echo de menos más palabras y menos odio. Más ideas y menos violencia.

sábado, 13 de agosto de 2011

Quiero una escuela laica


Desde esta semana, mi instituto (público y, por tanto, laico) será albergue de peregrinos de la JMJC -perdonen, pero lo de JMJ me parece un hurto léxico, puesto que no se trata de toda la J(uventud), sino solo de la J(uventud) C(atólica), por mucho que los vergonzantes carteles que han colgado en la misma sede de la Consejería de Educación madrileña (vide supra) haciendo apología de dicha visita insistan en los contrario. La conversión de mi centro escolar en un improvisado motel ha sido, por supuesto, forzosa, ya que la Comunidad de Madrid no dio opción a los claustros ni directivas a opinar al respecto, sino que decidió emplearlos con un ánimo que no se puede calificar más que de déspota y cortijero. Esta decisión, cómo no, ha alterado las vacaciones de los conserjes -personal no docente al que olvidamos con lamentable frecuencia y que, sin embargo, forma parte esencial de la comunidad educativa- y les ha obligado a cancelar sus planes para estar disponibles y atender a cuanto JC (joven cristiano) se les presente en pleno agosto.

No solo no recuerdo que se hayan cedido los colegios e institutos públicos para ninguna otra causa en los años que llevo en la enseñanza (¿imaginan que fueran propuestos como albergues y residencias para jóvenes y adolescentes sin recursos que quisieran asistir al próximo Orgullo Gay 2012?), sino que ni siquiera están disponibles para los alumnos y profesores que querríamos disponer de ellos en beneficio de nuestros estudiantes. Así, por ejemplo, en mi centro solo se puede abrir dos tardes a la semana pues, según la Comunidad, no hay presupuesto para que un conserje se encuentre allí el resto de la semana (es más, este año la directiva tuvo que hacer malabares para poder llegar a junio ante la ridícula partida que se nos concedió). Esto hace que aquellos profesores que llevamos a cabo actividades extraescolares vespertinas -y, como ya se ha dicho más de una vez en este blog, voluntarias y no remuneradas- tengamos que concentrarlas en esa dos únicas tardes, sin darnos mayor disponibilidad de horarios que pudiesen beneficiar tanto a los chicos, como a sus familias y a nosotros mismos.

Está claro que el coste de mantener los centros abiertos y activos por la tarde (lo que permite integrar y motivar aún más a los alumnos, especialmente en sitios y entornos conflictivos) es mucho menos interesante para la Comunidad de Madrid que el gasto que supone regalar estos mismos centros a unos peregrinos cuyo uso de nuestras instalaciones supondrá un trabajo extra de limpieza y acondicionamiento que tampoco sabemos quién va a pagar. Es más, puede que no lo pague nadie y que se limiten a pedir un esfuerzo extra por parte del personal de limpieza (de nuevo, el olvidado personal no docente) para que el curso pueda comenzar en la fecha prevista (si es que la huelga -cada vez más previsible y, esperemos, segura- lo permite).

De todos modos, gracias a las labores privatizadoras -y al gusto por el adoctrinamiento- de nuestra Consejería de Educación, ya no tendré que preocuparme por esas actividades fuera del horario escolar que, posiblemente, ni siquiera podré realizar el curso próximo. Y no solo porque dudo que impartiendo materias que no son la mía a grupos de 40 alumnos -y con un horario ampliado- pueda tener tiempo para ello, sino porque esas actividades ya no están en manos del claustro, sino que han sido cedidas -a través de un maquiavélico plan llamado Refuerza- a la organización Empieza por educar, fundación perteneciente a la secta ultraliberal Teach for America (y de la que pueden obtener más información en este aterrador enlace). Hasta ahora, los centros coordinábamos esos planes y, tal y como sucedía en el mío, no solo colaborámos profesores, sino también antiguos alumnos. Ahora, todo eso se sustituye por una externalización de los recursos que permite la incorporación de una empresa privada a los institutos públicos. Y no de una empresa cualquiera, por supuesto, sino de una organización extremista dispuesta a catequizar a nuestros alumnos -especialmente, a los más débiles (e influenciables) desde el punto de vista socioecónomico, tal y como afirman en su ideario- para convencerles de que el Tea Party es el camino de la salvación.

Y no solo estamos hablando del plan Refuerza, sino de un proyecto mucho más ambicioso que, tal y como se desprende de las (deficientes y escasamente lúcidas) declaraciones de nuestras Consejera y Viceconsejera (que no fueron dotadas con el don de la palabra), su idea es que estos estudiantes seleccionados sin haber pasado por las oposiciones que hemos vivido los demás, puedan ocupar -más adelante- puestos educativos en horario lectivo. De momento, ya hay tres centros de los llamados bilingües (no sé si se habrá sumado alguno más) en los que algunas de esas horas lectivas serán impartidas este curso por nativos irlandeses -no funcionarios ni interinos- que tampoco han pasado proceso de selección alguno y que, sin embargo, ejercerán como un miembro más del claustro. Son casos aislados, desde luego, pero se trata de excepciones graves, ilegales y, peor aún, peligrosísimas, pues sientan las bases para que esas anomalías se conviertan en algo generalizado. Así pasó con los recortes de interinos, que han ido in crescendo desde hace dos años hasta la supresión brutal de 3000 plazas este año. Por eso, supongo, me sorprendía que en las manifestaciones de estos últimos cursos fuésemos siempre tan pocos los docentes que alzábamos voces y pancartas. Al fin hemos despertado, sí, aunque haya sido tarde. Solo espero que el despertar sea activo y, sobre todo, duradero.

En cualquier caso, tampoco es nueva esta presencia en nuestros centros de profesores que no han pasado por un proceso de oposición, garantía -por cierto- no solo de que se dispone de los conocimientos necesarios sobre la materia, sino también de que existirá heterogeneidad ideológica en los claustros, pues los de la educación pública están formados por docentes de tendencias y creencias de lo más diverso, profesores a los que solo nos une un proceso de selección sin control ideológico alguno (como sí ocurre en la concertada). No, la presencia de profesores ajenos a ese proceso selectivo sucede también con los profesores de religión, materia que debería estar -de una vez- fuera de nuestras aulas y que ningún partido -ni siquiera de izquierdas- se atreve a afrontar con valentía y sentido común. Mientras alguien cae en la cuenta de que las aulas públicas no pueden ser lugares de catequización (para ello ya tienen las iglesias y, cómo no, los colegios concertados, también financiados -qué curioso- con dinero público), los claustros de la enseñanza pública siguen teniendo en sus filas a docentes elegidos a dedo por la propia Iglesia y que, por supuesto, han de respetar todas sus normas, por obsoletas que resulten (recuerden, si no, el caso de Resurrección Galera, profesora de religión despedida por vivir con un hombre divorciado, algo que contravenía -según ellos- la recta moral cristiana).

Así pues, los horarios de nuestros alumnos suman una o dos horas -depende del curso- de formación religiosa (no hablamos aquí de cultura, ni de iconografía, ni de historia de las religiones: esa materia -enfocada no solo desde el cristianismo- sí podría ser útil si fuera evaluable y plural), hecho que genera -a su vez- la creación de otras optativas absurdas y no evaluables para que los estudiantes que no quieran hacer religión puedan perder el tiempo en sus respectivas aulas. Así, nacieron engendros como la MAE, en la que supuestamente se enseñan técnicas de estudio y que, en realidad, solo consiste en evitar que los chicos armen una bronca monumental al saber que están ante una materia que no tiene nota ni validez académica alguna (un modo estupendo de desautorizar al profesor que la imparte). Dos horas que, en vez de emplearse para difundir las ideas (morales y éticas) de la iglesia católica en un aula pública (¿nos parecería igualmente correcto que se hiciese apología del uso del burka en esas sesiones, por ejemplo?), podrían ser muy bien empleadas en Música, o en Plástica, o en Educación Física, o en cualquiera de esas materias que tienen un horario ridículo y que, mientras no se potencien, nos aseguran seguir siendo un país tan provinciano y paleto -vean los datos de audiencia de Sálvame para comprobarlo- ahora lo somos.

Supongo que nos faltó un auténtico siglo XVIII, una verdadera Ilustración -la nuestra fue superficial y tardía, pese a alguna voz brillante a la que, por supuesto, se intentó acallar- que nos permitiera caminar hacia un laicismo real y necesario. Un laicismo que no tiene nada que ver con atacar a la religión -por mucho que Rouco y sus afines, el Papa incluido, se empeñen en ello con sus voces siempre beligerantes y crispadas-, sino con respetar cualquier tipo de fe y exigir, a un tiempo, que no se imponga ni interfiera en cuestiones que nada tienen que ver con las creencias individuales. El laicismo no pretende atacar a nadie, pero sí exige una separación iglesia-Estado real y necesaria, una separación que seguirá siendo solo hipotética mientras la religión siga presente en nuestras aulas.

La cesión de nuestros colegios e institutos a la JMJC no es más que otra nueva prueba de ello. Empieza por albergar. Empieza por utilizar los centros públicos como a ti te convenga. Empieza por catequizar manteniendo la religión en nuestras aulas. Y, por supuesto, empieza por educar (bajo una férrea bandera ideológica, por ejempo, la del Tea Party) y por privatizar (deprisa y, cuanto más, mejor). Ese es el triste -y único- credo de nuestra Consejería. Un credo que, de momento, imponen a su antojo y que, ojalá, podamos detener... Aún estamos a tiempo.