Mostrando entradas con la etiqueta adolescencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta adolescencia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de abril de 2011

Amigos 4ever

Está escrito con rotulador en su mochila. Un rótulo que la recorre en todas direcciones. Paty & Ali 4ever. Así, sin más letras ni más retórica. Con la seguridad que solo se tiene a su edad, cuando todo es mucho más blanco y más negro. Más evidente y más apasionado. Cuando la realidad se resume en que o se es amigo para siempre o no se es, porque los términos medios no existen. O si existen, no son satisfactorios.

No dejo de mirar esa mochila mientras retomo la lección de ayer. Algo sobre la deixis y sus formas de expresión en castellano. Pero la única deixis que llama mi atención es esa. Esta mochila. Esta promesa. Esta seguridad de que lo verdadero no se rompe. Ni se altera. Ni se cambia. Lo verdadero lo es aquí y ahora. Ahora y siempre. ¿No era eso la deixis?

Deixis y fe ciega en un 4ever que, atravesada cierta edad, ya se sabe mucho más precario. Un 4ever cuya semántica a menudo es incompatible con la amistad. Aunque no lo parezca. Supongo que por eso, entre otras razones, los adolescentes nos dan tanta envidia. Y disfrazamos los celos de preocupación social. De alarmismo cívico. Entonces es cuando hablamos de macrobotellones o de la generación ni-ni (¿la suya o la nuestra?) o de todos esos tópicos eternos desde que el mundo es mundo. Hablamos cargados de bilis, porque hemos olvidado que entonces nosotros también creíamos que existía ese 4ever, que no había traiciones, ni vacíos, ni mentiras. Que los amigos jamás te fallaban y que todo era sincero y cristalino. Altruista. Necesario.

Vuelvo a la deixis y enumero conceptos seguramente inútiles mientras en mi cabeza -bajo mi piel- estallan todos todos los 4ever que no fueron. Todas las traiciones lejanas y presentes. Deixis y escepticismo que intento anular dejándome arrastrar por las miradas que se cruzan en clase. Miradas de amistad. De compañerismo. De curiosidad. De primeros amores. De besos apresurados en el pasillo. De bromas privadas entre clase y clase. De complicidad. De cercanía... Miradas de un mundo común, el suyo, ese en el que a veces nos dejan colarnos como meros espectadores que apenas consiguen entender nada. Así que, para liberar la adolescencia que sé que habita en mí, me paseo incesantemente entre las mesas, con el afán de regresar -gracias a ellos, a cuanto me aportan- a esa parcela de la existencia donde todavía no hay hueco para las traiciones ni las hipocresías, donde todo es real, donde cada amigo es un 4ever que excede cualquier tipo de deixis. Porque su ahora es un siempre. Y eso, entre pupitres y mochilas, es bueno volver a recordarlo.

domingo, 3 de abril de 2011

Trazos de tiza


Cada vez que entro en un aula, justo antes de coger el borrador para limpiar el encerado, dedico unos segundos a observar qué han escrito o dibujado los chicos en el cambio de clases.

En realidad, no se necesita más que echar un rápido vistazo a la pizarra para descubrir un sinfín de informaciones -un sinfín de trazos- que, de puro cotidianas, nos suelen parecer irrelevantes. Y, sin embargo, en cada uno de los trazos -a veces hechos con tiza, a veces tan solo silueteados con el dedo- se encuentran muchos datos que me ayudan a entender un poco mejor a quienes se sientan frente a mí cada día.

Trazos de su agenda social: cumpleaños, victorias deportivas, premios literarios o simples motivos de alegría que quieren compartir con los demás. Signos de convivencia, de la vida que el grupo -siempre desde su identidad compleja y múltiple- tiene en común.

Trazos de sus emociones o de sus ganas de sentirlas: corazones, flechas, iniciales, emoticonos, los dibujos eternos de los que ni siquiera la generación de la blackberry puede -afortunadamente- prescindir. Trazos, en definitiva, de su forma de ser, de su visión del mundo, de esa fuerza adolescente que dejo que me contagien cuando entro en el aula, porque cada uno de esos corazones (como en aquella canción de Radio Futura) es síntoma de su vehemencia, de su energía, de esas voces que los adultos -sus profesores, sus padres- no siempre sabemos escuchar.

Trazos -a veces oscuros y difíciles- de su convivencia, de problemas enterrados en el ruido del cambio de clases, encerrados en cajoneras de los que no quisieran salir: nombres de alumnos con caricaturas hirientes, insultos semiocultos en una esquina del encerado, burlas cuyos códigos no siempre nos son interpretables pero ante las que no podemos permanecer impasibles y hemos de tomar algún tipo de actitud: reconducir, orientar, encontrar la causa de problema y evitar que suceda. (¿Lo hacemos o borramos deprisa la pizarra para no tener que ver nada en ella?).

Trazos, por último, donde pueden leerse situaciones mucho más graves, fobias y odios que no pueden caer en el silencio y que no debemos borrar como si jamás hubieran estado allí pintados: insultos homófobos, racistas, machistas o esvásticas cuyo significado, a menudo, ignoran. Y no se trata de caer en el tremendismo ni de sacar de quicio lo que, a menudo, no es más que un acto provocador del que no miden su dimensión real, sino de hacerles conscientes de la semántica que hay tras cada uno de esos signos, evitar que los reproduzcan en un calco de lo que ven en la televisión, o de lo que oyen en la calle o en sus casas, o de lo que leen en ciertos foros de internet donde han aprendido que el insulto es el sinónimo del debate.

Por eso, supongo, dedico unos segundos a mirar la pizarra antes de borrarlo todo para empezar a dar mi clase, porque -en términos virtuales- sus trazos son los trend topics del aula ese día. Y quizá, también por eso mismo, me inquietan tanto las mañanas en las que me encuentro con la pizarra limpia y vacía de signos, porque esa ausencia suele ser sinónimo de desidia, o de apatía, o de abatimiento. Síntoma de que esa mañana los profesores no hemos conseguido despertar en ellos ni una décima de la vehemencia y la pasión que encierran. Personalmente, los prefiero cuando garabatean corazones o felicitaciones de cumpleaños en su código tuenti. Entonces sé que todo va bien, que ni siquiera el gris que les rodea en más de una materia, en más de una clase o en más de una asignatura ha podido con ellos.

viernes, 25 de febrero de 2011

Va por ellos



Escribí La edad de la ira por muchos motivos pero uno de los que me movió con más fuerza era mi intención de hacer un particular homenaje a esa edad tan compleja -y, a la vez, tan importante en nuestras vidas- que es la adolescencia. Una edad en la que, sin darnos cuenta, empezamos a definir con rotundidad lo que somos. Lo que vamos a ser. Una edad que, a su modo, nos acompaña siempre, aunque los años -en forma de aprendizaje y experiencia- intenten darnos capas y filtros con los que tapar y controlar nuestros miedos e inseguridades, como si el fin del acné supusiera también el adiós a ese adolescente complejo y voluble que, muchos de nosotros, seguimos siendo.

Cuando surgió la necesidad -porque ni siquiera fue una elección- de escribir esta novela, llevaba ya unos años -no muchos- trabajando como profesor de ESO y Bachillerato en un instituto. Aleccionado por tópicos y prejuicios varios, no sabía bien que me iba a encontrar en aquellas aulas y, desde el primer momento (y a pesar de la torpeza y los miedos inherentes al primer día de clase), solo vi un montón de adolescentes de los que se podían conseguir muchísimas cosas si se trabajaba con ellos lo suficiente. Esfuerzo, autocrítica, afán de superación, paciencia y cierta dosis de tolerancia al fracaso se convertirían, en adelante, en mis herramientas como educador, tal y como algunos de mis compañeros -hoy, grandes amigos- me enseñaron.

No tardé en darme cuenta de que todos los males que les achacamos no son, ni mucho menos, culpa suya. En el fondo, los adolescentes -mi mejor motivación para ir a trabajar cada mañana- no son más que una pieza dentro de ese inmenso tablero de ajedrez que es la educación. Un tablero donde somos muchos los jugadores aunque, curiosamente, nadie esté dispuesto a asumir nunca su responsabilidad. Padres, profesores, alumnos, medios de comunicación, inspectores, instituciones políticas, comunidades autónomas... Demasiados peones y demasiadas casillas que se quedan vacías de respuestas, porque todos acusamos rápido al del bando contrario -o peor aún: agredimos rápido al bando contrario- en vez de afrontar la educación como una tarea global que requiere acuerdo, consenso y diálogo.

Pero más allá de la torpeza, de la desidia o de la falta de voluntad de muchos adultos, me he encontrado siempre con la energía que me dan esos adolescentes, esos cientos de alumnos cuyos nombres retengo porque de todos he aprendido algo, porque todos han dejado parte de sí mismos en mí -aunque muchos ni lo imaginen-, porque no puedo dejar de dar algo de mí cuando me pongo delante de la pizarra y trato de contagiarles la pasión por la literatura, la lengua, el teatro o el cine que yo siento.

Por todo eso, porque La edad de la ira es mi forma de homenajearles, me emocionó tanto la presencia de tantos de mis alumnos -y ex alumnos- en la presentación de la novela de este pasado miércoles 23 de febrero. Una presentación que tuvo lugar en la Casa del Libro de Gran Vía y donde se agotaron los ejemplares ante el entusiasmo de un auditorio extraordinariamente joven. Un público abarrotado de adolescentes -gracias, chicos- que se mezclaban con padres, profesores y lectores anónimos que acudieron, curiosos, al darse de bruces con aquella peculiar marea humana. Ese cariño brutal -incondicional- de todos ellos fue la mejor prueba de que merecía la pena el esfuerzo de sumergirse en las páginas de La edad de la ira, una historia que no fue fácil escribir, porque requería dejarse llevar por la emoción exigida por los personajes, por sus vidas, por los hechos narrados, una vorágine sentimental que me trajo noches de insomnio y más de una lágrima.

La presentación fue ya un premio en sí misma. Un hito al que hoy se suma la estupenda noticia de la salida de la segunda edición de la novela -en apenas dos semanas-, o la generosísima mención de Luis María Ansón en su Zigzag de El Cultural -gracias por ese apoyo: espero no defraudar tus expectativas en mis trayectoria literaria-, o la preciosa y emocionante crítica de la novela en Dosmanzanas -un texto tan emocionante como la historia de la propia novela-, o las opiniones blogueras de algunas lectoras de excepción -como mi Inquilino y mi Arual.
De momento, La edad de la ira sigue su andadura y, según parece, cada día camina con más firmeza. Con más compañía. Ojalá todos los lectores hagan el mismo viaje al pasado que hacen los personajes. Se vean y se recuerden a su edad. Y quizá ese trayecto les ayude a liberarse de tópicos para aproximarse a la nueva generación con una mirada mucho menos maniquea, mucho más cercana. Y mucho más plural.