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domingo, 4 de diciembre de 2011

Misiones imposibles: la tutoría

Esta semana mantuve una interesante conversación con una de las "assistants" (auxiliares de conversación) de mi instituto (auxiliares que, por cierto, son posibles gracias a un acuerdo con el British Council, y no gracias a los inexistentes fondos que nos da la Consejería). La charla, que versó sobre el tema de las tutorías -sobre el que ella tenía un particular interés- me hizo sentir, a ratos, como si me encontrase en un pasaje de las famosas Cartas marruecas, de Cadalso, pues era imposible no describirle el sinsentido en que nos encontramos sin percibir tanto su perplejidad como mi sonrojo.

Traté de explicarle que en la ESO, el tutor se responsabiliza de casi 30 alumnos (en mi caso, este año son 28) y que ha de hacer -eso se supone- un cuidado seguimiento de su progreso académico a lo largo del curso. Para ello, ha de conocer, en la medida que sea posible, sus circunstancias personales más significativas -circunstancias que, les aseguro, pueden ser lo más diverso y complejo- y ayudar al alumno cuando este necesite su ayuda. Además, el tutor es el nexo de unión entre los chicos y el resto de sus profesores y ha de reunirse con los padres de cada alumno para que, entre todos, se solvente cuanto problema pueda ir surgiendo.

El tutor, lógicamente, no solo es responsable de esos 28 alumnos, sino de todos los demás chicos y chicas a los que da clase y a quienes, si este sistema no fuera el desastre asumido e inamovible que es, no se debería evaluar sin tener una noción de esas circunstancias personales de las que hablamos, situaciones a menudo determinantes en su progreso educativo y, sin embargo, imposibles de conocer -y menos aún, de comprender- cuando se da clase a una media de 150 a 200 alumnos.

Dejando a un lado la cuestión de las evaluaciones -que merece un post aparte-, seguí tratando de explicarle lo que, cuanto más hablaba, más absurdo me parecía. La "assistant" intentaba comprender algo de lo que yo le contaba, pero no podía evitar una mueca asombro cada vez que le aportaba un nuevo dato. Datos como que en la ESO el tutor solo dispone de 50 minutos semanales para hablar con los alumnos de su grupo y de otros 50 para hablar con sus padres.

Por si esto no fuera ya ridículo, la Comunidad de Madrid ha dejado a libre elección de los centros mantener -o no- esos 50 minutos, así que en algunos institutos no hay ya hora de tutoría semanal -para qué, mejor aburrirles con otra hora más de Lengua o de Matemáticas, hasta conseguir que odien, por exceso, ambas materias-, una hora que es esencial no solo para el éxito escolar de los alumnos, sino para que la convivencia en el aula no degenere y se convierta en un gravísimo problema.

En Bachillerato, desde hace unos años, esos 50 minutos semanales no existen, así que, cuando surge un problema -y surgen muchos y de muy diversa índole: doy fe- o bien utilizamos una clase de la materia de la que damos clase -algo que, teniendo en cuenta el apretadísimo programa de 1º y, sobre todo, 2º de Bachillerato es realmente complicado- o bien buscamos un hueco que, gracias a los recortes y al incremento de horas lectivas, este año no existe, o bien fingimos que el problema no es tal y seguimos el curso como si no pasara nada, a ver si -con suerte- ese conflicto no nos explota con fuerza semanas o meses más tarde.

Entretanto, reunimos a los padres de 2 en 2 y dándoles 20 minutos -como mucho- a cada uno, porque es el único modo de conseguir verlos a todos -como muy pronto- en 15 semanas..., una cifra escandalosa y que asegura que más de un padre recibirá la información tarde y mal, o incluso después de que un posible problema -si es que lo hay- haya estallado ya. Por supuesto, muchos tutores intentamos -con el dichoso voluntarismo que hace que la educación no acabe naufragando- citar a los padres en los huecos ya mencionados -quienes los tengan, porque en nuestros horarios no existen-, en recreos o nos escribimos con ellos e-mails y sms desde nuestras cuentas y teléfonos personales -sí, este año he tenido que dar mi correo y mi móvil ante la imposibilidad de recibirlos como me gustaría- para que el grupo siga funcionando y nuestros alumnos no se queden perdidos en el limbo en el que el sistema parece situarlos.

Pero no todo es culpa de la pésima organización y de la nula visión que nuestros responsables parecen demostrar cada vez que le dan una nueva patada al sistema educativo, también hay que admitir una cuota (importante) responsabilidad de nuestro propio gremio, de esos "compañeros" -minoría, sí, pero existen y todos los conocemos- que tratan con desprecio al departamento de Orientación, considerando que cuanto allí nos piden y aconsejan es poco menos que una intromisión en nuestra área. "Compañeros" que le dan la razón a Aguirre cuando esta dice barbaridades como que "debemos instruir y no educar", como si debiéramos quedarnos quietos ante las agresiones racistas, machistas u homófobas -por poner solo tres ejemplos: hay mil más- de las que a veces somos testigos -si no víctimas o verdugos- y que requieren una intervención educativa urgente. Y "compañeros", en definitiva, que se ventilan sus cincuenta minutos de tutoría en tan solo diez -a lo sumo, quince- con una desgana infinita y sin hacer nada que merezca la pena en ellos.

Cuando acabé la conversación, admito que me sentí tan confundido como la "assistant" a quien intentaba explicárselo, porque era imposible no escucharme sin caer en la cuenta -una vez más- del sinsentido de un sistema que no funciona y que, mientras siga estando establecido de esta forma, jamás funcionará. Mientras las aulas estén cada vez más masificadas -gracias a los recortes, por ejemplo, este año doy clases a Bachilleratos de 38 alumnos-, mientras los tutores no tengamos un horario real en que atender a alumnos y padres, mientras no haya orientadores suficientes en los centros -y se les dé una consideración real por parte no solo de las Consejerías, sino de sus propios compañeros-, mientras no nos olvidemos del "siempre lo hemos hecho así" y empecemos a preocuparnos de "cómo podemos hacerlo mejor".

Si me sumé, hace unos meses a la marea verde, fue -precisamente- no solo porque esté radicalmente en contra de los recortes que están ahogando la educación pública, sino porque -más allá de esa lucha- también creo que este es el primer movimiento en años que intenta sacudir con fuerza el prolongado letargo del colectivo docente, el primer movimiento que -después de esa etapa de inexcusable pasividad- aboga por una educación digna y de calidad, una educación en la que no solo hemos de exigir medios suficientes -esos medios que ahora no tenemos-, sino una revisión profunda del sistema, su adecuación a la realidad que nos rodea -seguimos ofreciendo contenidos del XIX para un alumnado del XXI, por mucha pizarra digital que tengamos... si es que la tenemos- y, en definitiva, una reforma profunda de un modelo que hace aguas y en el que todo se sostiene, solo y exclusivamente, sobre el papel, pero no en nuestras aulas.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Cómo acabar con la escuela pública

Si algo no le podemos reprochar a la Consejería es, ante todo, su claridad. Claridad a la hora de plantear el objetivo de sus recortes que, por supuesto, no es el ahorro (¿de veras se puede ahorrar asfixiando la escuela pública y acabando con las perspectivas de futuro de nuestros alumnos?), sino favorecer la iniciativa privada (de ahí que se haga un regalo fiscal de 90 millones de euros a las familias que llevan a sus hijos a esos centros) y, cómo no, volver a dejar la educación en manos de la Iglesia, potenciando la escuela concertada y haciendo que la formación de nuestros alumnos se haga, según criterio de la Consejería, "como Dios manda".

Esa claridad es la misma que han demostrado en las represalias que han sufrido algunos de los compañeros que han dado la cara -trasladados por denunciar situaciones imposibles y, a menudo, kafkianas- o de los directores que, como Javier -el director del IES Matías Bravo de Valdemoro- han sido expedientados por osarse a defender la escuela pública en los muros de una de esas escuelas públicas. Lo que debería haber hecho, supongo, es criticar, denostar y atacar la escuela pública desde los muros de esa escuela pública. Mucho más coherente, sin duda.

Es, también, la misma claridad que han demostrado en sus formas ruines y nada ejemplares, descontando los días de huelga a toda prisa mientras "se olvidaban" -qué caprichosa es la memoria- de los complementos -por bilingüismo, por tutoría, etc.- que nos debían. Un "olvido" con el que se perseguía asfixiar, indirecta o directamente, la voluntad de huelga.

Pero, por si a alguien le quedaban dudas de que su objetivo no es, ni mucho menos, el supuesto ahorro, también atacaron las tutorías -¿cómo se ahorra con ello? ¿alguien puede explicármelo?- y amenazaron con su supresión, atrocidad que solo se puede plantear desde una ignorancia absoluta de la realidad de las aulas -que empiezo a creer que también padecen...- o desde la mayor de las insidias contra la escuela pública. Finalmente, esa medida -contra la que ya escribí en este artículo de El País- se convirtió en un peligrosísimo "hagan lo que les plazca" que deja en manos de cada centro la opción de hacer o no hacer tutorías. Así pues, gracias al "ahorro" de nuestra Consejería, las familias se encuentran desprotegidas y a merced del IES donde estudien sus hijos, que podrán tener -o no- hora de tutoría según lo haya convenido el claustro.

Lógicamente, en este ataque contra una educación que fomente la igualdad de oportunidades y que, además, apueste por un modelo social inclusivo en el que se trabajen todas las diferencias que encontramos en las aulas -de sexo, de raza, de creencias, de orientación sexual, de nivel académico...-, se amenaza también desde el PP con suprimir tras el 20N la asignatura de Educación para la Ciudadanía que, sin duda, tampoco debe de gustar a nuestra Consejería. Natural, si tenemos en cuenta que en su programa se abordan temas tan peligrosos e indecentes como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la familia en el marco de la Constitución Española o el funcionamiento del Estado de Derecho. Es evidente que formar a los alumnos en cuestiones democráticas y trabajar, de paso, conflictos tan graves como la xenofobia, la misoginia, la violencia de género o la homofobia e intentar, mediante la reflexión y el análisis, avanzar socialmente es, cuando menos, un ataque contra los pilares de exclusión, marginalidad y segregación sobre los que debe asentarse toda sociedad avanzada que se precie. Faltaría más.

Y, en esta misma línea de claridad meridiana sobre sus fines devastadores, se nos han presentado ya las bases del nuevo Certamen de Teatro Escolar de la Comunidad de Madrid. El otro día, tras conocer su contenido, expresé vía Twitter mi indignación y, cómo no, unos cuantos trolls de esos que se dedican a increpar sin informarse, usaron ipso facto su (limitado) sarcasmo para burlarse de lo que para ellos no es más que una anécdota. Claro, porque el teatro escolar es una de esas cuestiones -como el deporte escolar- en las que nadie piensa pero que, sin embargo, son fundamentales en la vida -no solo académica, sino más aún en la dimensión humana- de los centros.

Hasta la fecha, ese certamen -cuya organización no era, digamos, especialmente brillante...- permitía que los grupos escolares representáramos cualquier montaje de nuestra elección. Desde este año, sin embargo, han tenido una idea brillante que, sin duda, permitirá que este certamen muera -por ausencia de interés- en un plazo más que razonable (¡ahorro!, deben gritar desde la Consejería). Y es que, este año, los grupos que se presenten con una obra en español podrán estar constituidos por un mínimo de 2 actores (lo que es ya, en sí mismo, un despropósito: el teatro ha de favorece la integración y el trabajo en equipo, no el protagonismo de unos pocos..., en fin, volvemos a la excelencia según el PP, siempre tan dispuesto a segregar) y su representación consistirá -exclusivamente- en una locución dramatizada de un texto del Siglo de Oro.

Como responsable -voluntario y por propia iniciativa- del teatro escolar de mi centro, quiero agradecer a la Consejería que haya acabado, de un plumazo, con el sentido del teatro escolar y, sobre todo, que colabore con tanto ahínco a la desmotivación y a la falta de educación teatral -y de pasión por este arte- de nuestro alumnado. También quiero agradecerle su profundo desconocimiento de la realidad de los chicos y chicas que están en nuestras aulas, de modo que con sus bases -que limitan el certamen a la declamación de textos poéticos del siglo XVII- hayan obviado a todos aquellos alumnos que no dominan bien nuestro idioma porque acaban de llegar a España y necesitan aulas de enlace y refuerzos (que, por cierto, gracias a los recortes ya no tienen), a aquellos que presentan dificultades de aprendizaje y que tampoco están siendo atendidos en esos desdobles que, recortes mediante, ya no existen..., y -sobre todo- que, además de ignorar que el teatro era una gran vía de integración para los alumnos antes mencionados (para los que la "locución dramatizada de un texto del Siglo de Oro" es un objetivo árido e imposible), hayan olvidado también que el teatro escolar es una actividad que profesores y alumnos hacemos voluntariamente fuera de nuestro horario, así que ha de ser una actividad tan formativa como lúdica si queremos que los estudiantes se enganchen y tomen parte en ella.

Personalmente, seguiré adelante con el grupo de teatro que formamos en mi IES el año pasado, aunque siga siendo una tarea que no se remunera, que no se reconoce y que no se gratifica en modo alguno (pues si se quiere obtener 1 o 2 tristes créditos de formación se ha de participar en este casposo certamen que nos plantean). Lo mantendré -aunque gracias a los recortes no sepa de dónde sacar las horas...- porque creo que el teatro tiene un valor educativo -más allá de despertar la pasión por su propia dimensión artística y literaria- que no podemos dejar que se aniquile desde el desprecio a nuestro trabajo. Lo haré porque creo que los treinta y tantos alumnos que se han apuntado este año se merecen esa opción y lo haré porque me parece una aberración convertir el teatro escolar en una actividad exclusivista y destinada solo a esos dos alumnos o alumnas que sean los mejores recitando textos en verso del Siglo de Oro.

Caer en ese modelo de excelencia -qué lejos está la excelencia de nuestra Consejería de la excelencia real que se halla en nuestras aulas y ellos se están empeñando en sepultar- es atacar la esencia del modelo educativo en el que creo. Del modelo de teatro en el que creo. Del modelo de vida en el que creo. Y, además, no me cabe duda de que si nuestro Lope de Vega levantara la cabeza -él, que reinventó el teatro para convertirlo en el espectáculo de masas de su tiempo- no daría crédito al comprobar cómo ahora se intentan emplear algunos de sus magníficos textos para conseguir todo lo contrario: distancia, obstáculo, virtuosismo vacuo que nada tiene que ver con todo lo que puede vivir -y convivir- en un escenario. Déjennos que, con el tiempo y el esfuerzo, podamos llegar con nuestros alumnos de teatro a Lope, o a Calderón, o a Tirso, sí, pero libremente, en equipo y, sobre todo, desde la creatividad y el trabajo conjunto, no desde la competición academicista que, de puro rancio, parece sacada de alguno de los capítulos de El florido pensil.

Supongo, eso sí, que las nuevas bases habrán sido muy del gusto de la Iglesia, que ahora podrá trabajar sin miedo el teatro (tan lleno de autores ideológicamente perversos...) en sus centros concertados, seguros que ningún profesor temerario -tengo buenos amigos trabajando, cual caballo de Troya, en muchos de esos dogmáticos centros- podrá plantear a sus alumnos textos de Beckett, o de Mayorga, o de Brecht, o de cualquiera de esos autores que no quedan nada lucidos en un escenario -porque invitan demasiado al pensamiento crítico de nuestros alumnos- y que, para colmo, desmerecen al lado de unos buenos versos de Calderón o de Tirso. Porque eso sí es teatro. Eso es teatro del bueno y no tanto rojerío, tanto titiritero, ni tanta monserga... Como Dios manda.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El cinismo de la Consejería

Hace unas semanas, una madre nuestro centro presentó una reclamación ante la Comunidad de Madrid denunciando las consecuencias de los graves recortes sufridos en la educación pública madrileña. A continuación, reproduzco la respuesta que -llena de cinismo- le ha sido enviada desde la Consejería de Educación y Empleo. En ella -y aunque les dejo aquí el documento completo para que disfruten de su (interesada) ignorancia de la realidad en nuestras aulas- se pueden estas dos grandes "perlas":

PERLA 1:
"La Presidenta de la Comunidad de Madrid ha manifestdo que las medidas que se han adoptado no suponen recortes en la educación pública".

Así pues, los 8 profesores menos en mi centro no son un recorte.
La imposibilidad de tener abierta la biblioteca para atender el préstamo a los alumnos no es un recorte.
La supresión de desdobles, refuerzos y laboratorios no es un recorte.
El aumento de la ratio en las aulas (hasta 38 en Bachillerato) no es un recorte.
La reducción del número de orientadores por centro no es un recorte.
La supresión de las aulas de enlace no es un recorte.
La no contratación de miles de interinos no es un recorte.
La atribución de afines imposibles a algunos docentes no es un recorte.
La falta de huecos en mi horario para atender a los padres y alumnos de mi tutoría no es un recorte.
El intento de suprimir las tutorías y la decisión de dejarlas al libre albedrío de los centros no es un recorte.

Gracias por informarnos de todo esto: me tranquiliza muchísimo saber que el problema lo tengo yo, que vivo en una dimensión paralela cual personaje de Matrix.

PERLA 2:
"La nueva distribución del horario de los profesores implica una mayor dedicación a la atención directa de los alumnos, lo que permitirá que se sigan atendiendo este curso escolar tanto las necesidades de los alumnos como de los centros"

Así pues, al dedicar más horas a dar clase damos más "atención directa" a los alumnos. Este dato demuestra un desconocimiento profundo y preocupante de la realidad educativa, pues en mi caso, por ejemplo, que doy 21 horas lectivas, el sumar horas de "clase directa" me impiden otras formas de "atención directa" e "indirecta" como:

- atender a los padres de mi tutoría: solo se me conceden 50 minutos semanales, de modo que necesito 30 semanas para escucharles, como mucho, 40 minutos a todos,
- atender a los alumnos de forma individualizada: no hay un solo hueco en mi horario para ello,
- controlar la asistencia y los partes de disciplina de mi tutoría,
- reunirme con alumnos que no sean de mi tutoría y que tengan problemas con mi materia: tampoco hay hora alguna para ello (sobre todo porque al sumar horas de clase sumamos grupos de alumnos, de modo que cada vez podemos personalizarles menos),
- coordinar la revista escolar: tengo que hacerlo en los recreos y resulta del todo insuficiente, así que acabo haciéndolo los domingos desde casa,
- coordinar y dirigir el grupo de teatro escolar: tarea que hago fuera de mi horario -de modo no remunerado- y que este año se complica porque necesito esas horas para preparar clases y corregir exámenes y actividades, ya que mi horario no contempla tampoco tiempo para eso.

En definitiva, dar más horas de clase solo supone que se aumentan... las horas de clase. Y los grupos de alumnos por profesor. Y los alumnos por grupo gracias al recorte de docentes. Pero, además de este evidente deterioro cuantitativo y cualitativo que se deduce del círculo vicioso anterior, no aumenta, en modo alguno, la "atención directa a los alumnos y al centro", al revés, la dificulta, la perjudica, dejándolo todo en manos de un voluntarismo que, sinceramente, este curso empieza a ser casi masoquista.

Gracias a la Consejería madrileña por conseguir que con medidas y cartas así, quienes trabajamos muchas horas de más en la enseñanza -y somos muchos los que pertenecemos a este grupo de "pánfilos"- nos sintamos cada vez menos motivados a hacerlo. Por fortuna, ellos no cuentan con que no somos tan mezquinos como quienes toman estas decisiones y a nosotros SÍ que nos importan los alumnos. Así que, ni siquiera este curso, conseguirán que nos rindamos. Seguiremos luchando contra sus medidas. Contra su destrozo de toda educación que no sea privada o concertada. Y a favor, siempre, de la escuela pública. Y, sobre todo, de nuestros alumnos, para darles la "atención directa" que realmente merecen y de la que nuestra Comunidad les priva.


lunes, 17 de octubre de 2011

Salvajes

Lo confieso. Soy -por si alguien aún no se ha dado cuenta siguiendo el rastro de este blog- uno de los salvajes e irresponsables -así nos llamó Lucía Figar en sus pasadas declaraciones- que estamos haciendo huelga estos días. Y, por ello, he pensado que lo mejor es hacer un necesario acto de contrición individual y enumerar mis culpas, con la esperanza de que mis compañeros docentes también recuperen la razón y hagan lo propio por el bien de la escuela pública.

Soy un salvaje, sí, un salvaje de los que llevan una camiseta verde con un lema tan ofensivo como "Escuela pública de tod@s para tod@s", algo que el ex Director de Mejora de la Calidad de la Enseñanza de la Comunidad de Madrid califica en su agudo y bien ponderado blog como una prenda que no es "la vestimenta digna que se espera de ellos" (es decir, de nosotros, los docentes), "sino una camiseta reivindicativa que persigue la imposición de una ideología determinada sobre cualquier otra consideración". Evidentemente, soy un salvaje que intenta imponer un mensaje inadmisible (una escuela de tod@s para tod@s) cuando es obvio que tendría que llevar una camiseta con un mensaje mucho más afín a los nuevos tiempos neoliberales del tipo "una escuela de unos pocos para unos pocos" o, casi mejor, "una escuela para el que la pueda pagar", o -por qué no- "una escuela como Dios manda", en alusión a los centros concertados a los que nuestra Comunidad regala y cede terrenos con tanta ligereza como ahora pretende subvencionar el Bachillerato de un instituto del Opus Dei en Alcalá. No hay dinero para pagar a los más de 100 profesores despedidos en esa localidad, pero -qué curioso: ¿será la Providencia?- sí para entregar el Bachillerato a los designios divinos del Opus que son, a fin de cuentas, los que nos salvarán de nuestro salvajismo.

Soy un salvaje, sí, un salvaje que hace huelga y que, en los días de esa misma huelga, se va a su centro a hablar con los alumnos, a dialogar con ellos, a conversar con sus padres, y que acude -junto con las familias y con sus compañeros docentes- a las manifestaciones y movilizaciones donde, como somos unos salvajes, no hemos sido capaces de crear ni unos altercados a la altura de lo que se esperaba de nosotros, en un aburrido y anodino ejercicio de tizaflautas (verdes, cómo no), que parece sacado de un episodio ñoño de Verano azul (perdón, verde). Así, con este salvajismo contumaz, los medios más reaccionarios no pueden sacarnos en portada y tendrán, como ya hiciera ABC este fin de semana, que recurrir a profesores de fuera para ilustrar nuestra falta de civismo y sentido de la responsabilidad.

Soy un salvaje, por supuesto, y por eso mismo preparo temas y antologías de asignaturas como Literatura universal o Lengua española para mis alumnos de Bachillerato, unidades que elaboro en mis horas no remuneradas -más allá de las que forman mi horario- y que les envío por e-mail o cuelgo on line para que no pierdan el ritmo del curso y, sobre todo, para que vayan bien preparados a Selectividad. Otro ejemplo más de salvajismo, claro, porque estoy perdiendo 100 euros por día de huelga y, en vez de cruzarme de brazos, trabajo desde casa, con un afán estúpido por no perjudicar a mis estudiantes.

Pero no queda aquí, claro que no, porque soy tan salvaje que me reúno con padres fuera de la única hora que, según la ley, necesita un tutor para atender a los treinta alumnos que dependen de él. Así que, cuando la semana pasada una madre me pidió cita fuera de mi horario oficial para verme, no supe decirle que no y busqué un hueco que no tenía en un acto que, cuando menos, debería ser denunciado ante la Consejería, tan prolija en represalias en estas últimas semanas.

Además, como los salvajes somos muy obcecados en nuestra falta de civismo, también he continuado con tareas no remuneradas -y que realizo fuera de mi horario- como la revista del centro o la dirección y puesta en marcha del grupo de teatro. Hay que ser salvaje, sí, para molestarse en coordenar iniciativas que exigen un minímo de tres a cuatro horas semanales y que no tienen más beneficio que el de potenciar la faceta creativa de los estudiantes. Nada que ver con la auténtica excelencia -que, como bien afirma el PP madrileño, ha de quedar para unos pocos- ni con el lema de las camisetas que tendríamos que ponernos si fuéramos responsables de verdad, es decir, si no quisiéramos hacer soñar a nuestros chicos con un futuro mejor, ni darles opciones ni apostar por la igualdad de oportunidades. Si fuéramos responsables, nos limitaríamos a recordarles que el mundo está en manos de una minoría y que esa minoría ya se encargará, con toda la responsabilidad que la caracteriza, de que ellos no lleguen a rozar ni una tímida parte de su pastel.

Soy un salvaje, sí, tanto como para haberme quedado, junto con otros docentes igual de incivilizados, tutelando la jornada de cultura y protesta que organizaron los alumnos de mi centro el pasado jueves (desde las 5 hast las 11 de la noche) . Tan salvaje como para interesarme por acompañar a los alumnos de 4º a su viaje fin de estudios, porque -aunque estemos saturados de trabajo y no haya medios suficientes ni apenas energías para nada que no sea lo cotidiano y urgente- no queremos privarles de esa experiencia, por mucha responsabilidad que ello conlleve y por mucho esfuerzo que suponga estar durante cinco días -24 horas al día- pendientes de un grupo de entre 60 y 90 alumnos de quince y dieciséis años. Si hay algún padre por aquí, entenderá hasta qué punto hay que ser salvaje para atreverse con una aventura como esta...

Salvaje, desde luego, como todos los compañeros que nos estamos dejando la piel en una lucha donde hemos sido tan primitivos como para no incorporar ni una petición económica. Y, peor aún, tan salvaje como para seguir afirmando que no estoy pidiendo menos horas -me quedo con mis 21 sin problema alguno- sino más profesores. Estoy pidiendo que vuelvan los compañeros despedidos y que, por tanto, en esas 21 horas no dé clases a grupos de 38 alumnos en Bachillerato, sino a grupos mucho menos numerosos, a grupos donde pueda atender a los chicos de forma individualizada, como personas, como los alumnos excelentes que pueden ser si nos dan las herramientas para ello. Estoy pidiendo que vuelvan los desdobles, los laboratorios, las bibliotecas, las guardias, las extraescolares, la compensatoria, las aulas de enlace, las plazas en las EOI y todo lo que se ha perdido y que, en definitiva, es un robo al futuro tanto de nuestros alumnos como del futuro de las próximas generaciones.

Y soy tan salvaje como para seguir haciendo huelga -y perdiendo dinero- aun cuando ni tengo hijos ni pienso tenerlos, porque creo que esta lucha no se puede plantear desde una perspectiva egoísta, porque -qué obtusos somos los salvajes- estoy convencido de que en tiempos de crisis no podemos seguir mirando nuestro ombligo, porque me parece que ahora -más que nunca- es necesario apostar por lo público e invertir -que no gastar- en educación. Solo desde la educación hay posibilidades de futuro. Salvo que, y por eso puede que yo no lo vea, esperemos que sea la gracia divina la que nos ayude en el futuro. De ser así, que sigan regalando terrenos al Opus, cediendo los IES públicos -gratis- a los peregrinos de futuras JMJ, regalando desgravaciones fiscales a los padres que puedan pagarse la privada, derrochando dinero en estériles campañas de autopromoción y dejando que trabajen en nuestras aulas públicas gentes contratadas a dedo de sospechosas fundaciones privadas de claro sesgo neoliberal... Eso es, dejemos que sigan desmantelando la pública y asumamos, de una vez por todas, que los de la marea verde somos unos salvajes. Porque hay que ser salvaje para dejarse la piel defendiendo algo que nos pertenece y nos incumbe a todos. Si no, no se explica.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Camisetas verdes

Vergüenza. Eso es lo que siento cuando me paro a pensar en la actitud de los responsables políticos del PP madrileño. Vergüenza ante su afán de insultar y desprestigiar a todo el colectivo docente. Vergüenza ante su cerrazón y oposición a todo diálogo. Vergüenza ante su incapacidad para sentarse a oír a quienes -padres, profesores y alumnos- tenemos tanto que decir en este conflicto. Vergüenza al comprobar que siguen negando la existencia de unos evidentes -y salvajes- recortes.

Vergüenza al leer y al escuchar cómo tratan de ocultar lo obvio: la supresión de apoyos, refuerzos, guardias, desdobles, tutorías, laboratorios, bibliotecas, extraescolares, compensatoria, optativas... Vergüenza al comprobar cómo siguen intentando manipular a la opinión pública con esas dos horas que no son, en modo alguno, el objeto de esta protesta. Y vergüenza al oírles tachar nuestra huelga de "política", como si la política (¿qué diría Aristóteles al respecto?) fuera algo aberrante. Por supuesto que defender la educación pública es hacer política, y defender lo público es política, y pedir una sociedad donde haya oportunidades justas y dignas para todos es también política. Una política que todo partido -sea de la orientación que sea- debería querer y aspirar a hacer. Pero en su lenguaje -lleno de imprecisiones léxicas- político significa partidista, cuando esta lucha -esta marea verde- es tan plural como inabarcable, tan fuerte como clara, tan colectiva como cohesionada. Por eso, porque es una marea de todos, mañana serán los alumnos de mi centro -el IES San Juan Bautista- los que protagonicen la jornada de lucha en mi instituto, en un encierro que, desde las 5 de la tarde, será su (y nuestra) forma de gritar contra los recortes, grito al que nos sumaremos padres y profesores. Por supuesto, si algún medio quiere dar testimonio de ello, estaremos encantados de atenderle.

Asustados ante tanta cohesión, los enemigos de la escuela pública -tras su gastada cantinela de lo vagos que somos los maestros- ahora han descubierto una nueva cortina de humo: las camisetas verdes. Unas camisetas que llevan años vendiéndose a 5€ cada una, un precio irrisorio con el que solo se costea la producción y distribución de las mismas, y que -por supuesto- no son el "negociazo" (¡viva el léxico neoliberal!) del que hablaba el PP, sino un símbolo de quienes creemos en la educación pública. Supongo que el hecho de que Lucía Figar y Esperanza Aguirre hablen de "negociazo" tiene que ver con su propia visión del mundo, tal y como demuestra su afán privatizador de la enseñanza, o como prueban algunos célebres ejemplos de su partido, donde muchos prefieren trajes hechos a medida a simples camisetas verdes que parecen combinar peor con sus corbatas, cinturones y correas...

La camiseta verde ya fue, por si alguien no lo recuerda, objeto de represalia. Y lo fue cuando una orientadora -amiga mía, por cierto- tuvo la osadía de acudir con ella a realizar las pruebas CDI a un centro concertado. Para realizar estas pruebas -de las que ya hablé en otro post anterior - a los profesores de la pública se nos obliga a ir a examinar a los alumnos de la concertada. Supongo, por cierto, que el hecho de hacernos perder clase ese día no es importante para la Consejería, mientras que sí lo es que las perdamos cuando hacemos huelga... Pero, paradojas figarenses aparte, lo que nadie nos dice es que dichas pruebas llevan aparejado un dress code que, a ser posible, ha de evitar toda referencia a una sociedad democrática, plural y laica. Así pues, cuando mi amiga Carmen se presentó en el colegio concertado Liceo Cónsul con una camiseta verde donde se leía un eslogan tan agresivo y brutal como "Escuela pública de tod@s para tod@s" la inspección -a instancias de la dirección del centro- decidió sancionarla, en un acto que, cuando menos, define con claridad lo que la Consejería madrileña opina sobre la escuela pública: mejor pisoteada, que en pie.

Desde entonces, la camiseta verde ha sido un símbolo de la lucha por una educación pública digna y de calidad. Una educación que atienda a la diversidad y a la diferencia -justo lo que está impidiendo el PP madrileño con sus recortes: ¿cómo atender a la diversidad en grupos de 38 y sin medios humanos para ello?-, una educación donde no haya segregación ni elitismo -¿solo un instituto de excelencia frente a cientos de centros abocados a la mediocridad? ¿no habría que pelear por una proporción contraria a esa?-, una educación en la que se fomente lo mejor de todos y cada uno de nuestros alumnos, haciendo que la excelencia sea real y factible, promoviendo el trabajo en equipo de docentes y familias y fomentando la autocrítica en un gremio -el mío- que llevaba mucho tiempo adocenado. Y aletargado. Ahora parece que esas camisetas estuvieron siempre aquí, pero fueron unos cuantos pioneros los que comenzaron la lucha, los que iniciaron la marea, los que despertaron nuestras conciencias y apelaron a las tizas y las pizarras -verdes, por cierto- para que peléasemos contra el progresivo desmantelamiento de la escuela pública.

Sobre el "negociazo" de las camisetas, esto es lo que nos ha escrito vía e-mail a muchos profesores la Plataforma por la Escuela Pública de Vallecas: “La Plataforma por la Escuela Pública de Vallekas nunca ha tenido ánimo de lucro con nada, y mucho menos con la distribución de camisetas. Desde 2006 las camisetas se han repartido a 5€. Lógicamente hay un margen que se destina a sostener las actividades que se desarrollan en la zona, por parte de la propia Plataforma , o por parte de algunos centros, en apoyo a la Escuela Pública. Jornadas Educativas, campañas de apoyo a la matriculación en centros públicos en época de escolarización, carteles, pancartas, pegatinas, impresión de documentos y escritos, trípticos, apoyo a los múltiples encierros que se viene haciendo en los Centros vallecanos en los últimos años...nadie de nosotr@s cobra un euro por la participación en las actividades que desarrollamos, y nadie pretende cobrarlo. En nuestra Plataforma cabe todo el mundo”. Personalmente, puedo dar fe de ello -conozco a gente que trabaja mucho y muy bien allí- y añadiré, además, que no hay "monopolio" alguno (otra sandez que se ha oído estos días), pues muchos nos hemos impreso nuestras propias camisetas o hemos improvisado -y hasta customizado- otros modelos de verde con tal de significarnos y hacernos visibles.

Por mi experiencia personal sé bien que la visibilidad es compleja. Y difícil. Y también sé -como lo sabemos todos los que hemos estado y estamos implicados en la causa LGTB- que esa visibilidad es esencial para conseguir nuestros objetivos. Porque los problemas que no se ven, no existen y, por tanto, tampoco se atienden. Por eso, en el fondo, es bueno que se hayan dicho tantas barbaridades sobre nuestras camisetas verdes, porque eso prueba hasta qué punto está calando nuestro mensaje, hasta qué punto les resulta molesto e incómodo que nuestra verdad sea evidente con tan solo un color, con tan solo un lema, con nada más que una triste camiseta que tanto significa y que con tanto orgullo -a pesar de los bufidos de algún transeúnte, que de todo hay...- llevamos estos días.

Lo que olvidan cuando intentan hacernos callar y amedrentarnos, es que nuestro trabajo consiste -precisamente- en ser visibles ante cientos de alumnos. Y ante sus familias. Que nuestro día a día exige una dosis brutal de exposición personal y profesional, así que no nos da miedo dejarnos ver. Ni hacernos oír. Y, además, tampoco nos resulta nada raro el verde. Es, a fin de cuentas, el color de nuestras pizarras. De muchos de los poemas lorquianos que comentamos con nuestros alumnos. De algunos minerales que, cuando había laboratorios, analizábamos con ellos. De una marea que quieren frenar confiscando camisetas cuando, en caso de que lograsen quitárnoslas -o, en su línea dictatorial, vetárnoslas-, con ello solo lograrían desnudar aún más nuestra verdad. Justo lo único que no está en su poder y que, pese a su maquinaria propagandística y mediática, no van a conseguir arrebatarnos. Nunca.

lunes, 10 de octubre de 2011

Piedra, papel..., ¿o tijeras?

No lo entiendo. Lo siento, pero no entiendo que los sindicatos nos planteen, a estas alturas de la lucha, una convocatoria descafeinada y, sobre todo, inane. Dos días más de huelga tan dispersos como disparatados: el 3 y el 23 de noviembre. Su objetivo, según afirman los medios, es no interferir en la campaña electoral, precisamente el único momento en que estamos consiguiendo que las miradas se centren -por una vez- en la educación.

Plantear una huelga el 23 de noviembre, tras el más que previsible -y perdonen que me pronuncien, pues solo es mi opinión personal- triste triunfo del PP en las urnas es un acto más simbólico que útil y, mucho más, si se trata de más días aislados, que no sirven para forzar negociación alguna. No sé qué parte de huelgas continuadas y consecutivas no entendieron los sindicatos. Ni en qué momento decidieron que era mejor dejar que los partidos respirasen tranquilos no fueran a indigestarse sus comidas y cenas preelectorales por algo tan insignificante como el bienestar y el futuro de la educación pública.

Y tampoco me sirve la preocupación por los alumnos, pues muchos de los que estamos haciendo huelga -y renunciando a 100 euros diarios de nuestro sueldo- también estamos haciendo horas extras -no remuneradas, claro, y fuera de nuestro horario lectivo- para recuperar ese tiempo con nuestros alumnos, sobre todo en Bachillerato, donde nos estamos asegurando de que dan el temario y llegan a la PAU en igualdad de condiciones que sus compañeros de la privada y la concertada. Ahora, vista esa irrisoria convocatoria sindical, siento que se ríen de ese doble esfuerzo y, sobre todo, que se desoye a las asambleas que tan claro y con tanta rotundidad han hablado en estos meses.

Por eso, porque en este instante solo sé que voy a seguir en la lucha -pero, por contra, ya no sé si seguiré en la huelga-, prefiero dar la palabra a los únicos que no me han fallado jamás desde que empecé en este trabajo: los alumnos. Alumnos que en mi centro han convocado y organizado un encierro verde con un montón de actividades para este jueves 13 de octubre (allí estaremos de 5 a 11, por si algún medio quiere hacerse eco de lo mucho que son capaces nuestros magníficos alumnos de la pública) y que, también, elaboran campañas tan contundentes e ingeniosas como este anuncio anti-recortes que hoy me enviaban dos de mis chicos de 4º de la ESO.

Frente a ciertas actitudes sindicales descafeinadas y ante los variopintos despropósitos e insultos de nuestra Consejería, admito que momentos tan sencillos como la apertura del e-mail de estos dos alumnos son los que, en noches como hoy, me dan fuerzas para continuar. Para creer que esta #mareaverde va a seguir anegando las aulas y las ciudades aun cuando haya quienes no quieran estar a su altura. Juntos, podemos.

sábado, 8 de octubre de 2011

Me gusta ser profesor

El pasado 5 de octubre tuve el honor de asistir como ponente a una de las mesas redondas de la Jornada sobre Educación que se celebró en la Asamblea de Madrid. En esa ponencia comencé hablando de algo que, en este conflicto, no puede quedar oculto por las montañas de descrédito y desprestigo que intentan hacer caer sobre nosotros, sobre los docentes: la pasión por nuestro trabajo. El amor -vocacional, a menudo- por nuestro oficio. Al día siguiente, la manifestación y la huelga de los estudiantes de Secundaria y Bachillerato me daban aún más argumentos -con esa magnífica lección de Educación para la Ciudadanía que nos dieron a todos- para justificar esa pasión por objetos tan prosaicos como la tiza y la pizarra.

Ahora, en estos días en que parece que, por las noticias (tan atroces y fascistas como esta) y los e-mails que recibo de algunos compañeros, se suceden las represalias, se nos convierte -a nosotros y a nuestras camisetas verdes- en objeto de persecución y se intenta instaurar la mordaza y el miedo, he decidido transcribir aquí esa ponencia, con el único deseo de hacer un homenaje -y dar ánimos- a quienes nos estamos dejando la piel -y las ilusiones- en esta lucha. Una de las únicas huelgas y movilizaciones que yo recuerdo donde no se pide ni un solo euro. Donde el único dinero que pedimos es el que han quitado a nuestras aulas. A nuestros alumnos. Y a su futuro.

¿Excelencia?

Me gusta mi trabajo. Y estoy seguro de que esa misma afirmación pueden hacerla muchos de mis compañeros, de los docentes que, estos días, nos sentimos agredidos y desprestigiados por aquellos que deberían escucharnos y defendernos, aquellos para los que es del todo incomprensible que pueda gustarnos llevar con nosotros –en la cabeza y en el corazón- la vida de cientos de alumnos cada curso escolar. Pero, aunque ellos –en su mezquindad- no lo entiendan, a muchos de nosotros nos gusta ser profesores, sí, a pesar de las dificultades que entraña este trabajo, de los múltiples problemas que hemos de afrontar cada día, de la cantidad de vidas –y de situaciones personales- que encontramos en nuestras aulas y ante las que hemos de ofrecer respuestas válidas y, sobre todo, constructivas. Para nosotros, los recortes tienen rostros y nombres –de alumnos desatendidos, de compañeros sin trabajo- y por eso nos hemos lanzado a la calle con nuestras camisetas verdes. Con nuestro grito a favor de la pública. Con la urgencia de insistir en que recortar en educación no solo no ayuda a salir de la crisis, sino que nos acabará hundiendo más en ella.

Quienes recortan en la pública –no para ahorrar, sino para favorecer otras fórmulas de escolarización que permitan el adoctrinamiento y favorezcan el elitismo social-, olvidan –a propósito, por supuesto- que los docentes trabajamos con personas, con adolescentes que están buscando su identidad en esa compleja franja que va de los doce hasta los dieciocho años, y por ello nos preocupa tanto que se nos quiten los medios necesarios para poder ofrecerles una educación pública, digna y de calidad. Una educación donde esa excelencia de la que tanto se habla se hace imposible si no disponemos de los recursos humanos necesarios para conseguirla.

Y es que resulta obvio que no se puede lograr la excelencia si en los centros aumenta el número de alumnos mientras disminuye el número de profesores. En mi instituto, por ejemplo, este curso hemos perdido a ocho compañeros. Ocho profesionales cuyas horas de dedicación es imposible cubrir por mucho que todos los que nos hemos quedado sumemos dos o hasta tres horas lectivas más. Por eso, porque hay ocho profesores menos, este año, en mi instituto no habrá desdobles de lengua, ni de matemáticas, ni de inglés por primera vez en mucho tiempo. Tampoco tendremos compensatoria para los estudiantes con más dificultades, ni laboratorios, ni siquiera es seguro que haya alguien que pueda encargarse de la biblioteca. Y, para colmo, hemos tenido que optar entre mantener la hora semanal de tutoría o la pervivencia de los desdobles, pues –con el número de profesores asignados al centro- era imposible mantener ambas cosas.

Decisiones y callejones sin salida a los que nos hemos visto abocados en todos los claustros de la Comunidad de Madrid para poder comenzar el curso a pesar de haber recibido unas instrucciones que impiden que este se desarrolle con un mínimo de normalidad. Instrucciones que incluyen medidas tan irresponsables como dejar las tutorías al libre albedrío de los centros, desprotegiendo así –no solo a los docentes- sino, sobre todo, a nuestros alumnos y a sus familias. ¿Cómo se puede prescindir de la única hora semanal en la que el tutor puede hablar con los alumnos y hacer un seguimiento real de su trayectoria académica y personal? ¿Cómo se puede considerar accesoria la única hora en la que se pueden prevenir muchos de los conflictos que estallan en las aulas, como el bullying, la xenofobia, la homofobia...? No sé qué justificación económica habrán encontrado para este despropósito, pero sí me parece una prueba más que contundente de hasta qué punto se está atacando a la educación pública y de cuánto se desconoce la realidad de las aulas. Ignorancia que seguramente podría subsanarse si nos preguntasen a quienes sí vivimos el día a día escolar: a los docentes y a las familias. Qué lástima que el diálogo sea, en vez de una táctica habitual, una más que lejana utopía ante la sordera de algunos.

Sordera y cerrazón que hace que todavía se escuchen y repitan manidos argumentos como la falacia de las famosas dos horas. Argumentos que nada tienen que ver con la lucha real. Con la auténtica protesta de quienes defendemos la dignidad y la calidad de la educación pública. Argumentos que olvidan que muchos de los profesores madrileños ya dábamos 19 y 20 horas lectivas el curso pasado, que asumimos –como funcionarios- nuestro recorte salarial en un ejercicio de responsabilidad y solidaridad, y que no nos hemos sumado a esta marea verde por la pública pidiendo ni un solo euro más (¿cuántas huelgas sin reivindicaciones salariales recuerdan?), sino que exigimos que en los centros haya un número suficiente de profesores, un cupo digno que permita que las bibliotecas vuelvan a abrir, que los laboratorios puedan llevarse a cabo, que los alumnos con más dificultades tengan los apoyos que necesitan y que los alumnos que destacan también tengan los refuerzos precisos para motivarles.

Eso sí debería ser la excelencia, una excelencia real y factible para todos y cada uno de nuestros alumnos. De vuestros hijos. No un club de elite donde se segregue a una exigua minoría mientras el resto de nuestros centros presentan ratios alarmantes y al límite de lo legal. En mi caso, estas ratios de 34, 36 y 38 alumnos en Bachillerato –por ejemplo- hacen que mi método de clases –basado en la interacción, en el trabajo en equipo, en la participación de los alumnos- sea poco menos que imposible, de modo que parece que se pretende obligarnos a los profesores a regresar a la desmotivadora clase magistral de antaño, en una regresión que –de nuevo- perjudica claramente a la calidad educativa.

Tampoco sé si, gracias a los recortes que, en mi instituto, nos han dejado sin auxilares de control que puedan abrir el centro por las tardes, podré mantener las actividades que he desarrollado estos años fuera de mi horario y siempre de forma voluntaria y no remunerada. Actividades como el grupo de teatro escolar o la revista de mi centro, que forman parte de esas horas de trabajo que nadie nos contabiliza y que, sin embargo, muchos consideramos que son especialmente importantes para nuestros alumnos. Actividades que son formativas no tanto por el resultado de las mismas, sino por el espíritu de trabajo y de convivencia que fomentan.

Porque, aunque haya quien parece haberlo olvidado, nuestra labor como profesores de Secundaria y Bachillerato no solo consiste solo en volcar conceptos en la pizarra, sino en transmitir pasión por nuestras materias –de ahí que el concepto de afines (desafinadas o no) sea, en sí mismo, una aberración- y en co-educar en valores -con la ayuda de sus familias- a nuestros alumnos, para que puedan seguir construyendo su propia identidad en esa crucial etapa de transición que es la adolescencia. Este curso, sin embargo, mis tres horas lectivas de más se han traducido en otro nuevo grupo más de 34 alumnos de Bachillerato, de modo que las horas de trabajo real que necesito para atenderles se multiplican de forma inmediata y exponencial, haciendo que me sea prácticamente imposible mantener con vida las iniciativas que, como esa revista o ese grupo de teatro, he coordinado en los últimos años.

Por otra parte, y como –a pesar de lo que intentan hacernos creer- los profesores somos muy conscientes de la responsabilidad que supone nuestro oficio, sé bien que la mayoría de mis compañeros compaginaremos ese año las movilizaciones y la protesta por la educación pública con un esfuerzo titánico por salvar la calidad y la dignidad de nuestras clases. De nuestros centros, aunque los recortes –esos que sí son el verdadero ataque ante el que nuestra huelga no es más que una necesaria y urgente defensa- intenten impedírnoslo, aunque desde el poder se decida seguir favoreciendo, fiscalmente, a la escuela privada en detrimento de la pública. Pero frente a sus obstáculos y a sus agresiones, haremos valer nuestro trabajo diario. Nuestro esfuerzo. Nuestro compromiso. Y nuestras ganas de darles a los chicos y chicas que se sientan en nuestras aulas todas las oportunidades que se merecen y que, quienes hemos sido siempre alumnos de la pública, también hemos tenido.

Y, aunque a veces nos invada la tristeza ante tanto ataque –y tanta represalia-, también sé que a muchos nos llena de orgullo ver cómo profesores, padres y alumnos –todos juntos- estamos dando estos días una lección de compromiso y de unidad, ejerciendo la docencia más allá de nuestras aulas y convirtiendo la ciudad de Madrid en una gigantesca pizarra donde defender cuestiones tan importantes como la igualdad de oportunidades y la pluralidad que representan la escuela pública.

Pero si algo bueno está surgiendo de esta dura crisis, ese algo es el intenso ejercicio de autocrítica que todos, profesores y padres, estamos haciendo en estos días. Un ejercicio que nos ha unido más que nunca, que nos ha hecho recordar en qué consiste ser parte de la comunidad educativa y que nos ha despertado de un letargo en el que llevábamos sumidos demasiado tiempo.

Ahora solo espero que, más allá de las actuales movilizaciones, esta marea verde se convierta, en adelante, en un rasgo que nos caracterice y nos defina, en un modo de actuar, en un sentimiento y un compromiso que nos haga permanecer unidos y cohesionados, como un sector crítico dispuesto siempre a defender el futuro de las nuevas generaciones y la necesidad de que la educación pública no sea, bajo ningún concepto, el último recurso o el único reducto para aquellos que no disponen de ninguna otra opción.

Al revés, hemos de luchar con ímpetu para que la educación pública recupere su sitio y vuelva a ser –con nuestro trabajo, nuestra cooperación y nuestro esfuerzo- la mejor educación de todas las posibles.