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domingo, 4 de diciembre de 2011

Misiones imposibles: la tutoría

Esta semana mantuve una interesante conversación con una de las "assistants" (auxiliares de conversación) de mi instituto (auxiliares que, por cierto, son posibles gracias a un acuerdo con el British Council, y no gracias a los inexistentes fondos que nos da la Consejería). La charla, que versó sobre el tema de las tutorías -sobre el que ella tenía un particular interés- me hizo sentir, a ratos, como si me encontrase en un pasaje de las famosas Cartas marruecas, de Cadalso, pues era imposible no describirle el sinsentido en que nos encontramos sin percibir tanto su perplejidad como mi sonrojo.

Traté de explicarle que en la ESO, el tutor se responsabiliza de casi 30 alumnos (en mi caso, este año son 28) y que ha de hacer -eso se supone- un cuidado seguimiento de su progreso académico a lo largo del curso. Para ello, ha de conocer, en la medida que sea posible, sus circunstancias personales más significativas -circunstancias que, les aseguro, pueden ser lo más diverso y complejo- y ayudar al alumno cuando este necesite su ayuda. Además, el tutor es el nexo de unión entre los chicos y el resto de sus profesores y ha de reunirse con los padres de cada alumno para que, entre todos, se solvente cuanto problema pueda ir surgiendo.

El tutor, lógicamente, no solo es responsable de esos 28 alumnos, sino de todos los demás chicos y chicas a los que da clase y a quienes, si este sistema no fuera el desastre asumido e inamovible que es, no se debería evaluar sin tener una noción de esas circunstancias personales de las que hablamos, situaciones a menudo determinantes en su progreso educativo y, sin embargo, imposibles de conocer -y menos aún, de comprender- cuando se da clase a una media de 150 a 200 alumnos.

Dejando a un lado la cuestión de las evaluaciones -que merece un post aparte-, seguí tratando de explicarle lo que, cuanto más hablaba, más absurdo me parecía. La "assistant" intentaba comprender algo de lo que yo le contaba, pero no podía evitar una mueca asombro cada vez que le aportaba un nuevo dato. Datos como que en la ESO el tutor solo dispone de 50 minutos semanales para hablar con los alumnos de su grupo y de otros 50 para hablar con sus padres.

Por si esto no fuera ya ridículo, la Comunidad de Madrid ha dejado a libre elección de los centros mantener -o no- esos 50 minutos, así que en algunos institutos no hay ya hora de tutoría semanal -para qué, mejor aburrirles con otra hora más de Lengua o de Matemáticas, hasta conseguir que odien, por exceso, ambas materias-, una hora que es esencial no solo para el éxito escolar de los alumnos, sino para que la convivencia en el aula no degenere y se convierta en un gravísimo problema.

En Bachillerato, desde hace unos años, esos 50 minutos semanales no existen, así que, cuando surge un problema -y surgen muchos y de muy diversa índole: doy fe- o bien utilizamos una clase de la materia de la que damos clase -algo que, teniendo en cuenta el apretadísimo programa de 1º y, sobre todo, 2º de Bachillerato es realmente complicado- o bien buscamos un hueco que, gracias a los recortes y al incremento de horas lectivas, este año no existe, o bien fingimos que el problema no es tal y seguimos el curso como si no pasara nada, a ver si -con suerte- ese conflicto no nos explota con fuerza semanas o meses más tarde.

Entretanto, reunimos a los padres de 2 en 2 y dándoles 20 minutos -como mucho- a cada uno, porque es el único modo de conseguir verlos a todos -como muy pronto- en 15 semanas..., una cifra escandalosa y que asegura que más de un padre recibirá la información tarde y mal, o incluso después de que un posible problema -si es que lo hay- haya estallado ya. Por supuesto, muchos tutores intentamos -con el dichoso voluntarismo que hace que la educación no acabe naufragando- citar a los padres en los huecos ya mencionados -quienes los tengan, porque en nuestros horarios no existen-, en recreos o nos escribimos con ellos e-mails y sms desde nuestras cuentas y teléfonos personales -sí, este año he tenido que dar mi correo y mi móvil ante la imposibilidad de recibirlos como me gustaría- para que el grupo siga funcionando y nuestros alumnos no se queden perdidos en el limbo en el que el sistema parece situarlos.

Pero no todo es culpa de la pésima organización y de la nula visión que nuestros responsables parecen demostrar cada vez que le dan una nueva patada al sistema educativo, también hay que admitir una cuota (importante) responsabilidad de nuestro propio gremio, de esos "compañeros" -minoría, sí, pero existen y todos los conocemos- que tratan con desprecio al departamento de Orientación, considerando que cuanto allí nos piden y aconsejan es poco menos que una intromisión en nuestra área. "Compañeros" que le dan la razón a Aguirre cuando esta dice barbaridades como que "debemos instruir y no educar", como si debiéramos quedarnos quietos ante las agresiones racistas, machistas u homófobas -por poner solo tres ejemplos: hay mil más- de las que a veces somos testigos -si no víctimas o verdugos- y que requieren una intervención educativa urgente. Y "compañeros", en definitiva, que se ventilan sus cincuenta minutos de tutoría en tan solo diez -a lo sumo, quince- con una desgana infinita y sin hacer nada que merezca la pena en ellos.

Cuando acabé la conversación, admito que me sentí tan confundido como la "assistant" a quien intentaba explicárselo, porque era imposible no escucharme sin caer en la cuenta -una vez más- del sinsentido de un sistema que no funciona y que, mientras siga estando establecido de esta forma, jamás funcionará. Mientras las aulas estén cada vez más masificadas -gracias a los recortes, por ejemplo, este año doy clases a Bachilleratos de 38 alumnos-, mientras los tutores no tengamos un horario real en que atender a alumnos y padres, mientras no haya orientadores suficientes en los centros -y se les dé una consideración real por parte no solo de las Consejerías, sino de sus propios compañeros-, mientras no nos olvidemos del "siempre lo hemos hecho así" y empecemos a preocuparnos de "cómo podemos hacerlo mejor".

Si me sumé, hace unos meses a la marea verde, fue -precisamente- no solo porque esté radicalmente en contra de los recortes que están ahogando la educación pública, sino porque -más allá de esa lucha- también creo que este es el primer movimiento en años que intenta sacudir con fuerza el prolongado letargo del colectivo docente, el primer movimiento que -después de esa etapa de inexcusable pasividad- aboga por una educación digna y de calidad, una educación en la que no solo hemos de exigir medios suficientes -esos medios que ahora no tenemos-, sino una revisión profunda del sistema, su adecuación a la realidad que nos rodea -seguimos ofreciendo contenidos del XIX para un alumnado del XXI, por mucha pizarra digital que tengamos... si es que la tenemos- y, en definitiva, una reforma profunda de un modelo que hace aguas y en el que todo se sostiene, solo y exclusivamente, sobre el papel, pero no en nuestras aulas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El cinismo de la Consejería

Hace unas semanas, una madre nuestro centro presentó una reclamación ante la Comunidad de Madrid denunciando las consecuencias de los graves recortes sufridos en la educación pública madrileña. A continuación, reproduzco la respuesta que -llena de cinismo- le ha sido enviada desde la Consejería de Educación y Empleo. En ella -y aunque les dejo aquí el documento completo para que disfruten de su (interesada) ignorancia de la realidad en nuestras aulas- se pueden estas dos grandes "perlas":

PERLA 1:
"La Presidenta de la Comunidad de Madrid ha manifestdo que las medidas que se han adoptado no suponen recortes en la educación pública".

Así pues, los 8 profesores menos en mi centro no son un recorte.
La imposibilidad de tener abierta la biblioteca para atender el préstamo a los alumnos no es un recorte.
La supresión de desdobles, refuerzos y laboratorios no es un recorte.
El aumento de la ratio en las aulas (hasta 38 en Bachillerato) no es un recorte.
La reducción del número de orientadores por centro no es un recorte.
La supresión de las aulas de enlace no es un recorte.
La no contratación de miles de interinos no es un recorte.
La atribución de afines imposibles a algunos docentes no es un recorte.
La falta de huecos en mi horario para atender a los padres y alumnos de mi tutoría no es un recorte.
El intento de suprimir las tutorías y la decisión de dejarlas al libre albedrío de los centros no es un recorte.

Gracias por informarnos de todo esto: me tranquiliza muchísimo saber que el problema lo tengo yo, que vivo en una dimensión paralela cual personaje de Matrix.

PERLA 2:
"La nueva distribución del horario de los profesores implica una mayor dedicación a la atención directa de los alumnos, lo que permitirá que se sigan atendiendo este curso escolar tanto las necesidades de los alumnos como de los centros"

Así pues, al dedicar más horas a dar clase damos más "atención directa" a los alumnos. Este dato demuestra un desconocimiento profundo y preocupante de la realidad educativa, pues en mi caso, por ejemplo, que doy 21 horas lectivas, el sumar horas de "clase directa" me impiden otras formas de "atención directa" e "indirecta" como:

- atender a los padres de mi tutoría: solo se me conceden 50 minutos semanales, de modo que necesito 30 semanas para escucharles, como mucho, 40 minutos a todos,
- atender a los alumnos de forma individualizada: no hay un solo hueco en mi horario para ello,
- controlar la asistencia y los partes de disciplina de mi tutoría,
- reunirme con alumnos que no sean de mi tutoría y que tengan problemas con mi materia: tampoco hay hora alguna para ello (sobre todo porque al sumar horas de clase sumamos grupos de alumnos, de modo que cada vez podemos personalizarles menos),
- coordinar la revista escolar: tengo que hacerlo en los recreos y resulta del todo insuficiente, así que acabo haciéndolo los domingos desde casa,
- coordinar y dirigir el grupo de teatro escolar: tarea que hago fuera de mi horario -de modo no remunerado- y que este año se complica porque necesito esas horas para preparar clases y corregir exámenes y actividades, ya que mi horario no contempla tampoco tiempo para eso.

En definitiva, dar más horas de clase solo supone que se aumentan... las horas de clase. Y los grupos de alumnos por profesor. Y los alumnos por grupo gracias al recorte de docentes. Pero, además de este evidente deterioro cuantitativo y cualitativo que se deduce del círculo vicioso anterior, no aumenta, en modo alguno, la "atención directa a los alumnos y al centro", al revés, la dificulta, la perjudica, dejándolo todo en manos de un voluntarismo que, sinceramente, este curso empieza a ser casi masoquista.

Gracias a la Consejería madrileña por conseguir que con medidas y cartas así, quienes trabajamos muchas horas de más en la enseñanza -y somos muchos los que pertenecemos a este grupo de "pánfilos"- nos sintamos cada vez menos motivados a hacerlo. Por fortuna, ellos no cuentan con que no somos tan mezquinos como quienes toman estas decisiones y a nosotros SÍ que nos importan los alumnos. Así que, ni siquiera este curso, conseguirán que nos rindamos. Seguiremos luchando contra sus medidas. Contra su destrozo de toda educación que no sea privada o concertada. Y a favor, siempre, de la escuela pública. Y, sobre todo, de nuestros alumnos, para darles la "atención directa" que realmente merecen y de la que nuestra Comunidad les priva.


sábado, 8 de octubre de 2011

Me gusta ser profesor

El pasado 5 de octubre tuve el honor de asistir como ponente a una de las mesas redondas de la Jornada sobre Educación que se celebró en la Asamblea de Madrid. En esa ponencia comencé hablando de algo que, en este conflicto, no puede quedar oculto por las montañas de descrédito y desprestigo que intentan hacer caer sobre nosotros, sobre los docentes: la pasión por nuestro trabajo. El amor -vocacional, a menudo- por nuestro oficio. Al día siguiente, la manifestación y la huelga de los estudiantes de Secundaria y Bachillerato me daban aún más argumentos -con esa magnífica lección de Educación para la Ciudadanía que nos dieron a todos- para justificar esa pasión por objetos tan prosaicos como la tiza y la pizarra.

Ahora, en estos días en que parece que, por las noticias (tan atroces y fascistas como esta) y los e-mails que recibo de algunos compañeros, se suceden las represalias, se nos convierte -a nosotros y a nuestras camisetas verdes- en objeto de persecución y se intenta instaurar la mordaza y el miedo, he decidido transcribir aquí esa ponencia, con el único deseo de hacer un homenaje -y dar ánimos- a quienes nos estamos dejando la piel -y las ilusiones- en esta lucha. Una de las únicas huelgas y movilizaciones que yo recuerdo donde no se pide ni un solo euro. Donde el único dinero que pedimos es el que han quitado a nuestras aulas. A nuestros alumnos. Y a su futuro.

¿Excelencia?

Me gusta mi trabajo. Y estoy seguro de que esa misma afirmación pueden hacerla muchos de mis compañeros, de los docentes que, estos días, nos sentimos agredidos y desprestigiados por aquellos que deberían escucharnos y defendernos, aquellos para los que es del todo incomprensible que pueda gustarnos llevar con nosotros –en la cabeza y en el corazón- la vida de cientos de alumnos cada curso escolar. Pero, aunque ellos –en su mezquindad- no lo entiendan, a muchos de nosotros nos gusta ser profesores, sí, a pesar de las dificultades que entraña este trabajo, de los múltiples problemas que hemos de afrontar cada día, de la cantidad de vidas –y de situaciones personales- que encontramos en nuestras aulas y ante las que hemos de ofrecer respuestas válidas y, sobre todo, constructivas. Para nosotros, los recortes tienen rostros y nombres –de alumnos desatendidos, de compañeros sin trabajo- y por eso nos hemos lanzado a la calle con nuestras camisetas verdes. Con nuestro grito a favor de la pública. Con la urgencia de insistir en que recortar en educación no solo no ayuda a salir de la crisis, sino que nos acabará hundiendo más en ella.

Quienes recortan en la pública –no para ahorrar, sino para favorecer otras fórmulas de escolarización que permitan el adoctrinamiento y favorezcan el elitismo social-, olvidan –a propósito, por supuesto- que los docentes trabajamos con personas, con adolescentes que están buscando su identidad en esa compleja franja que va de los doce hasta los dieciocho años, y por ello nos preocupa tanto que se nos quiten los medios necesarios para poder ofrecerles una educación pública, digna y de calidad. Una educación donde esa excelencia de la que tanto se habla se hace imposible si no disponemos de los recursos humanos necesarios para conseguirla.

Y es que resulta obvio que no se puede lograr la excelencia si en los centros aumenta el número de alumnos mientras disminuye el número de profesores. En mi instituto, por ejemplo, este curso hemos perdido a ocho compañeros. Ocho profesionales cuyas horas de dedicación es imposible cubrir por mucho que todos los que nos hemos quedado sumemos dos o hasta tres horas lectivas más. Por eso, porque hay ocho profesores menos, este año, en mi instituto no habrá desdobles de lengua, ni de matemáticas, ni de inglés por primera vez en mucho tiempo. Tampoco tendremos compensatoria para los estudiantes con más dificultades, ni laboratorios, ni siquiera es seguro que haya alguien que pueda encargarse de la biblioteca. Y, para colmo, hemos tenido que optar entre mantener la hora semanal de tutoría o la pervivencia de los desdobles, pues –con el número de profesores asignados al centro- era imposible mantener ambas cosas.

Decisiones y callejones sin salida a los que nos hemos visto abocados en todos los claustros de la Comunidad de Madrid para poder comenzar el curso a pesar de haber recibido unas instrucciones que impiden que este se desarrolle con un mínimo de normalidad. Instrucciones que incluyen medidas tan irresponsables como dejar las tutorías al libre albedrío de los centros, desprotegiendo así –no solo a los docentes- sino, sobre todo, a nuestros alumnos y a sus familias. ¿Cómo se puede prescindir de la única hora semanal en la que el tutor puede hablar con los alumnos y hacer un seguimiento real de su trayectoria académica y personal? ¿Cómo se puede considerar accesoria la única hora en la que se pueden prevenir muchos de los conflictos que estallan en las aulas, como el bullying, la xenofobia, la homofobia...? No sé qué justificación económica habrán encontrado para este despropósito, pero sí me parece una prueba más que contundente de hasta qué punto se está atacando a la educación pública y de cuánto se desconoce la realidad de las aulas. Ignorancia que seguramente podría subsanarse si nos preguntasen a quienes sí vivimos el día a día escolar: a los docentes y a las familias. Qué lástima que el diálogo sea, en vez de una táctica habitual, una más que lejana utopía ante la sordera de algunos.

Sordera y cerrazón que hace que todavía se escuchen y repitan manidos argumentos como la falacia de las famosas dos horas. Argumentos que nada tienen que ver con la lucha real. Con la auténtica protesta de quienes defendemos la dignidad y la calidad de la educación pública. Argumentos que olvidan que muchos de los profesores madrileños ya dábamos 19 y 20 horas lectivas el curso pasado, que asumimos –como funcionarios- nuestro recorte salarial en un ejercicio de responsabilidad y solidaridad, y que no nos hemos sumado a esta marea verde por la pública pidiendo ni un solo euro más (¿cuántas huelgas sin reivindicaciones salariales recuerdan?), sino que exigimos que en los centros haya un número suficiente de profesores, un cupo digno que permita que las bibliotecas vuelvan a abrir, que los laboratorios puedan llevarse a cabo, que los alumnos con más dificultades tengan los apoyos que necesitan y que los alumnos que destacan también tengan los refuerzos precisos para motivarles.

Eso sí debería ser la excelencia, una excelencia real y factible para todos y cada uno de nuestros alumnos. De vuestros hijos. No un club de elite donde se segregue a una exigua minoría mientras el resto de nuestros centros presentan ratios alarmantes y al límite de lo legal. En mi caso, estas ratios de 34, 36 y 38 alumnos en Bachillerato –por ejemplo- hacen que mi método de clases –basado en la interacción, en el trabajo en equipo, en la participación de los alumnos- sea poco menos que imposible, de modo que parece que se pretende obligarnos a los profesores a regresar a la desmotivadora clase magistral de antaño, en una regresión que –de nuevo- perjudica claramente a la calidad educativa.

Tampoco sé si, gracias a los recortes que, en mi instituto, nos han dejado sin auxilares de control que puedan abrir el centro por las tardes, podré mantener las actividades que he desarrollado estos años fuera de mi horario y siempre de forma voluntaria y no remunerada. Actividades como el grupo de teatro escolar o la revista de mi centro, que forman parte de esas horas de trabajo que nadie nos contabiliza y que, sin embargo, muchos consideramos que son especialmente importantes para nuestros alumnos. Actividades que son formativas no tanto por el resultado de las mismas, sino por el espíritu de trabajo y de convivencia que fomentan.

Porque, aunque haya quien parece haberlo olvidado, nuestra labor como profesores de Secundaria y Bachillerato no solo consiste solo en volcar conceptos en la pizarra, sino en transmitir pasión por nuestras materias –de ahí que el concepto de afines (desafinadas o no) sea, en sí mismo, una aberración- y en co-educar en valores -con la ayuda de sus familias- a nuestros alumnos, para que puedan seguir construyendo su propia identidad en esa crucial etapa de transición que es la adolescencia. Este curso, sin embargo, mis tres horas lectivas de más se han traducido en otro nuevo grupo más de 34 alumnos de Bachillerato, de modo que las horas de trabajo real que necesito para atenderles se multiplican de forma inmediata y exponencial, haciendo que me sea prácticamente imposible mantener con vida las iniciativas que, como esa revista o ese grupo de teatro, he coordinado en los últimos años.

Por otra parte, y como –a pesar de lo que intentan hacernos creer- los profesores somos muy conscientes de la responsabilidad que supone nuestro oficio, sé bien que la mayoría de mis compañeros compaginaremos ese año las movilizaciones y la protesta por la educación pública con un esfuerzo titánico por salvar la calidad y la dignidad de nuestras clases. De nuestros centros, aunque los recortes –esos que sí son el verdadero ataque ante el que nuestra huelga no es más que una necesaria y urgente defensa- intenten impedírnoslo, aunque desde el poder se decida seguir favoreciendo, fiscalmente, a la escuela privada en detrimento de la pública. Pero frente a sus obstáculos y a sus agresiones, haremos valer nuestro trabajo diario. Nuestro esfuerzo. Nuestro compromiso. Y nuestras ganas de darles a los chicos y chicas que se sientan en nuestras aulas todas las oportunidades que se merecen y que, quienes hemos sido siempre alumnos de la pública, también hemos tenido.

Y, aunque a veces nos invada la tristeza ante tanto ataque –y tanta represalia-, también sé que a muchos nos llena de orgullo ver cómo profesores, padres y alumnos –todos juntos- estamos dando estos días una lección de compromiso y de unidad, ejerciendo la docencia más allá de nuestras aulas y convirtiendo la ciudad de Madrid en una gigantesca pizarra donde defender cuestiones tan importantes como la igualdad de oportunidades y la pluralidad que representan la escuela pública.

Pero si algo bueno está surgiendo de esta dura crisis, ese algo es el intenso ejercicio de autocrítica que todos, profesores y padres, estamos haciendo en estos días. Un ejercicio que nos ha unido más que nunca, que nos ha hecho recordar en qué consiste ser parte de la comunidad educativa y que nos ha despertado de un letargo en el que llevábamos sumidos demasiado tiempo.

Ahora solo espero que, más allá de las actuales movilizaciones, esta marea verde se convierta, en adelante, en un rasgo que nos caracterice y nos defina, en un modo de actuar, en un sentimiento y un compromiso que nos haga permanecer unidos y cohesionados, como un sector crítico dispuesto siempre a defender el futuro de las nuevas generaciones y la necesidad de que la educación pública no sea, bajo ningún concepto, el último recurso o el único reducto para aquellos que no disponen de ninguna otra opción.

Al revés, hemos de luchar con ímpetu para que la educación pública recupere su sitio y vuelva a ser –con nuestro trabajo, nuestra cooperación y nuestro esfuerzo- la mejor educación de todas las posibles.



lunes, 19 de septiembre de 2011

Huelga verde

La marea verde, por si alguien todavía no se ha dado cuenta, no tiene etiquetas. Somos padres, profesores y alumnos que pedimos una educación pública y de calidad. Padres, profesores y alumnos que mañana estaremos -de nuevo- llenando las calles de Madrid, en la manifestación convocada de Neptuno a Sevilla a las 18:30 h. Padres, profesores y alumnos que nos negamos a que recorten el futuro de nuestros alumnos. De toda una generación excelente a la que condenan, sin embargo, al hacinamiento y la mediocridad (su concepto de excelencia tiene que ver con la segregación, no con la convivencia ni el crecimiento personal).

Por eso, mañana, haré huelga. Y por eso, porque esta ha de ser una huelga activa y compartida, estaré -en la calle- con la comisión de información de mi instituto, tratando de hablar con la gente del barrio, con quien quiera acercarse y preguntar por lo que está pasando, por los motivos que nos han llevado a convocar esta huelga que, ojalá -por el bien de todos-, termine pronto. Una huelga que solo pretende que nos escuchen, por una vez, a quienes somos y formamos la comunidad educativa. Una huelga que exige que no sigan arruinando -desmantelando- la educación pública.

Y si alguien todavía tiene más preguntas al respecto, aquí dejo la última entrevista que me han hecho (esta vez, en la revista Magisterio) a propósito de esta #mareaverde que está inundando, al fin, las calles de Madrid. Hagamos, con fuerza y entre todos, que esta (necesaria) marea siga subiendo...

viernes, 9 de septiembre de 2011

Primeras consecuencias

Ayer, tras enterarme gracias a las irresponsables -y gravísimas- declaraciones de la inefable Lucía Figar (nuestra Consejera de Educación) de que los manifestantes por la educación pública éramos todos "liberados sindicales y agresores de peregrinos" (¿...?), también conocí -de primera mano- algunas de las primeras consecuencias de los recortes en mi instituto.

De momento, somos -definitivamente- diez profesores menos que hace dos cursos y ocho menos que el año anterior. Esto ha supuesto que los docentes tuviéramos que elegir entre mantener las tutorías o suprimirlas e intentar conseguir algún desdoble. Hasta la fecha, ambas situaciones eran posible, de modo que, además de atender a los chicos en una hora de tutoría semanal, podíamos dividir en dos subgrupos las clases que lo necesitaban para impartir asignaturas como Lengua, Matemáticas o Inglés. Este curso, sin embargo, tras votar -por abrumadora mayoría- a favor de mantener las -imprescindibles tutorías: pueden leer en este artículo que publiqué en El País por qué son algo irrenunciable en la ESO- hemos de asumir la supresión de la mayoría de los desdobles con los que hemos podido ayudar a los chicos en los cursos anteriores. En mi departamento (Lengua), por ejemplo, solo un grupo podrá ser desdoblado. Todos los demás -ni en 1º, ni en 3º, ni en 4º de la ESO- permiten esa posibilidad y, por supuesto, aumentará notablemente la ratio por aula.

Tampoco habrá profesor o profesora de Compensatoria, de manera que los alumnos con más problemas no dispondrán de esa ayuda extra tan necesaria. Para colmo, la presencia de un único orientador -en este caso, orientadora- en los centros de Secundaria hace que su labor sea poco menos que titánica (¿un solo profesional para atender a TODOS los alumnos?) y me recuerda claramente a la situación que traté de denunciar con el personaje de Mayte en La edad de la ira. Lamentablemente, esa situación supuestamente de ficción se ha convertido este curso en cruel y tristísima realidad.

Asimismo, y aunque el nuestro sea un centro bilingüe, la directora nos anunció que no podrán mantener los desdobles en inglés, ni siquiera a costa de que ella misma -que pertenece a ese departamento- imparta un número de horas lectivas muy superior a la exigida a alguien que ocupe su cargo. También desaparece la semana de exámenes de Bachillerato o, al menos, habrá que replantearse cómo va a llevarse a cabo en adelante. En esa semana, los chicos tenían todos los exámenes finales en cuatro días en los que no recibían clases, para que pudieran concentrarse en sus pruebas. Ahora, sin embargo, no tenemos profesores suficientes para cubrir ese sistema -que supone modificar el horario de diversos docentes durante una semana por evaluación- así que lo más probable es que esa fórmula desaparezca, de modo que los perjudicados -una vez más- sean nuestros alumnos.

Y es que, diga lo que diga la Consejería, las víctimas del conflicto no son solo los 748 funcionarios que a día de hoy siguen sin destino, ni los 3000 interinos -grandísimos compañeros ninguneados por la Comunidad de Madrid- que están injustamente en la calle, ni los docentes que sí tenemos centro y vemos cómo nuestras condiciones laborales se deterioran a pasos agigantados. No, las grandes víctimas de todo esto son -y eso nos entristece y apena profundamente a quienes nos importa la educación- nuestros alumnos, a quienes se les intenta negar una educación digna y, con ello, un futuro mejor.

Por supuesto, tampoco está nada claro cómo se podrán hacer los horarios, ni cómo se cubrirán las guardias, ni quién atenderá la biblioteca, ni... En mi caso, impartiré 21 horas lectivas, así que tendré que hacer malabares (¿cómo?) para mantener a flote la revista del centro y el grupo de teatro, dos actividades que hacía por las tardes de forma no remunerada y que no querría suspender por la implicación que muchos alumnos tienen en ellas. Sin embargo, la realidad me hace dudar sobre su continuidad, pues habré de asumir no solo esa ingente carga lectiva, sino también todas las tareas que los compañeros que faltan ya no harán y que deberemos repartir entre quienes estemos allí.

Esto, en cualquier caso, no es más que el principio. Las consecuencias de este ataque contra la educación pública se irán viendo -y agudizando- en cuanto empiece el curso. De ahí que el lunes por la mañana, alumnos y profesores de mi centro vayamos a trabajar en la elaboración de pancartas y carteles en defensa de la escuela pública. Que los padres y profesores nos reunamos ese mismo lunes por la tarde en asamblea para analizar los recortes. Y que yo siga con mi "tour mediático" intentando explicar -ya he perdido la cuenta...- por qué los #profesoresinEsperanza nos hemos sumado con padres y alumnos en esta #mareaverde por la educación pública. Por si alguien aún tiene dudas de ese porqué, dejo aquí el podcast de mi entrevista en RNE, con Toni Garrido y Elvira Lindo, así como el enlace de la que compartí con Ángel Gabilondo en el especial sobre educación de Hora 25 (a partir del minuto 33).

Si son padres, si son alumnos, si son profesores o si, simplemente, son ciudadanos a quienes les parece que la educación pública es un pilar esencial en cualquier sociedad democrática, ayúdennos a seguir difundiendo estos datos. Reales, concretos, singulares... Y, lamentablemente, atroces.








Entrevista en RNE (Asuntos Propios) con Toni Garrido y Elvira Lindo (Desde el minuto 25)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Alcalá 32

Ha sido, sobre todo, emocionante: la concentración más masiva del profesorado y la comunidad educativa desde hace años. Y eso que, como no podía ser menos, también se palpaba la tristeza en el ánimo de muchos, pero -a cambio de ese comprensible desgarro- hemos comprobado que el ataque contra la educación pública nos ha unido a profesores, padres y alumnos como pocas veces se había logrado. Un revulsivo que, a buen seguro, vendrá bien para limar asperezas, hacer autocrítica, tender puentes y tratar de sacar a flote un sistema educativo que otros quieren perpetuar en el fracaso. Y peor aún, desmantelarlo hasta que la educación sea privilegio -elitista y privatizado- de unos pocos.


Familias completas, docentes de toda suerte de generaciones, alumnos -qué extraordinario resulta verles protagonizar, con su vehemencia y su espíritu crítico, estas protestas- y, por supuesto, también otros ciudadanos que -simplemente- querían sumarse a la reivindicación a favor de uno de los pilares básicos de toda sociedad democrática. Hay quien insiste -con ignorancia y/o afán de sabotaje- en que esto es una movilización política, quien se empeña en ver siglas donde solo había un verde intenso y heterogéno, un verde bajo el que nos hemos reunido gentes de todo tipo de tendencias y orientaciones políticas, un verde bajo el que se han borrado siglas y donde quienes más estamos dando la cara en todo tipo de medios no pertenecemos a partido ni sindicato alguno. Por eso, porque nuestro movimiento es una lucha sin siglas, una guerra por algo que nos pertenece a todos, hay quien se empeña en desvirtuar su sentido. Sin ningún éxito, por supuesto.


Esta tarde no había ni rastro de esa negatividad en la concentración, en esa #mareaverde de #Alcalá32 (las dos etiquetas con las que hemos llenado de imágenes y consignas las pantallas de Twitter). Por eso, aunque todo cuanto estamos viviendo sea doloroso y cruel, no podemos caer en el desánimo, no podemos permitir que la tristeza y la desilusión que intentan imponernos puedan con nuestras ganas de plantar cara, de decir que no al desmantelamiento progresivo de la educación pública. Por ello, habrá que ir anotando ya la siguiente fecha y el próximo evento confirmado: la manifestación del 14 de septiembre.


Y espero -de veras que lo espero- que esta revolución también sirva para sacarnos a los profesores del letargo en el que hemos vivido los últimos años, un letargo que requiere una reacción profunda a medio y largo plazo, buscando soluciones entre todos para frenar las elevadas tasas de fracaso y abandono escolar. Porque es obvio que el sistema, tal y como está planteado, no funciona. Y sin embargo, también es obvio que hace años -no muchos, por cierto- sí lo hizo. Habrá que reflexionar, sacar conclusiones y, por supuesto, mantener la conexión padres-alumnos-profesores que se está fortaleciendo en estos días. Pero, para poder hacer todo eso, necesitamos una Administración que nos apoye, que nos defienda (sin carteles: preferimos los hechos), una Administración que invierta en la enseñanza y que sepa escuchar -por una vez- a quienes vivimos su realidad a pie de aula.


De momento, y sin caer en triunfalismos -éramos muchos, sí, pero debemos ser aún MUCHOS más-, tenemos que estar satisfechos del éxito de la concentración. De la implicación de todos en ella. De la sensación de energía y fuerza que se transmitía esta tarde en la calle Alcalá. Una energía y una fuerza que debemos mantener por nuestros compañeros interinos, por nuestros alumnos de Secundaria y Bachillerato, por nuestros colegas funcionarios sin destino, por todos los que asumiremos una carga laboral imposible de cubrir sin los compañeros ausentes y, en definitiva, por el bien de la pública.

Gracias, a quienes habéis estado ahí, por hacer posible este comienzo. Y ahora, sigamos.

lunes, 29 de agosto de 2011

Padres + profesores

Si algo tengo claro, es que la gravísima crisis de la educación pública madrileña -causada por los salvajes recortes del PP- ha servido para poner de relieve la importancia de la colaboración entre padres y profesores. De algún modo, esta situación extrema e inadmisible (que será el centro de la asamblea de este 31 de agosto) nos ha ayudado a recordar que ambos sectores somos aliados en un fin común: la educación. Ni siquiera han conseguido desunirnos con medidas tan torpes y mezquinas como la propuesta de una indeterminada subida salarial (¿quién ha hablado aquí de un aumento y, menos aún, a costa de los 125 millones recortados y los 5000 puestos de trabajo suprimidos en la escuela pública?).

En algún post anterior (como en el titulado La pluralidad necesaria), he dejado caer aquí mi inquietud sobre el recelo que percibía tanto en algunos de los padres que se reunían conmigo como tutor de sus hijos, como en algunos de mis colegas ante las demandas o preguntas de las familias. Alguna situación plasmé también, a ese respecto, en La edad de la ira con idéntico fin: provocar una reflexión sobre cómo es posible que nos hayamos distanciado tanto cuando, en realidad, compartimos barco y destino.

Por eso, me alegra que surjan iniciativas como la Alianza Educativa, encabezada por Óscar González (un incansable trabajador de la educación y la pedagogía, podéis seguirlo en Twitter bajo el nick OscarG_1978), proyecto plural y abierto que se acaba de poner en marcha en estos días. Su apuesta no es otra que favorecer la cooperación entre las familias y la escuela, entre las familias y los docentes, entre la educación y la sociedad, devolviendo a la enseñanza un papel presencialmente importante en una cultura mediática que parece haber olvidado uno de los pilares más importantes de toda sociedad democrática.

En Madrid, nuestra lucha contra el desmantelamiento de la educación pública demuestra que esa alianza no solo es deseable, sino posible y utilísima. Valgan como ejemplo las cartas de muchas AMPAS apoyando las protestas del profesorado o la intervención de padres en foros y asambleas animando y aportando ideas y argumentos para que esta batalla pueda ganarse en favor de quienes realmente nos importan: nuestros alumnos.

Por todo ello, porque creo firmemente en el trabajo en equipo, porque en mis años de experiencia ha sido esencial la colaboración de muchos padres y madres en mi trabajo docente (sin ellos, por ejemplo, no habría podido crear jamás la revista de mi centro), porque la desunión solo consigue debilitarnos, os aconsejo que os acerquéis a leer y conocer algunas de las propuestas de esta Alianza Educativa. Un proyecto que acaba de nacer y que, ojalá, tenga una vida tan larga como exitosa. ¡Mucha suerte, Óscar!

jueves, 28 de julio de 2011

Un profesor cualquiera

El pasado 26 de julio se celebró una asamblea por la Educación Pública en el IES San Isidro de Madrid. La sala, a rebosar, daba cuenta de hasta qué punto nos importa a todos la grave situación e la educación pública (no solo en nuestra Comunidad, sino también en otras donde, como es el caso de Galicia, ya se ha convocado una huelga en firme para septiembre). En su momento, di cuenta en Twitter de cuanto allí pasaban mediante el tag #profes26j, así que esta vez me van a permitir que no haga un resumen objetivo (pueden encontrarlo fácilmente en El País, donde dieron cumplida cuenta de lo allí tratado), sino que manifieste -humildemente- mi opinión. La opinión -totalmente subjetiva- de un profesor cualquiera de Secundaria, sin pretender representar con ella a ningún grupo o colectivo. Y lo advierto porque, seguramente, muchas de las afirmaciones que haré en este post no serán del gusto de todos (ni, quizá, demasiado populares) pero necesito y deseo expresarlas con toda la franqueza posible. Allá vamos.

En primer lugar, me gustaría felicitar por su claridad y sensatez a José Luis Pazos, presidente de la FAPA Giner de los Ríos, que tuvo -bajo mi punto de vista- la mejor intervención de la tarde. Y fue la mejor porque fue tan clara y tan crítica como poco exaltada, recordando que las familias están tan crispadas y preocupadas como los docentes y que, por eso mismo, debemos sumarnos todos a la lucha. Según sus propias palabras, “estas instrucciones no atacan al profesorado, sino que atacan a la comunidad educativa en su conjunto” y, por eso mismo, estamos ante “una lucha de toda la comunidad educativa”. Esa unidad, según su opinión, requiere que “vayamos juntos en los acuerdos que tomemos”, incluyendo una posible huelga que -y me ciño a sus palabras- “para que sea compartida y apoyada por las familias tiene que ser compatible con las necesidades de las familias y, especialmente, con los derechos del alumnado”.

Hubo quien reaccionó protestando contra ese "apoyo condicionado" que se prestaba a nuestras movilizaciones y, por supuesto, sonaron muchas voces a favor de una huelga indefinida a partir de septiembre. Los ánimos están caldeados y todos sentimos el ataque como propio, pues las medidas afectan no solo a nuestro trabajo, sino a algo mucho más amplio y trascendente: a la educación pública, un pilar de la sociedad que ha costado mucho cimentar y que ahora mismo, al igual que ocurre con la sanidad, está en riesgo. Peligro de extinción ante el que hemos de luchar juntos y unidos, con todas las armas que están en nuestro alcance.

En ese sentido, podemos argumentar que es preferible que los alumnos pierdan unos días de clase a que pierdan cualquier esperanza de futuro, pues -por culpa de estas medidas- ya no recibirán una formación que les permita alcanzarlo. La lucha -el fin último- requiere fórmulas extremas, sí, pero también es cierto que no podemos batallar solos y que, en última instancia, los alumnos y sus familias no pueden ser las víctimas de nuestra guerra. Ellos no son nuestros enemigos, son -y lo están demostrando- nuestros aliados. Al respecto, José Luis Pazos también se quejó de que los padres "habían sido alejados de la vida en los centros", crítica que no sentó demasiado bien (curioso: se nos llena la boca con el 15M y su supuesta ola reivindicativa, pero cuando alguien nos dice una verdad dolorosa, lo rechazamos) y pidió que les dejáramos ayudarnos así como volver a entrar en los centros y cooperar con nuestra labor. "Es imposible cambiar la educación pública solo en seis meses" sentenció y dio, de nuevo, en la diana.

Personalmente, y tras tres horas y media de asamblea con intervenciones -a menudo- demasiado extensas (¿por qué contamos todos nuestra experiencias yoístas una y otra vez, si para eso tenemos foros virtuales? ¿por qué se dieron tan pocas ideas concretas? ¿por qué falto el espíritu de acción -mucho más concreto y eficaz- de la asamblea en el Beatriz Galindo?) solo llegué a las siguientes conclusiones:

1. Estamos, pese a la diversidad de ideas y opiniones, todos unidos. Las medidas de la Comunidad de Madrid son un ataque sin precedentes contra la educación pública. La actuación ha de ser inmediata y contudente y todos -más allá de etiquetas políticas- estamos concienciados de ello y dispuestos -espero- a acatar las decisiones que tome la mayoría. De lo contrario, será imposible que se nos oiga.

2. La huelga es el gran punto a debatir en la siguiente asamblea (31 de agosto, 12 h, sede de CCOO) y no es un tema en el que haya consenso. Por mi parte, creo que ha de ser una huelga meditada, consensuada y compartida con las familias. La Comunidad cuenta ya con ella -por supuesto- así que, para que resulte eficaz, no podemos darle más balas en nuestra contra. Ha de ser una huelga racional y significativa y, para ello, necesitamos a los medios: lo que más teme el PP madrileño es lo mucho que deterioran su imagen, máxime en este ambiente de posible adelanto electoral.

3. El concepto de huelga indefinida me parece irrealizable y poco hábil. En primer lugar, no creo que ayude a sumar padres y alumnos a nuestra causa y, sobre todo, no lo veo factible. Teniendo en cuenta que apenas el 50% de los asistentes a la asamblea del 26 fue capaz de quedarse allí durante las tres horas que duró (normal, muchos tenían compromisos familiares y personales), ¿lo serán de soportar una huelga indefinida (contando con esos mismos compromisos y obligaciones)? Llevo ya unos años en esto y, en las últimas convocatorias, siempre hemos sido muy pocos profesores -un porcentaje entre triste y ridículo- los que nos hemos manifestado contra recortes que ya anunciaban lo que este curso tan solo se confirma. No podemos volver a iniciar una acción con seguimiento escaso que solo nos desgaste, desuna y debilite. El puñetazo en la mesa ha de ser firme, pero también unánime. Y cuantos más puños golpeen esa mesa, mucho mejor.

4. Se mezclaron, en ciertas intervenciones, las demandas de esa asamblea con el movimiento 15M. Personalmente, no me parece ni oportuno ni inteligente mezclar ambas cosas. Cuantos más motivos -externos- de desunión incluyamos en la protesta, más nos disgregaremos. Claro que hay puntos coincidentes, pero no todos los que estamos luchando contra las medidas de la Comunidad de Madrid creemos en el ideario del 15M ni nos indentificamos plenamente con los indignados. Tampoco me parece que nuestras asambleas educativas sean el foro para debatir eso (igual que otros que estamos implicados en diversas causas -como pueda ser la causa LGTB en mi caso- no las sumamos a ese debate). Debemos centrarnos, unirnos y delimitar objetivos. No viene al caso polemizar -como pasó en cierto momento de la asamblea- sobre el "no les votes" , ya se esté a favor o en contra de esa idea, por ejemplo. Ciñámonos a lo que nos une y a lo que require nuestra actuación: la escuela pública.

5. Sigue faltando información y sigue siendo esencial la labor en cuanta red social podamos manejar. No podemos pretender que la sociedad nos escuche si nos quedamos en cómo va a cambiar nuestro horario. Lamentablemente, no somos los únicos que han visto deterioradas sus condiciones de trabajo, así que eso no nos hará ganar apoyos, solo permitirá desvirtuar nuestra queja y fomentar la idea -muy asentada- de lo vagos que somos. Hay que comunicar lo que está sucediendo desde el punto de vista del alumno -que es el verdadero protagonista-, hay que explicar que el hecho de que haya más de 1000 funcionarios sin centro asignado y 3000 interinos sin trabajo impedirá que los institutos puedan atender a los chicos. Hay que hacer ver que la supresión de la hora de tutoría creará enormes problemas de convivencia en las aulas. Hay que hacer entender que el salvaje recorte de profesores por centro -que permite esos despidos y esas no asignaciones- es tan grave que impide empezar el curso, pues se hacinarán 40 estudiantes por clase y no habrá refuerzos, desdobles, compensatoria, extraescolares... y, en definitiva, todo lo que necesitamos tener para frenar las altísimas tasas de fracaso y abandono escolar que padecemos.

6. La lucha de todos, como dijeron varios compañeros, debe unir sectores. Intantil, primaria, secundaria, Artes escénicas y musicales, EOI... Nos empeñamos en poner barreras (directores vs. claustro, interinos vs. funcionarios, primaria vs. secundaria, enseñanza obligatoria vs. no obligatoria...) y cuanto antes nos demos cuenta de que estamos todos en el mismo barco, mucho mejor.

7. Falta autocrítica. Me resultó lamentable escuchar como cierta representante sindical decía que "aunque haya quien no hiciera la tutoría, hay que decir que se hacía. No nos tiremos piedras". Lo siento, pero sin autocrítica nunca tendremos credibilidad. Rechazo, de pleno, el corporativismo -en este y en cualquier gremio- y exijo que se cumplan las obligaciones con seriedad, igual que exijo que se nos recompense por ello. Quiero que me devuelvan la tutoría porque es un instrumento pedagógico imprescindible, pedro también quiero que esto sirva para que todos nos planteemos qué estábamos haciendo mal y cómo hemos de solventarlo. Y no, no me parece peligroso que se nos oiga algún mea culpa de vez en cuando, porque eso nos hace más honestos, porque estamos educando y debemos de dar ejemplo con nuestra sinceridad y con nuestra lucha, porque quienes nos implicamos en esto -y somos muchos: la mayoría, seguramente- estamos hartos de tener que dar la cara por la minoría que tanto se esfuerza en desprestigiarnos al resto. Y sí, claro que hemos echado a los padres de los centros, igual que hay padres que acuden a los mismos buscando en nosotros a un enemigo y no a un aliado. Todos tenemos que reflexionar y aprender a trabajar en equipo.

Todos -profesores, padres, alumnos y medios- debemos asumir cuanto antes nuestra responsabilidad y cohesionarnos contra un enemigo común, un enemigo hostil, fuerte y poderoso cuyo fin último es privatizar un derecho de todos: la educación pública.