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jueves, 26 de enero de 2012

Defender la escuela pública es delito

En este país, en el que personajes como Camps son declarados "no culpables", se penaliza -sin embargo- algo tan peligroso y nocivo como defender la educación. Está visto que comprometerse en la lucha por la escuela pública -y por el futuro de nuestros alumnos- es una actividad delicitiva que, como demuestra la sanción impuesta al director del IES Matías Bravo, merece toda nuestra censura y reprobación.

Una suspensión de quince días de empleo y sueldo ha sido la recompensa que ha obtenido nuestro compañero de Valdemoro por implicarse en su trabajo. Una sanción muy justa y razonable, desde luego, pues cometió actos tan graves como firmar un documento explicando por qué y cómo estos brutales recortes atacan la calidad de enseñanza y permitió que los profesores de su claustro emplearan retretes para expresar su posicionamiento contra las medidas de la Consejería de Madrid. Si hubiese colgado pancartas de apoyo al Papa y a las ideas cristianas, tal y como se hizo en los edificios públicos madrileños -Consejería incluida- en el mes de julio, seguramente otro gallo (mucho más favorable) le habría cantado.

En medio de este sinsentido, confieso que no concibo ningún otro trabajo en el que se castigue a quienes lo desempeñan por salvaguardar la calidad y dignididad de su oficio y, sobre todo, por pelear para que ese trabajo sea posible y contribuya al fin social que le está encomendado. En nuestro caso, sin embargo, está claro que se prohíbe y castiga todo lo que no suponga suscribir las medidas privatizadoras de la Comunidad de Madrid y aplaudir a su avasallamiento constante de los derechos de docentes y alumnos.

Supongo que, en el fondo, todo este episodio no es más que una nueva forma de extorsión y chantaje. Ya intentaron asustarnos denunciando a quienes votaron con camisetas verdes en las pasadas elecciones. O trasladando injustamente a los profesores que hablaban en ciertos medios. Ahora, al ver que la realidad de las aulas no les da la razón (era imposible, puesto que han basado su argumentación en datos sacados de la ignorancia o de la mentira, vaya usted a saber...), prefieren el castigo ejemplar para hacernos callar a todos.

Personalmente, y mientras esa sanción no sea retirada, no creo que haya nada que negociar con esta Consejería que no solo no dialoga con sus trabajadores, sino que los insulta y convierte -día sí y día también- en delincuentes. Desde que comenzó este proceso, muchos docentes nos hemos sentido humillados, vejados, maltratados y, desde luego, difamados. Ahora solo nos quedaba vernos multados y, quién sabe, tal vez en unos meses hasta nos ganemos los barrotes de los que gente tan intachable como Camps se han librado.

Abochorna comprobar que se premia al que miente, al que se corrompe, al que se aprovecha de los demás, y se castiga a quien lucha, a quien se implica, a quien defiende un valor que es de todos: la educación. O quizá es que la auténtica lección que quieren darnos es aún más profunda, quizá lo que quieren hacernos ver es que no tiene sentido defender la educación, un valor obsoleto en este modelo social que sigue bebiendo de la picaresca, del esperpepento, del atraso y de la ignorancia. Para qué defender la escuela pública cuando lo que deberíamos hacer es alentar a nuestros alumnos a actuar con total egoísmo e impunidad. Animémosles a construir -ladrillo a ladrillo y traje a traje- sus propios reinos de Valencia y dejémonos de educarles en valores que otros -esos dichosos gigantes torpes como molinos- se encargarán, con el tiempo, de pisotear.

domingo, 22 de enero de 2012

En fila india

Este miércoles la marea verde se pone en fila india. Bueno, los que puedan, porque yo ese día andaré fuera de Madrid, en un libro-fórum con alumnos de Bachillerato. De estar aquí, me sumaría, con la camiseta verde debajo del abrigo y el peto verde encima -será por verde...-, aunque cada vez tenga más dudas de la eficacia de este tipo de medidas.

¿Ponerse en fila india? Bien, hagámoslo, pero estas formas de visibilidad, digamos "pintoresca", no creo que tengan gran efecto en aquellos a quienes debemos hacer reflexionar sobre el gravísimo daño que están infligiendo a la educación pública. En parte, porque ese daño lo conocen de sobra -y por eso lo aplican: su afán no es otro que favorecer la privatización y el elitismo- y, en parte también, porque de puro inofensivo, dudo que estas acciones les provoquen el más mínimo atisbo de duda.

Frente a otros colectivos profesionales -y se me ocurren muchos-, las huelgas educativas han sido dispersas, tibias -sobre todo en la última etapa- y, de puro corteses -pensadas siempre para molestar lo menos posible...-, ineficaces. Hemos intentando conciliar tantas posiciones que, al final, la que ha resultado más débil de todas es la que de verdad necesitábamos defender: la del futuro de la escuela pública. Un futuro que, de momento, sigue siendo tan negro como lo era hace unos meses, justo cuando empezó esta marea verde que ahora, de repente, parece tan callada. Una marea verde que va a ponerse en fila india esta semana. Que sigue dándole vueltas a cómo reaccionar. Que no acaba de coger las armas de una vez -sí, la metáfora bélica es intencionada- y de plantar cara con la vehemencia y la dureza que exigen estos tiempos donde han decidido aplastar los derechos laborales de todos los trabajadores -ahora los llaman privilegios- con la excusa de la crisis global. Derechos que, no se engañen, una vez perdidos jamás habrán de sernos devueltos, como no se compartieron con la mayoría de nosotros esos supuestos años de bonanza anterior.

Personalmente, no sé qué saldrá de la mesa sectorial educativa, pero si el resultado es -como se prevé- el no deseado, no pienso secundar una sola huelga más de un día, o de un día una semana sí y dos semanas no, o ninguna de esas acciones a medias con las que no se consigue más que perder días de sueldo y, sobre todo, un desgaste paulatino de las energías y de la fe en poder cambiar y mejorar algo.

Entretanto, podemos seguir aportando ideas más o menos originales de visibilidad en la calle -filas indias, cantos en corro, flashmobs, karaokes del Resistiré y coreos a lo Fama...-, pero mientras esa visibilidad no se convierta en lucha rotunda seguiremos haciendo una fila fácilmente aplastable por los enemigos neoliberales y privatizadores de estos nuevos sioux en que nos hemos convertido los padres, profesores y alumnos empecinados en defender, como si de un western de Jonh Ford se tratara, los últimos vestigios dignos de la escuela pública.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Represaliada por ir de verde

Este es el relato, en primera persona, de una de las personas que se han visto coaccionadas y represaliadas hoy, 20 de noviembre, por ejercer su derecho al voto con su camiseta verde. Una profesora, C. D., que es -además de una excelente profesional- una de mis mejores amigas, alguien de quien aprendo cada día y cuyo compromiso es responsable, en gran parte, de mi pasión por la enseñanza. Para ella, hoy más que nunca, todo mi cariño y mi admiración. Así resumía, hace unos minutos, su experiencia, un sucesos INADMISIBLE en un país supuestamente democrático:


Recién llegada de votar en el C.P. Pedro Duque. Sí, acudí con mi camiseta verde. Esperando a votar en el salón principal (había cola) fui abordada y rodeada por dos policías nacionales y tres municipales pidiéndome la documentación por entrar con esa camiseta. Tratada como una delincuente, con las miradas del resto de ciudadanos (el colegio estaba a tope) me obligaron a quitarme la camiseta y me tomaron los datos. Yo exigí que me enseñaran la Instrucción donde aparece eso (me consta que es así para los que están en las mesas pero no para los votantes) y ellos no la tienen. Claro que no, fueron dos personas JÓVENES apoderados del PP los que me miraron de arriba a abajo y acto seguido fueron corriendo a buscar a la policía para que actuaran (tengo testigos de esto). Antes me habían visto los policías al entrar y no hicieron nada, que es lo normal. Me voy de allí con mi hermana (qué haría sin ella) con unos sentimientos de abuso de poder y de manipulación política tal que me entristecen y solo me conducen a pensar en lo que nos espera después de hoy... Seguiré luchando y denunciaré estos hechos. No nos van a parar.

C. D.

Veto al verde

Un país donde se veta y criminaliza la defensa de la escuela pública es, sin duda, un país condenado a la oscuridad, la ignorancia y la regresión. Por eso, cuando nos bombardean con noticias sobre el mito educativo finlandés, no puedo reprimir una mueca de disgusto, ya que ese bombardeo casi siempre obvia un (minúsculo) dato esencial: el modelo finlandés se basa, en su inmensa mayoría, en la escuela pública.

Hoy, para dejar claro que vivimos en una sociedad donde la lucha por la educación se ve con malos ojos (faltaría más: incitar a pensar es toda una agresión contra el sistema), la Junta Electoral ha prohibido las camisetas verdes a los apoderados, interventores y miembros de las mesas electorales madrileñas (pueden leer la noticia completa aquí). No ha prohibido las sotanas, ni los hábitos de las monjas, por ejemplo, ni siquiera las expresiones de gozo y júbilo falangista que vivimos anoche -en plena jornada de reflexión-, pero supongo que da por hecho que los atuendos clericales no tienen matiz ni connotación ideológica alguna y son solo parte del sano folklore berlanguiano tan arraigado en nuestro país.

Sin embargo, a quienes hemos ido a votar con nuestra camiseta verde se nos ha mirado mal e incluso, en ciertos colegios -tal y como denunciaban hoy en Twitter algunos docentes y padres de alumnos- se ha intentando impedir que se ejerciese el derecho al voto por llevar un lema tan hostil y nocivo como "Escuela pública de tod@s para tod@s".

Explicar, a estas alturas, que no hay signo partidista alguno en esa camiseta es, lo sé, una pérdida de tiempo. Quien ha querido informarse de en qué consiste la marea verde, ya sabe -tiempo han tenido- que bajo esa camiseta hay gente de todas las ideologías y partidos, que en nuestros sobres de hoy van opciones muy diversas y que no estamos adscritos a ninguna sigla. En la marea verde -en nuestras movilizaciones- han estado todos los sindicatos -los más afines al gobierno de nuestra Comunidad, los más distantes al mismo- y en ellas hemos salido a la calle profesores, padres y alumnos de todo signo y condición. Una gran marea humana -y verde- de gente que, en su mayoría, no está adscrita a ningún partido ni grupo sindical, unida tan solo por una misma lucha: la defensa de la educación pública.

Hoy, en la gran fiesta de la democracia, se ve que - como en toda fiesta- había dress code, pero como en los sesudos suplementos de moda de los periódicos no lo advirtieron, ninguno lo sabíamos. Así pues, hoy sí se podía lucir una camiseta de un equipo de fútbol, o un polo con banderita de España, o una sudadera con la imagen del Che, pero no la camiseta verde. No sé si se habrán censurado también camisetas con la gastada broma de "Mis amigos han estado en Mallorca y esto es todo lo que me han traído" o si habrán puesto pegas a quienes luzcan palestinos, o polos "del caballito" y collares de perlas.

Para evitar futuras controversias, me limitaré a proponer que, en las siguientes elecciones, uniformen el atuendo -total, acabaremos votando en colegios concertados- y eviten así semejantes actos de democracia y singularidad, tan perjudiciales para el bien (sumiso) común.

En cuanto al uniforme para el voto, me inclino por la sotana, que es cómoda, adaptable y, sobre todo, está muy bien vista tanto en las mesas electorales como en el ámbito educativo. El negro, además, nos recuerda sutilmente la oscuridad del tabú que con tanto ahínco fomenta la iglesia desde sus posiciones antediluvianas. El verde, sin embargo, me temo que combina mejor con otro tipo de fe mucho más laica: la fe en la educación, en la docencia, en la colaboración de toda la sociedad para salvar un sistema educativo en profunda crisis, y desentona en exceso con el medievalismo de los nuevos-viejos tiempos en que vivimos.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Instruir vs. Educar

Todo encaja. No era difícil darse cuenta, pero con la capacidad del PP madrileño para manejar ciertos medios de comunicación afines, parecía que iban a poder emplear la crisis como excusa para su ceremonia de desmantelamiento -descuartizamiento, en realidad- de la escuela pública.

Cuando, allá por julio, anunciaron que suprimirían las tutorías, hubo quien creyó que se trataba de un acto de pura y dura ignorancia de la realidad de las aulas. Es habitual que se den ese tipo de situaciones en nuestros sistema educativo, donde las decisiones se toman desde despachos donde apenas se tiene un vago recuerdo de lo que pasa realmente en los centros escolares, sin consultar jamás a quienes -profesores, padres y alumnos- sí tenemos una -digamos, ligera- noción de lo que pasa en ellos.

Pero, tras escuchar ayer a Esperanza Aguirre, ya no me queda ninguna duda -en el fondo, siempre lo supimos- de que esa supresión de las tutorías no solo no era un ejemplo de incompetencia, sino una estudiadísima maniobra para conseguir que la escuela pública naufrague, de una vez por todas, en un mar de fracaso ya no solo académico sino, por encima de todo, social.

Y es que, según Aguirre, el Estado "solo debe instruir y no educar", pues esto último, "ya lo hace la familia" (habría que explicarle a Aguirre que los modelos de familia -y las situaciones socioeconómicas de las mismas- son más que heterogéneos -y a veces, profundamente conflictivos- en los alumnos de la pública). Es muy divertido que la misma persona que apoya -y financia con ahínco- la educación concertada -donde se educa y se adoctrina a los alumnos desde los presupuestos de la Iglesia, siempre tan a la última en avances sociales- considere que es negativo que el Estado se ejerza en educador de nadie a través de los profesores de la escuela pública.

Y, la verdad, está claro que nuestra Presidenta tiene razón. Porque, en el fondo, yo de lo que sé es de Literatura. Y de Lingüística. Y de alemán, que son las materias que imparto. Así que no sé por qué me reúno -fuera de mi horario, porque el tiempo no me da para más- con los padres ni con las madres de mis alumnos para que me expresen sus inquietudes sobre sus hijos con el objetivo de aunar fuerzas y conseguir que saquen bien el curso. O por qué les doy mi e-mail personal para hacer un seguimiento constante de sus problemas y de sus mejoras, como si me tuviese que preocupar de algo que no fueran las obras de Galdós o el núcleo del sintagma verbal.

Ni sé por qué me involucro si un alumno o alumna sufren una agresión del tipo que sea: sexista, homófoba, racista... O si, como a más de un compañero nos ha pasado, un estudiante busca nuestra ayuda para denunciar problemas graves en su núcleo familiar. O si sufre algún tipo de acoso o ciberacoso -bullying- por parte de alguno de sus compañeros. O si hay problemas de drogas en el centro. O de bandas y de violencia juvenil...

La culpa es mía, claro, por implicarme. Mía y de todos los que nos hemos creído que a los niños y a los adolescentes hay que educarles y aprovechar las horas que pasan en el centro escolar -que, craso error, son tantas o más como las que pasan en sus casas- para educarles en el respeto, en la convivencia y en la tolerancia. Parece mentira que los profesores de la pública -que, por cierto, no hemos sido elegido a dedo por ninguna sotana, sino por un proceso de oposiciones que asegura nuestros conocimientos pero no nuestra ideología- queramos transmitir a los alumnos valores tan extremistas -estalinistas, decía un sabio contertulio de los medios PP-afines- como la tolerancia o el respeto a otras culturas, razas y orientaciones sexuales.

No, lo que yo tengo que hacer -según dijo ayer Aguirre- es dedicarme a analizar sintagmas y a hacer comentarios de texto como si de una cadena de montaje intelectual se tratase, sin preocuparme de la realidad social ni familiar de mis alumnos, sin hacer caso alguno al complicadísimo mosaico de situaciones que se aglutinan en las aulas de la pública y, por supuesto, sin inculcar ni un solo valor positivo en todos ellos. Así pues, cuando encuentre -como ocurre a menudo- una puta o un maricón o un gitano de mierda escrito en la pizarra, tengo que fingir no haberlo visto, borrarlo de un plumazo y empezar a analizar palabras como si me fuera la vida en ello, porque es mucho más importante que mis alumnos entiendan el mecanismo de la parasíntesis a que aprendan a convivir y a respetarse.

No tenemos que trabajar su autoestima, ni su parte afectiva, ni ayudarles -mediante el plan tutorial- en temas tan serios como las drogas, la violencia de género o la seguridad en internet. Para eso, cómo no, ya están sus familias que, además, tienen tiempo de sobra para hablar y dialogar con sus hijos todos los días de la semana, pues -como bien sabemos- vivimos en una sociedad donde la conciliación familiar y laboral es una prioridad absoluta -y muy conseguida- de nuestros gobernantes.

Así que, cuando un alumno de mi centro sea agredido por otro a causa de su raza, o de su orientación sexual, o por el simple hecho de haber tenido la mala suerte de ser el gordito o el diferente de su clase, tengo que cruzarme de brazos, poner un parte y expulsar un par de días al agresor para que lo eduquen en su casa. Nada más. No tengo ni que implicarme, ni que poner en marcha planes para mejorar la convivencia en el centro, ni que colaborar con el claustro y con las familias para frenar el preocupante ascenso de la violencia juvenil que, nos guste o no, no es más que el reflejo del aumento de la violencia en la sociedad supuestamente adulta.

Es estupendo ver que Esperanza Aguirre defiende con sus declaraciones el modelo de profesor apático, desidioso y no implicado que todos hemos sufrido alguna vez y que es la mejor de las garantías para el fracaso -masivo- de sus alumnos, especialmente en un sistema como el actual, donde -a menudo- nuestra asignatura es el último punto al que debemos atender, en unas aulas que demandan de nosotros una labor de entrega que nuestra señora presidenta es incapaz de imaginar.

O quizá sí, quizá sí imagina qué trabajo hacemos y, por eso mismo, nos ataca. Porque es preocupante que desde la pública nos esforcemos por educar y dar oportunidades a quienes no son de su cuerda concertada o a quienes no pertenecen ya a las elites privadas que hay que favorecer y mantener. Es preocupante que el resto de la población pueda acceder a una educación de calidad, digna, que fomente un concepto tan peligroso como el de la igualdad de opciones. Así que, si nos limitamos a instruir -es decir, a vomitar conceptos- estaremos más cerca de olvidar el verdadero sentido de la educación y, por tanto, más próximo del fracaso y del abismo y la fractura social subsiguientes.

Hace ya algunas semanas, en la mesa redonda sobre violencia juvenil que tuve la suerte de compartir con José Antonio Marina, tanto él como yo insistimos en que era posible frenar esa violencia desde las aulas, pero que para ello era necesario que todos los profesionales de la enseñanza nos concienciásemos de que somos educadores, no simples profesores. Ahora, los docentes que llevan años defendiendo esto último ya pueden respirar tranquilos y limitarse a leer sus apuntes rancios y las páginas de sus queridos libros de texto. Eso es todo lo que se pide de nosotros. Y es que, visto lo visto, la implicación no solo corre el riesgo de dejar de ser valorada, sino que -siguiendo las tácticas macarras de nuestra Consejería- puede que, en breve, empiece a ser objeto y motivo de duras represalias. Siempre muy instructivas, por supuesto.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Cómo acabar con la escuela pública

Si algo no le podemos reprochar a la Consejería es, ante todo, su claridad. Claridad a la hora de plantear el objetivo de sus recortes que, por supuesto, no es el ahorro (¿de veras se puede ahorrar asfixiando la escuela pública y acabando con las perspectivas de futuro de nuestros alumnos?), sino favorecer la iniciativa privada (de ahí que se haga un regalo fiscal de 90 millones de euros a las familias que llevan a sus hijos a esos centros) y, cómo no, volver a dejar la educación en manos de la Iglesia, potenciando la escuela concertada y haciendo que la formación de nuestros alumnos se haga, según criterio de la Consejería, "como Dios manda".

Esa claridad es la misma que han demostrado en las represalias que han sufrido algunos de los compañeros que han dado la cara -trasladados por denunciar situaciones imposibles y, a menudo, kafkianas- o de los directores que, como Javier -el director del IES Matías Bravo de Valdemoro- han sido expedientados por osarse a defender la escuela pública en los muros de una de esas escuelas públicas. Lo que debería haber hecho, supongo, es criticar, denostar y atacar la escuela pública desde los muros de esa escuela pública. Mucho más coherente, sin duda.

Es, también, la misma claridad que han demostrado en sus formas ruines y nada ejemplares, descontando los días de huelga a toda prisa mientras "se olvidaban" -qué caprichosa es la memoria- de los complementos -por bilingüismo, por tutoría, etc.- que nos debían. Un "olvido" con el que se perseguía asfixiar, indirecta o directamente, la voluntad de huelga.

Pero, por si a alguien le quedaban dudas de que su objetivo no es, ni mucho menos, el supuesto ahorro, también atacaron las tutorías -¿cómo se ahorra con ello? ¿alguien puede explicármelo?- y amenazaron con su supresión, atrocidad que solo se puede plantear desde una ignorancia absoluta de la realidad de las aulas -que empiezo a creer que también padecen...- o desde la mayor de las insidias contra la escuela pública. Finalmente, esa medida -contra la que ya escribí en este artículo de El País- se convirtió en un peligrosísimo "hagan lo que les plazca" que deja en manos de cada centro la opción de hacer o no hacer tutorías. Así pues, gracias al "ahorro" de nuestra Consejería, las familias se encuentran desprotegidas y a merced del IES donde estudien sus hijos, que podrán tener -o no- hora de tutoría según lo haya convenido el claustro.

Lógicamente, en este ataque contra una educación que fomente la igualdad de oportunidades y que, además, apueste por un modelo social inclusivo en el que se trabajen todas las diferencias que encontramos en las aulas -de sexo, de raza, de creencias, de orientación sexual, de nivel académico...-, se amenaza también desde el PP con suprimir tras el 20N la asignatura de Educación para la Ciudadanía que, sin duda, tampoco debe de gustar a nuestra Consejería. Natural, si tenemos en cuenta que en su programa se abordan temas tan peligrosos e indecentes como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la familia en el marco de la Constitución Española o el funcionamiento del Estado de Derecho. Es evidente que formar a los alumnos en cuestiones democráticas y trabajar, de paso, conflictos tan graves como la xenofobia, la misoginia, la violencia de género o la homofobia e intentar, mediante la reflexión y el análisis, avanzar socialmente es, cuando menos, un ataque contra los pilares de exclusión, marginalidad y segregación sobre los que debe asentarse toda sociedad avanzada que se precie. Faltaría más.

Y, en esta misma línea de claridad meridiana sobre sus fines devastadores, se nos han presentado ya las bases del nuevo Certamen de Teatro Escolar de la Comunidad de Madrid. El otro día, tras conocer su contenido, expresé vía Twitter mi indignación y, cómo no, unos cuantos trolls de esos que se dedican a increpar sin informarse, usaron ipso facto su (limitado) sarcasmo para burlarse de lo que para ellos no es más que una anécdota. Claro, porque el teatro escolar es una de esas cuestiones -como el deporte escolar- en las que nadie piensa pero que, sin embargo, son fundamentales en la vida -no solo académica, sino más aún en la dimensión humana- de los centros.

Hasta la fecha, ese certamen -cuya organización no era, digamos, especialmente brillante...- permitía que los grupos escolares representáramos cualquier montaje de nuestra elección. Desde este año, sin embargo, han tenido una idea brillante que, sin duda, permitirá que este certamen muera -por ausencia de interés- en un plazo más que razonable (¡ahorro!, deben gritar desde la Consejería). Y es que, este año, los grupos que se presenten con una obra en español podrán estar constituidos por un mínimo de 2 actores (lo que es ya, en sí mismo, un despropósito: el teatro ha de favorece la integración y el trabajo en equipo, no el protagonismo de unos pocos..., en fin, volvemos a la excelencia según el PP, siempre tan dispuesto a segregar) y su representación consistirá -exclusivamente- en una locución dramatizada de un texto del Siglo de Oro.

Como responsable -voluntario y por propia iniciativa- del teatro escolar de mi centro, quiero agradecer a la Consejería que haya acabado, de un plumazo, con el sentido del teatro escolar y, sobre todo, que colabore con tanto ahínco a la desmotivación y a la falta de educación teatral -y de pasión por este arte- de nuestro alumnado. También quiero agradecerle su profundo desconocimiento de la realidad de los chicos y chicas que están en nuestras aulas, de modo que con sus bases -que limitan el certamen a la declamación de textos poéticos del siglo XVII- hayan obviado a todos aquellos alumnos que no dominan bien nuestro idioma porque acaban de llegar a España y necesitan aulas de enlace y refuerzos (que, por cierto, gracias a los recortes ya no tienen), a aquellos que presentan dificultades de aprendizaje y que tampoco están siendo atendidos en esos desdobles que, recortes mediante, ya no existen..., y -sobre todo- que, además de ignorar que el teatro era una gran vía de integración para los alumnos antes mencionados (para los que la "locución dramatizada de un texto del Siglo de Oro" es un objetivo árido e imposible), hayan olvidado también que el teatro escolar es una actividad que profesores y alumnos hacemos voluntariamente fuera de nuestro horario, así que ha de ser una actividad tan formativa como lúdica si queremos que los estudiantes se enganchen y tomen parte en ella.

Personalmente, seguiré adelante con el grupo de teatro que formamos en mi IES el año pasado, aunque siga siendo una tarea que no se remunera, que no se reconoce y que no se gratifica en modo alguno (pues si se quiere obtener 1 o 2 tristes créditos de formación se ha de participar en este casposo certamen que nos plantean). Lo mantendré -aunque gracias a los recortes no sepa de dónde sacar las horas...- porque creo que el teatro tiene un valor educativo -más allá de despertar la pasión por su propia dimensión artística y literaria- que no podemos dejar que se aniquile desde el desprecio a nuestro trabajo. Lo haré porque creo que los treinta y tantos alumnos que se han apuntado este año se merecen esa opción y lo haré porque me parece una aberración convertir el teatro escolar en una actividad exclusivista y destinada solo a esos dos alumnos o alumnas que sean los mejores recitando textos en verso del Siglo de Oro.

Caer en ese modelo de excelencia -qué lejos está la excelencia de nuestra Consejería de la excelencia real que se halla en nuestras aulas y ellos se están empeñando en sepultar- es atacar la esencia del modelo educativo en el que creo. Del modelo de teatro en el que creo. Del modelo de vida en el que creo. Y, además, no me cabe duda de que si nuestro Lope de Vega levantara la cabeza -él, que reinventó el teatro para convertirlo en el espectáculo de masas de su tiempo- no daría crédito al comprobar cómo ahora se intentan emplear algunos de sus magníficos textos para conseguir todo lo contrario: distancia, obstáculo, virtuosismo vacuo que nada tiene que ver con todo lo que puede vivir -y convivir- en un escenario. Déjennos que, con el tiempo y el esfuerzo, podamos llegar con nuestros alumnos de teatro a Lope, o a Calderón, o a Tirso, sí, pero libremente, en equipo y, sobre todo, desde la creatividad y el trabajo conjunto, no desde la competición academicista que, de puro rancio, parece sacada de alguno de los capítulos de El florido pensil.

Supongo, eso sí, que las nuevas bases habrán sido muy del gusto de la Iglesia, que ahora podrá trabajar sin miedo el teatro (tan lleno de autores ideológicamente perversos...) en sus centros concertados, seguros que ningún profesor temerario -tengo buenos amigos trabajando, cual caballo de Troya, en muchos de esos dogmáticos centros- podrá plantear a sus alumnos textos de Beckett, o de Mayorga, o de Brecht, o de cualquiera de esos autores que no quedan nada lucidos en un escenario -porque invitan demasiado al pensamiento crítico de nuestros alumnos- y que, para colmo, desmerecen al lado de unos buenos versos de Calderón o de Tirso. Porque eso sí es teatro. Eso es teatro del bueno y no tanto rojerío, tanto titiritero, ni tanta monserga... Como Dios manda.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El cinismo de la Consejería

Hace unas semanas, una madre nuestro centro presentó una reclamación ante la Comunidad de Madrid denunciando las consecuencias de los graves recortes sufridos en la educación pública madrileña. A continuación, reproduzco la respuesta que -llena de cinismo- le ha sido enviada desde la Consejería de Educación y Empleo. En ella -y aunque les dejo aquí el documento completo para que disfruten de su (interesada) ignorancia de la realidad en nuestras aulas- se pueden estas dos grandes "perlas":

PERLA 1:
"La Presidenta de la Comunidad de Madrid ha manifestdo que las medidas que se han adoptado no suponen recortes en la educación pública".

Así pues, los 8 profesores menos en mi centro no son un recorte.
La imposibilidad de tener abierta la biblioteca para atender el préstamo a los alumnos no es un recorte.
La supresión de desdobles, refuerzos y laboratorios no es un recorte.
El aumento de la ratio en las aulas (hasta 38 en Bachillerato) no es un recorte.
La reducción del número de orientadores por centro no es un recorte.
La supresión de las aulas de enlace no es un recorte.
La no contratación de miles de interinos no es un recorte.
La atribución de afines imposibles a algunos docentes no es un recorte.
La falta de huecos en mi horario para atender a los padres y alumnos de mi tutoría no es un recorte.
El intento de suprimir las tutorías y la decisión de dejarlas al libre albedrío de los centros no es un recorte.

Gracias por informarnos de todo esto: me tranquiliza muchísimo saber que el problema lo tengo yo, que vivo en una dimensión paralela cual personaje de Matrix.

PERLA 2:
"La nueva distribución del horario de los profesores implica una mayor dedicación a la atención directa de los alumnos, lo que permitirá que se sigan atendiendo este curso escolar tanto las necesidades de los alumnos como de los centros"

Así pues, al dedicar más horas a dar clase damos más "atención directa" a los alumnos. Este dato demuestra un desconocimiento profundo y preocupante de la realidad educativa, pues en mi caso, por ejemplo, que doy 21 horas lectivas, el sumar horas de "clase directa" me impiden otras formas de "atención directa" e "indirecta" como:

- atender a los padres de mi tutoría: solo se me conceden 50 minutos semanales, de modo que necesito 30 semanas para escucharles, como mucho, 40 minutos a todos,
- atender a los alumnos de forma individualizada: no hay un solo hueco en mi horario para ello,
- controlar la asistencia y los partes de disciplina de mi tutoría,
- reunirme con alumnos que no sean de mi tutoría y que tengan problemas con mi materia: tampoco hay hora alguna para ello (sobre todo porque al sumar horas de clase sumamos grupos de alumnos, de modo que cada vez podemos personalizarles menos),
- coordinar la revista escolar: tengo que hacerlo en los recreos y resulta del todo insuficiente, así que acabo haciéndolo los domingos desde casa,
- coordinar y dirigir el grupo de teatro escolar: tarea que hago fuera de mi horario -de modo no remunerado- y que este año se complica porque necesito esas horas para preparar clases y corregir exámenes y actividades, ya que mi horario no contempla tampoco tiempo para eso.

En definitiva, dar más horas de clase solo supone que se aumentan... las horas de clase. Y los grupos de alumnos por profesor. Y los alumnos por grupo gracias al recorte de docentes. Pero, además de este evidente deterioro cuantitativo y cualitativo que se deduce del círculo vicioso anterior, no aumenta, en modo alguno, la "atención directa a los alumnos y al centro", al revés, la dificulta, la perjudica, dejándolo todo en manos de un voluntarismo que, sinceramente, este curso empieza a ser casi masoquista.

Gracias a la Consejería madrileña por conseguir que con medidas y cartas así, quienes trabajamos muchas horas de más en la enseñanza -y somos muchos los que pertenecemos a este grupo de "pánfilos"- nos sintamos cada vez menos motivados a hacerlo. Por fortuna, ellos no cuentan con que no somos tan mezquinos como quienes toman estas decisiones y a nosotros SÍ que nos importan los alumnos. Así que, ni siquiera este curso, conseguirán que nos rindamos. Seguiremos luchando contra sus medidas. Contra su destrozo de toda educación que no sea privada o concertada. Y a favor, siempre, de la escuela pública. Y, sobre todo, de nuestros alumnos, para darles la "atención directa" que realmente merecen y de la que nuestra Comunidad les priva.


martes, 25 de octubre de 2011

Tramposos y matones

No soporto ni a los tramposos ni a los matones. Quizá por eso, en mis tutorías, dos de las cuestiones que intento trabajar con mis alumnos son la honestidad y el respeto como base para la convivencia dentro y fuera del aula. El bullying (o acoso escolar) es una de las realidades que más a menudo nos encontramos los tutores de cualquier grupo y que, lamentablemente, más cuesta eliminar. Como afirmaba José Antonio Marina en la mesa que tuve la suerte de compartir con él la semana pasada en Getafe Negro, ese tipo de conflictos sí pueden resolverse siempre que la comunidad educativa trabaje en equipo y se destinen una serie de horas a fomentar la convivencia y a erradicar la violencia -del tipo que sea- de nuestras aulas. Gracias a los recortes, cómo no, estas horas no existen y, para colmo de males, se deja la única sesión de tutoría con los alumnos al libre albedrío de los centros, de modo que los adolescentes -y sus familias- son dejados a su suerte dependiendo del criterio de cada instituto.

En principio, me sorprendió -y alarmó- este profundo despropósito, pues me costaba entender que alguien que ha de velar por la calidad educativa no solo hubiese suprimido las plazas de Orientación -en nuestro instituto, por ejemplo, una sola orientadora ha de ocuparse de los casi mil alumnos del centro-, sino que, además, propusiese eliminar las tutorías, una de las herramientas fundamentales en la Educación Secundaria -y aquí remarco la siguiente mayúscula:- Obligatoria.

Si fuéramos malpensandos -que no lo somos- podríamos creer que el fin de una medida como esa era, en última instancia, deteriorar la educación pública y facilitar su progresivo desmantelamiento y privatización. Es más, incluso podríamos preguntarnos si esas formas -las de las trampas y el matonismo- no son, precisamente, las que se emplean desde la Consejería como medio de relación con los profesores. Y es que, de puro suspicaces que somos, hasta podríamos creer que su profusa tendencia a la adjetivación (salvajes, irresponsables) o al aumentativo y la creación léxica (el negociazo de las camisetas verdes) de nuestras elocuentes responsables políticas son formas de un retórico -y muy literario, que eso es de agradecer- matonismo verbal.

Podríamos, claro, si no supiésemos con cuanto esmero se despilfarra el dinero público en utilísimas campañas de "Respeta a tu profesor", aunque no se dejara claro entonces -pese al millón y pico de euros que costó: total, para socavar ese respeto unos adjetivos más tarde...- si había que respetar al profesor que se quedaba en el centro, al profesor desplazado a otro instituto, al profesor que iba a impartir una afín imposible o al profesor interino que se quedaría este año en su casa o que, en el mejor de los casos, cubriría mitades y tercios de plaza en condiciones que nada tienen que envidiar al ¿erradicado? esclavismo.

Hoy, en un nuevo guiño del destino, nuestras nóminas también podrían hacernos creer -erróneamente, por supuesto- que se emplean en ellas trampas administrativas con el único propósito de ahogar la economía de los profesores que hemos hecho huelga. Una maniobra que, si fuéramos malpensados -pero qué tontorrones que nos ponemos los docentes: parece mentira-, se parecería mucho a un acto de chantaje -cuando menos- económico.

Pero no, todos estamos convencidos de que es una pura casualidad que este mes hayan sido capaces de calcular y descontarnos los días de huelga de septiembre y de octubre -¡qué celeridad y qué eficacia la de la sección de nóminas!- mientras que -¡oh, cruel Cronos!- no les ha dado tiempo a sumarnos los famosos suplementos -¿recuerdan?- que anunciaron para ciertas tareas. Es divertido, sí, porque -además- nadie dijo en su momento que la mayoría de esos suplementos no eran novedad alguna -salvo el de los tutores- y tampoco se informó de que esa no era, bajo ningún concepto, una de nuestras reivindicaciones. Yo, desde luego, no he pedido -y aquí tienen mi blog para comprobarlo- ni un euro ni una hora de menos en esta lucha. Yo lo que sigo pidiendo es un número suficiente de profesores en cada centro y, por supuesto, que se invierta en la pública el dinero necesario, en vez de tirarlo en campañas de autopromoción o en regalos fiscales a la privada.

Sea como sea, esos prometidos suplementos no han llegado en esta nómina, porque está claro que aunque yo sea tutor desde principios de septiembre, ha sido imposible sumar esa miserable cifra a mi sueldo (una cantidad, a propósito, casi insultante de puro ridícula frente a la labor que un tutor que se implica ha de hacer con sus alumnos) y, por el contrario, sí que han podido restar -de nuevo, el implacable Cronos en su arbitrario proceder- los días de huelga de septiembre y de octubre, posteriores -en ambos casos- a mi nombramiento como tutor.

Pero, como es obvio, todo esto es fruto del azar, de la casualidad, de los hados que nos oprimen y que, por alguna conjura extraña, prefieren ahogar a quienes hacemos la huelga verde para demostrarnos que la verdad se esconde tras las ponderadas y meditadas palabras de Ana Mato -tan justa en su valoración de la educación andaluza- o tras las amables declaraciones de González Pons para los votantes de opciones políticas que él respeta desde términos tan positivos como "idiotas" o similares. Lástima que haya gente obtusa que lo malinterpretamos todo, gente que se para a buscarle tres pies al gato -o a la nómina- y que se piensa que hay algún tipo de coacción tramposa y ruin tras estas actitudes. Gente que esperaba que eso de "súmate al cambio" incluiría una suma legal y honesta en sus nóminas de fin de mes cuando, es obvio, aquí lo que hay que sumar son los merecidos palos a los irresponsables del negociazo de las camisetas.

Gente que, como yo -como tantos compañeros-, malgasta su tiempo reuniendo a los padres de su tutoría por la tarde -fuera de su horario-, dándoles su e-mail personal por si surge algún problema serio, trabajando séptimas horas con un grupo de teatro cuya existencia no importa más que a los alumnos que lo forman o pasando una tarde-noche entera -como la de hoy- organizando y leyendo los artículos que le envían los chicos para la revista de su centro. Está claro que, ante tanta desfachatez, merecemos que los hados nos castiguen con esta aritmética tan casual y, por culpa del caprichoso azar, tan mezquina y ruin. Faltaría más.

jueves, 20 de octubre de 2011

Por qué hago huelga


Hoy hago huelga porque...

...faltan profesores en todos los centros públicos: en el mío, hemos perdido a 10 docentes en dos años (y ha subido, sin embargo, el número de alumnos);

...gracias a ese recorte, no hay personal para atender a las bibliotecas en la mayoría de los institutos, de modo que estas han tenido que cerrar o se ha suprimido el préstamo para los estudiantes;

...no hay desdobles, refuerzos ni apoyos para los chicos y chicas con problemas, pues al recortar el número de profesores es imposible dividir los grupos en dos y atenderles de forma personalizada: se ha atacado, por tanto, algo tan esencial como la atención a la diversidad;

...se han quitado laboratorios, prácticas, clases de conversación y todo cuanto requiere trabajar en el aula con grupos de no más de quince alumnos;

...se han suprimido plazas de Orientación, convirtiendo a los orientadores -figura esencial en cualquier centro de Secundaria- en una especie en vías de extinción que apenas puede hacer frente a los conflictos que se les plantean;

...se hacinan hasta 38 alumnos en cada aula de Bachillerato, consiguiendo que la excelencia sea -cuando menos- una utopía pese al enorme potencial de muchos de nuestros estudiantes;

...se financia la creación de un único centro excelente en toda la Comunidad y se condena, sin embargo, a la mediocridad a todos los demás;

...se deja al libre albedrío de los centros la realización o no de algo tan esencial de las tutorías, desprotegiendo así a los alumnos y a sus familias;

...se suprimien plazas para alumnos en FP, Ciclos Formativos, EOI, Conservatorios... y en todo cuanto permite que puedan recibir una educación pública y gratuita de calidad, convirtiendo esas enseñanzas en un reducto de unos pocos, es decir, solo de aquellos que se las puedan pagar;

...se ceden terrenos a los concertados (especialmente si son del Opus) y se hace un regalo fiscal de 90 millones de euros a los padres que llevan a sus hijos a la privada, mientras que se recortan esos mismos millones a la pública, olvidando que esta última no es una opción, sino un derecho esencial de todos los ciudadanos;

...se despilfarra dinero público en campañas de autopromoción inútiles -con un prespuesto de más de 100 millones de euros para este año- y, sin embargo, se emplea la crisis como excusa para recortar dinero en algo tan básico como la educación;

...se desmantela progresivamente la pública y se ataca, desde la falacia y la tergiversación, al colectivo docente, en una campaña de desprestigio que denota una profunda irresponsabilidad política;

...se obliga a profesores a impartir asignaturas para las que no están capacitados (las famosas "afines"), perjudicando la calidad educativa y negando, asimismo, que esta realidad esté sucediendo;

...se manda al paro a miles de profesionales con la consiguiente destrucción de empleo público y sin tener en cuenta que necesitamos a esos compañeros en nuestros centros para que el curso se pueda desarrollar con normalidad;

...no se cubren en muchos de nuestros institutos las bajas de quince días -por matrimonio, por ejemplo- o incluso de un mes -como la que, por neumonía, está atravesando una compañera de otro centro- y se priva, por tanto, a los alumnos a su derecho a clase durante esos días, donde nadie les impartirá las clases que están perdiendo;

...no hay profesores para las guardias, ni para las extraescolares, ni para nada de lo que constituye la vida cotidiana de un centro educativo;

...se insulta y represalia a quienes defendemos la educación pública con nuestras camisetas verdes, ofendidos por un lema ("Una escuela de tod@s para tod@s") que solo puede herir a quienes creen en "Una escuela de unos pocos para unos pocos".

Y no, no hago huelga ni por las famosas dos horas (no pido dar menos horas de clase: disfruto enormemente cada una de esas sesiones, aunque nuestra Consejería sea incapaz de entender algo así), ni por el sueldo (no hay ni una línea dedicada al salario en nuestra lucha), ni por nada de lo que algunos medios están diciendo en su afán -interesado- por confundir.

Hago huelga por una escuela digna, porque la educación pública es un derecho de todos, porque se trata de un pilar de nuestra sociedad que costó mucho construir y que ahora no podemos permitir que otros destruyan con total y absoluta imPPunidad.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La huelga verde en Telemadrid

¿Motivos para la #huelgaverde? Por si los enumerados en antiguos posts como Salvajes, Crónica de una alumna o No son dos horas no fueran suficientes, aquí os dejo un vídeo -que he encontrado gracias a vuestros comentarios en este blog: no sabía que estuviera circulando por YouTube- donde, ante las cámaras de Telemadrid y frente a la puerta de mi instituto, intento resumir (en tiempo récord) las razones del necesario éxito de esta convocatoria.

Mucho ánimo, en esta nueva semana de huelga, a todos los profesores, padres y alumnos de esta #mareaverde.

lunes, 17 de octubre de 2011

Salvajes

Lo confieso. Soy -por si alguien aún no se ha dado cuenta siguiendo el rastro de este blog- uno de los salvajes e irresponsables -así nos llamó Lucía Figar en sus pasadas declaraciones- que estamos haciendo huelga estos días. Y, por ello, he pensado que lo mejor es hacer un necesario acto de contrición individual y enumerar mis culpas, con la esperanza de que mis compañeros docentes también recuperen la razón y hagan lo propio por el bien de la escuela pública.

Soy un salvaje, sí, un salvaje de los que llevan una camiseta verde con un lema tan ofensivo como "Escuela pública de tod@s para tod@s", algo que el ex Director de Mejora de la Calidad de la Enseñanza de la Comunidad de Madrid califica en su agudo y bien ponderado blog como una prenda que no es "la vestimenta digna que se espera de ellos" (es decir, de nosotros, los docentes), "sino una camiseta reivindicativa que persigue la imposición de una ideología determinada sobre cualquier otra consideración". Evidentemente, soy un salvaje que intenta imponer un mensaje inadmisible (una escuela de tod@s para tod@s) cuando es obvio que tendría que llevar una camiseta con un mensaje mucho más afín a los nuevos tiempos neoliberales del tipo "una escuela de unos pocos para unos pocos" o, casi mejor, "una escuela para el que la pueda pagar", o -por qué no- "una escuela como Dios manda", en alusión a los centros concertados a los que nuestra Comunidad regala y cede terrenos con tanta ligereza como ahora pretende subvencionar el Bachillerato de un instituto del Opus Dei en Alcalá. No hay dinero para pagar a los más de 100 profesores despedidos en esa localidad, pero -qué curioso: ¿será la Providencia?- sí para entregar el Bachillerato a los designios divinos del Opus que son, a fin de cuentas, los que nos salvarán de nuestro salvajismo.

Soy un salvaje, sí, un salvaje que hace huelga y que, en los días de esa misma huelga, se va a su centro a hablar con los alumnos, a dialogar con ellos, a conversar con sus padres, y que acude -junto con las familias y con sus compañeros docentes- a las manifestaciones y movilizaciones donde, como somos unos salvajes, no hemos sido capaces de crear ni unos altercados a la altura de lo que se esperaba de nosotros, en un aburrido y anodino ejercicio de tizaflautas (verdes, cómo no), que parece sacado de un episodio ñoño de Verano azul (perdón, verde). Así, con este salvajismo contumaz, los medios más reaccionarios no pueden sacarnos en portada y tendrán, como ya hiciera ABC este fin de semana, que recurrir a profesores de fuera para ilustrar nuestra falta de civismo y sentido de la responsabilidad.

Soy un salvaje, por supuesto, y por eso mismo preparo temas y antologías de asignaturas como Literatura universal o Lengua española para mis alumnos de Bachillerato, unidades que elaboro en mis horas no remuneradas -más allá de las que forman mi horario- y que les envío por e-mail o cuelgo on line para que no pierdan el ritmo del curso y, sobre todo, para que vayan bien preparados a Selectividad. Otro ejemplo más de salvajismo, claro, porque estoy perdiendo 100 euros por día de huelga y, en vez de cruzarme de brazos, trabajo desde casa, con un afán estúpido por no perjudicar a mis estudiantes.

Pero no queda aquí, claro que no, porque soy tan salvaje que me reúno con padres fuera de la única hora que, según la ley, necesita un tutor para atender a los treinta alumnos que dependen de él. Así que, cuando la semana pasada una madre me pidió cita fuera de mi horario oficial para verme, no supe decirle que no y busqué un hueco que no tenía en un acto que, cuando menos, debería ser denunciado ante la Consejería, tan prolija en represalias en estas últimas semanas.

Además, como los salvajes somos muy obcecados en nuestra falta de civismo, también he continuado con tareas no remuneradas -y que realizo fuera de mi horario- como la revista del centro o la dirección y puesta en marcha del grupo de teatro. Hay que ser salvaje, sí, para molestarse en coordenar iniciativas que exigen un minímo de tres a cuatro horas semanales y que no tienen más beneficio que el de potenciar la faceta creativa de los estudiantes. Nada que ver con la auténtica excelencia -que, como bien afirma el PP madrileño, ha de quedar para unos pocos- ni con el lema de las camisetas que tendríamos que ponernos si fuéramos responsables de verdad, es decir, si no quisiéramos hacer soñar a nuestros chicos con un futuro mejor, ni darles opciones ni apostar por la igualdad de oportunidades. Si fuéramos responsables, nos limitaríamos a recordarles que el mundo está en manos de una minoría y que esa minoría ya se encargará, con toda la responsabilidad que la caracteriza, de que ellos no lleguen a rozar ni una tímida parte de su pastel.

Soy un salvaje, sí, tanto como para haberme quedado, junto con otros docentes igual de incivilizados, tutelando la jornada de cultura y protesta que organizaron los alumnos de mi centro el pasado jueves (desde las 5 hast las 11 de la noche) . Tan salvaje como para interesarme por acompañar a los alumnos de 4º a su viaje fin de estudios, porque -aunque estemos saturados de trabajo y no haya medios suficientes ni apenas energías para nada que no sea lo cotidiano y urgente- no queremos privarles de esa experiencia, por mucha responsabilidad que ello conlleve y por mucho esfuerzo que suponga estar durante cinco días -24 horas al día- pendientes de un grupo de entre 60 y 90 alumnos de quince y dieciséis años. Si hay algún padre por aquí, entenderá hasta qué punto hay que ser salvaje para atreverse con una aventura como esta...

Salvaje, desde luego, como todos los compañeros que nos estamos dejando la piel en una lucha donde hemos sido tan primitivos como para no incorporar ni una petición económica. Y, peor aún, tan salvaje como para seguir afirmando que no estoy pidiendo menos horas -me quedo con mis 21 sin problema alguno- sino más profesores. Estoy pidiendo que vuelvan los compañeros despedidos y que, por tanto, en esas 21 horas no dé clases a grupos de 38 alumnos en Bachillerato, sino a grupos mucho menos numerosos, a grupos donde pueda atender a los chicos de forma individualizada, como personas, como los alumnos excelentes que pueden ser si nos dan las herramientas para ello. Estoy pidiendo que vuelvan los desdobles, los laboratorios, las bibliotecas, las guardias, las extraescolares, la compensatoria, las aulas de enlace, las plazas en las EOI y todo lo que se ha perdido y que, en definitiva, es un robo al futuro tanto de nuestros alumnos como del futuro de las próximas generaciones.

Y soy tan salvaje como para seguir haciendo huelga -y perdiendo dinero- aun cuando ni tengo hijos ni pienso tenerlos, porque creo que esta lucha no se puede plantear desde una perspectiva egoísta, porque -qué obtusos somos los salvajes- estoy convencido de que en tiempos de crisis no podemos seguir mirando nuestro ombligo, porque me parece que ahora -más que nunca- es necesario apostar por lo público e invertir -que no gastar- en educación. Solo desde la educación hay posibilidades de futuro. Salvo que, y por eso puede que yo no lo vea, esperemos que sea la gracia divina la que nos ayude en el futuro. De ser así, que sigan regalando terrenos al Opus, cediendo los IES públicos -gratis- a los peregrinos de futuras JMJ, regalando desgravaciones fiscales a los padres que puedan pagarse la privada, derrochando dinero en estériles campañas de autopromoción y dejando que trabajen en nuestras aulas públicas gentes contratadas a dedo de sospechosas fundaciones privadas de claro sesgo neoliberal... Eso es, dejemos que sigan desmantelando la pública y asumamos, de una vez por todas, que los de la marea verde somos unos salvajes. Porque hay que ser salvaje para dejarse la piel defendiendo algo que nos pertenece y nos incumbe a todos. Si no, no se explica.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Camisetas verdes

Vergüenza. Eso es lo que siento cuando me paro a pensar en la actitud de los responsables políticos del PP madrileño. Vergüenza ante su afán de insultar y desprestigiar a todo el colectivo docente. Vergüenza ante su cerrazón y oposición a todo diálogo. Vergüenza ante su incapacidad para sentarse a oír a quienes -padres, profesores y alumnos- tenemos tanto que decir en este conflicto. Vergüenza al comprobar que siguen negando la existencia de unos evidentes -y salvajes- recortes.

Vergüenza al leer y al escuchar cómo tratan de ocultar lo obvio: la supresión de apoyos, refuerzos, guardias, desdobles, tutorías, laboratorios, bibliotecas, extraescolares, compensatoria, optativas... Vergüenza al comprobar cómo siguen intentando manipular a la opinión pública con esas dos horas que no son, en modo alguno, el objeto de esta protesta. Y vergüenza al oírles tachar nuestra huelga de "política", como si la política (¿qué diría Aristóteles al respecto?) fuera algo aberrante. Por supuesto que defender la educación pública es hacer política, y defender lo público es política, y pedir una sociedad donde haya oportunidades justas y dignas para todos es también política. Una política que todo partido -sea de la orientación que sea- debería querer y aspirar a hacer. Pero en su lenguaje -lleno de imprecisiones léxicas- político significa partidista, cuando esta lucha -esta marea verde- es tan plural como inabarcable, tan fuerte como clara, tan colectiva como cohesionada. Por eso, porque es una marea de todos, mañana serán los alumnos de mi centro -el IES San Juan Bautista- los que protagonicen la jornada de lucha en mi instituto, en un encierro que, desde las 5 de la tarde, será su (y nuestra) forma de gritar contra los recortes, grito al que nos sumaremos padres y profesores. Por supuesto, si algún medio quiere dar testimonio de ello, estaremos encantados de atenderle.

Asustados ante tanta cohesión, los enemigos de la escuela pública -tras su gastada cantinela de lo vagos que somos los maestros- ahora han descubierto una nueva cortina de humo: las camisetas verdes. Unas camisetas que llevan años vendiéndose a 5€ cada una, un precio irrisorio con el que solo se costea la producción y distribución de las mismas, y que -por supuesto- no son el "negociazo" (¡viva el léxico neoliberal!) del que hablaba el PP, sino un símbolo de quienes creemos en la educación pública. Supongo que el hecho de que Lucía Figar y Esperanza Aguirre hablen de "negociazo" tiene que ver con su propia visión del mundo, tal y como demuestra su afán privatizador de la enseñanza, o como prueban algunos célebres ejemplos de su partido, donde muchos prefieren trajes hechos a medida a simples camisetas verdes que parecen combinar peor con sus corbatas, cinturones y correas...

La camiseta verde ya fue, por si alguien no lo recuerda, objeto de represalia. Y lo fue cuando una orientadora -amiga mía, por cierto- tuvo la osadía de acudir con ella a realizar las pruebas CDI a un centro concertado. Para realizar estas pruebas -de las que ya hablé en otro post anterior - a los profesores de la pública se nos obliga a ir a examinar a los alumnos de la concertada. Supongo, por cierto, que el hecho de hacernos perder clase ese día no es importante para la Consejería, mientras que sí lo es que las perdamos cuando hacemos huelga... Pero, paradojas figarenses aparte, lo que nadie nos dice es que dichas pruebas llevan aparejado un dress code que, a ser posible, ha de evitar toda referencia a una sociedad democrática, plural y laica. Así pues, cuando mi amiga Carmen se presentó en el colegio concertado Liceo Cónsul con una camiseta verde donde se leía un eslogan tan agresivo y brutal como "Escuela pública de tod@s para tod@s" la inspección -a instancias de la dirección del centro- decidió sancionarla, en un acto que, cuando menos, define con claridad lo que la Consejería madrileña opina sobre la escuela pública: mejor pisoteada, que en pie.

Desde entonces, la camiseta verde ha sido un símbolo de la lucha por una educación pública digna y de calidad. Una educación que atienda a la diversidad y a la diferencia -justo lo que está impidiendo el PP madrileño con sus recortes: ¿cómo atender a la diversidad en grupos de 38 y sin medios humanos para ello?-, una educación donde no haya segregación ni elitismo -¿solo un instituto de excelencia frente a cientos de centros abocados a la mediocridad? ¿no habría que pelear por una proporción contraria a esa?-, una educación en la que se fomente lo mejor de todos y cada uno de nuestros alumnos, haciendo que la excelencia sea real y factible, promoviendo el trabajo en equipo de docentes y familias y fomentando la autocrítica en un gremio -el mío- que llevaba mucho tiempo adocenado. Y aletargado. Ahora parece que esas camisetas estuvieron siempre aquí, pero fueron unos cuantos pioneros los que comenzaron la lucha, los que iniciaron la marea, los que despertaron nuestras conciencias y apelaron a las tizas y las pizarras -verdes, por cierto- para que peléasemos contra el progresivo desmantelamiento de la escuela pública.

Sobre el "negociazo" de las camisetas, esto es lo que nos ha escrito vía e-mail a muchos profesores la Plataforma por la Escuela Pública de Vallecas: La Plataforma por la Escuela Pública de Vallekas nunca ha tenido ánimo de lucro con nada, y mucho menos con la distribución de camisetas. Desde 2006 las camisetas se han repartido a 5€. Lógicamente hay un margen que se destina a sostener las actividades que se desarrollan en la zona, por parte de la propia Plataforma , o por parte de algunos centros, en apoyo a la Escuela Pública. Jornadas Educativas, campañas de apoyo a la matriculación en centros públicos en época de escolarización, carteles, pancartas, pegatinas, impresión de documentos y escritos, trípticos, apoyo a los múltiples encierros que se viene haciendo en los Centros vallecanos en los últimos años...nadie de nosotr@s cobra un euro por la participación en las actividades que desarrollamos, y nadie pretende cobrarlo. En nuestra Plataforma cabe todo el mundo”. Personalmente, puedo dar fe de ello -conozco a gente que trabaja mucho y muy bien allí- y añadiré, además, que no hay "monopolio" alguno (otra sandez que se ha oído estos días), pues muchos nos hemos impreso nuestras propias camisetas o hemos improvisado -y hasta customizado- otros modelos de verde con tal de significarnos y hacernos visibles.

Por mi experiencia personal sé bien que la visibilidad es compleja. Y difícil. Y también sé -como lo sabemos todos los que hemos estado y estamos implicados en la causa LGTB- que esa visibilidad es esencial para conseguir nuestros objetivos. Porque los problemas que no se ven, no existen y, por tanto, tampoco se atienden. Por eso, en el fondo, es bueno que se hayan dicho tantas barbaridades sobre nuestras camisetas verdes, porque eso prueba hasta qué punto está calando nuestro mensaje, hasta qué punto les resulta molesto e incómodo que nuestra verdad sea evidente con tan solo un color, con tan solo un lema, con nada más que una triste camiseta que tanto significa y que con tanto orgullo -a pesar de los bufidos de algún transeúnte, que de todo hay...- llevamos estos días.

Lo que olvidan cuando intentan hacernos callar y amedrentarnos, es que nuestro trabajo consiste -precisamente- en ser visibles ante cientos de alumnos. Y ante sus familias. Que nuestro día a día exige una dosis brutal de exposición personal y profesional, así que no nos da miedo dejarnos ver. Ni hacernos oír. Y, además, tampoco nos resulta nada raro el verde. Es, a fin de cuentas, el color de nuestras pizarras. De muchos de los poemas lorquianos que comentamos con nuestros alumnos. De algunos minerales que, cuando había laboratorios, analizábamos con ellos. De una marea que quieren frenar confiscando camisetas cuando, en caso de que lograsen quitárnoslas -o, en su línea dictatorial, vetárnoslas-, con ello solo lograrían desnudar aún más nuestra verdad. Justo lo único que no está en su poder y que, pese a su maquinaria propagandística y mediática, no van a conseguir arrebatarnos. Nunca.