domingo, 6 de febrero de 2011

Esfuerzo y motivación


¿Esfuerzo vs. motivación? ¿Acaso no son compatibles?

Resulta curioso la falta de comprensión que ciertos de mis colegas muestran hacia aquellas actividades que, en su opinión, no aportan gran cosa a nuestros alumnos. Supongo que por eso, hace solo un par de días, una compañera me comentaba que parte de los chicos que colaboran -de modo totalmente voluntario- en el grupo de teatro que hemos formado este año en mi centro, no podrán venir a ensayar conmigo -fuera de su horario lectivo- durante unas semanas, pues han de recuperar en esas horas -no lectivas, insisto- las clases de cierta asignatura cuyo currículo es, sin duda, esencial para la vida futura de estos chavales y mucho más importante -dónde va a parar- que nuestro proyecto teatral.

El hecho de que llevemos tres meses trabajando cuatro horas por semana, que estemos implicados en un proyecto en el que colaboran veinte alumnos de niveles muy diferentes, que nos estemos dejando la piel haciendo algo que nadie -salvo nosotros mismos- nos reconoce -ni créditos, ni remuneración, ni nada que se parezca a un gracias- y que, gracias a esta injerencia, todo eso se pueda echar a perder e incluso sea imposible estrenar, pues bien, todo eso no son más que hechos anecdóticos que no tienen relevancia alguna frente a lo mucho que esos alumnos aprenderán sobre esa otra materia que no es tan accesoria ni tan superflua como lo es el teatro.

Lo malo es que ese tipo de planteamientos -tan habituales y, ojo, tan posibles en profesores jóvenes como veteranos: la verdadera juventud no tiene nada que ver con la fecha de nacimiento- olvidan algo que, quizá, deberíamos tener en cuenta más a menudo. Olvidan, sobre todo, que el instituto es uno de los pocos lugares donde, en nuestra vida, seremos aquello que realmente nos propongamos ser. Seremos deportistas, o periodistas, o escritores, o actores. Seremos lo que nos dejen ser. Lo que nos inviten a ser si saben sacar de nosotros entusiasmo y motivación. Y entonces, seguro que sí, trabajaremos, nos esforzaremos, y volcaremos en ese proyecto -sea el que sea- lo mejor de nosotros mismos.

Yo, desde luego, no habría llegado nunca hasta aquí si no me hubiera sentido escritor mucho antes. Si algunas profesoras -Sonsoles, Puri, Carmina: imprescindibles- no me hubiesen alentado a seguir inventando mundos y personajes. Si no me hubiesen animado a leer en público algunos de los relatos con los que ganaba certámenes escolares, que luego mis compañeros -contagiados por el entusiasmo de estas magníficas docentes- me hacían fotocopiarles y dedicarles como si de grandes obras literarias se tratase. Por eso, así lo siento, seguí escribiendo. Porque cuando solo tenía quince años ya me sentí autor, porque me permitieron ver una imagen distinta de mí mismo, porque me acercaron a la novela experimental, al teatro alternativo, a todo lo que suponía romper con el currículo habitual y que, sin embargo, sería tan esencial en mi día a día.

Hoy, cuando La edad de la ira ya puede verse en las librerías de todas España (hermoso momento, intensísimo), no dejo de pensar en un relato de cinco páginas que escribí en 2º de BUP y que, sin duda, es de lo mejor que he escrito nunca. Ingenuo. Imperfecto. Vehemente. Pero lleno de una verdad que necesitaba compartir y que, de algún modo, supongo que supe transmitir. Un relato llamado Treinta y cuatro que he rescatado estos días para colocarlo junto a mi máquina-talismán-de-escribir, la misma Olivetti donde tecleé esos primeros cuentos. Esa primera novela. Esas primeras obras de teatro. Sin ese relato, no habría habido In(h)armónicos. Ni tampoco me habría atrevido con la arriesgada La inmortalidad del cangrejo. Ni habría abordado una obra tan ambiciosa -en lo formal, en lo emocional- como La edad de la ira.

Así que, cuando alguno de mis comprensivos colegas cuestiona la oportunidad de alguna actividad extracurricular o, peor aún, cuando la obstaculiza anteponiendo su programación, sus contenidos y su -admitámoslo- pésima planificación (¿por qué a mí nunca me falta tiempo y a ellos sí?), siento tanta rabia y tanta pena. Porque tengo la sensación de que cada vez que les impedimos a nuestros chicos acercarse a otras realidades fuera de la pizarra también los alejamos de desarrollar, al cien por cien, su verdadero potencial. De empezar a sentir que son mucho más de lo que les hacemos creer que son. De demostrarles que esto de la educación sí que tiene sentido. Lástima que los fanáticos de la tiza no siempre estén dispuestos a verlo así. Sí, es una lástima.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

La clave es lo que comentas sobre la mala planificación. Esos "profesionales" son los que en cualquier empresa se quedan hasta las nueve cada día y critican a los que se van a casa a las siete (¡!) con su trabajo terminado o, al menos, dirigido.
Lo malo es cuando te tocan de jefe o de profesor, o de cualquier actividad en la que haya personas a su cargo, porque arrastran a todos y suelen echar la culpa de su incompetencia a los demás, a las circunstancias... Al eter en definitiva.
Ojalá salgáis adelante a pesar de todo. Un abrazo

Sinclair

Peter P. dijo...

Qué genial texto. Aunque qué pena el motivo originario del mismo... en fin, como bien dice Sinclair, al final pagan justos por pecadores. Ánimo, los chavales sí que premian y agradecen tu tiempo y dedicación, segurísimo!!

Beatriz Olivenza dijo...

Cómo te comprendo, compañero de faenas (y de fatigas, por lo que veo). Yo llevo unos añitos en la enseñanza y, como soy más bien inquieta, he hecho todo lo que me he sentido capaz de afrontar: coordinar el periódico del centro, organizar la biblioteca, llevar grupos de teatro. Esto último es, sin duda, lo que afronté con más entusiasmo y también lo que consumió más mi energía. Y lo hice en institutos en los que tampoco se me apoyaba demasiado. Por suerte, mi centro actual, en el que llevo más de diez años, cuenta con un equipo directivo que apoya incondicionalmente cualquier iniciativa que redunde en beneficio del alumnado y que sirva para ampliar sus horizontes. Al menos, eso compensa la desidia o la ignorancia de una administración capaz de premiar con créditos la asistencia a un curso en el que uno puede perfectamente hallarse "de cuerpo presente" y no las actividades en las que los docentes nos dejamos realmente la piel. Seguiremos en la brecha. Y gracias, Fernando, por visitar mi blog.

Nieves dijo...

El otro dia tropecé con uno de esos profesores que criticas, él dice que no hace falta molestarse en cambiar al alumnado porque dice que es imposible y asi que pasa de involucrarse. Y parece que el entra en su clase dá su lección y creo que le dá igual si han entendido o no.
Luego habia otra que decia que ella luchaba aunque sea por que aprendieran una centesima parte de lo que verdad debian aprender, que ya era un logro.
Ojalá mi hija que tiene que empezar cole tenga suerte de encontrar profesores que tengan tu actitud ante la enseñanza.

Cinephilus dijo...

Nieves, Beatriz... Cómo os entiendo...

Sé que no debería decirlo yo, Nieves, pero creo que te gustaría leer LA EDAD DE LA IRA. Me da a mí que te va a interesar cuanto allí se cuenta, cuestiona y critica... Saludos y mil gracias por vuestro interés en este blog

Lian dijo...

Hola Cinephilus;
cuánta razón tienes.
Pero ¿sabes qué?
Pueden obstaculizar tu estraordinaria tarea, pero nadie conseguirá nunca, y te lo repito en grande: NUNCA, arrebatar a tus alumnos la ilusión que has conseguido infundirles. Ellos eran buenos, pero esque gracias a ti, muchos han seguido soñando y luchando por su meta. Y tu has hecho posible muchas.
No dejes de ser como eres y hacer lo que haces; tus chicos te necesitan =)

Cinephilus dijo...

Gracias, Lian... Cómo me emociona cuanto dices...

Anónimo dijo...

No sé en qué centro das clase. Debe de ser un horror y creo que tu situación no es generalizable. En el mío se reconoce públicamente tanto el trabajo en el aula como en actividades extraescolares. Tambien se libera de horas complementarias a los que hacen actividades fuera del horario lectivo. Además, a pesar de los recortes y con el fin de poder reconocer el trabajo extra de tutores, se han mantenido las horas de reducción a costa de, entre otras medidas, cargarse el equipo directivo con más horas de las debidas. Se apoyan las actividades, pero sin olvidar que tenemos la obligación de cumplir con los programas. No creo que todos los profesores administren mal su tiempo. Para que nos respeten, lo primero es reconocer que la mayoría de los profesores y, no solo unos pocos, hacemos nuestro trabajo dignamente, que nos encanta nuestra profesión aunque haya algún garbanzo negro que otro.

Fernando J. López dijo...

Hola Anónimo: en primer lugar, claro que no se pretende generalizar nada, ni en este blog ni en mi novela. En realidad, no creo que ninguna generalización -en el campo que sea- conduzca a nada positivo. Por eso este blog se autodefine como un diario, porque solo plasmo mis experiencias, mis sensaciones, tan válidas o tan equivocadas como las de cualquier otra persona.
En segundo lugar, claro que mi instituto no es un horror, simplemente es un centro más, con sus cosas buenas (muchas) y las que no lo son (que también las hay). Compañeros excelentes y otros no tanto, exactamente igual que en todos los trabajos anteriores que he tenido. Pretender que todo es perfecto es tan poco natural como afirmar lo contrario.
En último lugar, creo que el respeto no viene del autorreconocimiento, sino del reconocimiento -a secas- de quienes nos ven en ese día a día donde trabajamos dando lo mejor de nosotros mismos. No creo que en las mayorías -sean buenas o malas: si te fijas, en el post se insiste en el determinante "algunos"-, sino en las personas, de modo que no puedo hacer una generalización positiva -la mayoría lo hace bien- ni negativa -la mayoría lo hace mal.
Personalmente, mi única fe reside en el potencial humano que se encierra en cada centro escolar -potencial en el claustro, entre los alumnos, en sus padres- y que a veces se pierde por falta de medios, o por falta de diálogo, o por falta de incentivos, o por ese individualismo que impide la colaboración y el trabajo en equipo. Y, lo siento, esas ganas de colaborar y de entender la postura ajena es algo que no he encontrado en exceso en el sector educativo.
Por otro lado, teniendo en cuenta lo que he visto en las reseñas que van apareciendo de la novela en diversos medios, la autocrítica no solo no impide que recibamos ese respeto del que hablas, sino que lo fomenta y lo hace aún más sólido -así me ha pasado con más de un lector que antes no imaginaba todo lo que se ha de tener en cuenta en el mundo educativo-, pues permite humanizarnos y hacer que quienes juzgan este trabajo a la ligera sean conscientes de la dificultad que entraña y de la cantidad de molinos/gigantes que debemos afrontar cada día.
A mí, asumir mi imperfección, mi necesidad de seguir aprendiendo, mis obstáculos y mis inseguridades, no me impide sentirme respetado, querido y valorado tanto por muchos de mis colegas, como por muchos de mis alumnos y de sus padres. Al menos, así lo siento.
Un saludo y gracias por compartir tu opinión ;-)