¿Esfuerzo vs. motivación? ¿Acaso no son compatibles?
Resulta curioso la falta de comprensión que ciertos de mis colegas muestran hacia aquellas actividades que, en su opinión, no aportan gran cosa a nuestros alumnos. Supongo que por eso, hace solo un par de días, una compañera me comentaba que parte de los chicos que colaboran -de modo totalmente voluntario- en el grupo de teatro que hemos formado este año en mi centro, no podrán venir a ensayar conmigo -fuera de su horario lectivo- durante unas semanas, pues han de recuperar en esas horas -no lectivas, insisto- las clases de cierta asignatura cuyo currículo es, sin duda, esencial para la vida futura de estos chavales y mucho más importante -dónde va a parar- que nuestro proyecto teatral.
El hecho de que llevemos tres meses trabajando cuatro horas por semana, que estemos implicados en un proyecto en el que colaboran veinte alumnos de niveles muy diferentes, que nos estemos dejando la piel haciendo algo que nadie -salvo nosotros mismos- nos reconoce -ni créditos, ni remuneración, ni nada que se parezca a un gracias- y que, gracias a esta injerencia, todo eso se pueda echar a perder e incluso sea imposible estrenar, pues bien, todo eso no son más que hechos anecdóticos que no tienen relevancia alguna frente a lo mucho que esos alumnos aprenderán sobre esa otra materia que no es tan accesoria ni tan superflua como lo es el teatro.
Lo malo es que ese tipo de planteamientos -tan habituales y, ojo, tan posibles en profesores jóvenes como veteranos: la verdadera juventud no tiene nada que ver con la fecha de nacimiento- olvidan algo que, quizá, deberíamos tener en cuenta más a menudo. Olvidan, sobre todo, que el instituto es uno de los pocos lugares donde, en nuestra vida, seremos aquello que realmente nos propongamos ser. Seremos deportistas, o periodistas, o escritores, o actores. Seremos lo que nos dejen ser. Lo que nos inviten a ser si saben sacar de nosotros entusiasmo y motivación. Y entonces, seguro que sí, trabajaremos, nos esforzaremos, y volcaremos en ese proyecto -sea el que sea- lo mejor de nosotros mismos.
Yo, desde luego, no habría llegado nunca hasta aquí si no me hubiera sentido escritor mucho antes. Si algunas profesoras -Sonsoles, Puri, Carmina: imprescindibles- no me hubiesen alentado a seguir inventando mundos y personajes. Si no me hubiesen animado a leer en público algunos de los relatos con los que ganaba certámenes escolares, que luego mis compañeros -contagiados por el entusiasmo de estas magníficas docentes- me hacían fotocopiarles y dedicarles como si de grandes obras literarias se tratase. Por eso, así lo siento, seguí escribiendo. Porque cuando solo tenía quince años ya me sentí autor, porque me permitieron ver una imagen distinta de mí mismo, porque me acercaron a la novela experimental, al teatro alternativo, a todo lo que suponía romper con el currículo habitual y que, sin embargo, sería tan esencial en mi día a día.
Hoy, cuando La edad de la ira ya puede verse en las librerías de todas España (hermoso momento, intensísimo), no dejo de pensar en un relato de cinco páginas que escribí en 2º de BUP y que, sin duda, es de lo mejor que he escrito nunca. Ingenuo. Imperfecto. Vehemente. Pero lleno de una verdad que necesitaba compartir y que, de algún modo, supongo que supe transmitir. Un relato llamado Treinta y cuatro que he rescatado estos días para colocarlo junto a mi máquina-talismán-de-escribir, la misma Olivetti donde tecleé esos primeros cuentos. Esa primera novela. Esas primeras obras de teatro. Sin ese relato, no habría habido In(h)armónicos. Ni tampoco me habría atrevido con la arriesgada La inmortalidad del cangrejo. Ni habría abordado una obra tan ambiciosa -en lo formal, en lo emocional- como La edad de la ira.
Así que, cuando alguno de mis comprensivos colegas cuestiona la oportunidad de alguna actividad extracurricular o, peor aún, cuando la obstaculiza anteponiendo su programación, sus contenidos y su -admitámoslo- pésima planificación (¿por qué a mí nunca me falta tiempo y a ellos sí?), siento tanta rabia y tanta pena. Porque tengo la sensación de que cada vez que les impedimos a nuestros chicos acercarse a otras realidades fuera de la pizarra también los alejamos de desarrollar, al cien por cien, su verdadero potencial. De empezar a sentir que son mucho más de lo que les hacemos creer que son. De demostrarles que esto de la educación sí que tiene sentido. Lástima que los fanáticos de la tiza no siempre estén dispuestos a verlo así. Sí, es una lástima.
