Qué mala suerte apellidarse Martínez. O peor aún, Ruíz. Qué mala suerte no caer entre los primeros de la lista, porque -de otro modo- los chicos jamás se ganarán unos minutos -tres, cuatro, tal vez cinco- en los que los profesores discutan sobre su futuro académico. Qué poco tiempo les espera a los que están en la segunda mitad de la lista, aquellos que se topan -por puro azar alfabético- con un claustro cansado, ansioso por regresar a casa y harto de escuchar cotilleos y rumores -a menudo, improcedentes- sobre las clases de las que se ha ido hablando a lo largo de la tarde de evaluación.
En teoría, las juntas de evaluación tienen como fin poner en común no solo las calificaciones, sino también la visión que cada docente tiene de sus alumnos, de manera que se detecten problemas y, en la medida de lo posible, se hallen soluciones. En la práctica, esas juntas son reuniones en las que los asistentes intentan despacharlo todo lo antes posible, donde hay quien se divierte dando datos privados y familiares de nula relevancia pero potencialmente morbosos y en las que se puede llegar al extremo -como le pasó a un amigo mío este curso- de tener a un colega "cronometrando" el tiempo que se tarda en cada alumno: "vamos, que ya van diez minutos y aún queda media lista". Gracias a esos energúmenos, se puede revisar en menos de treinta minutos un grupo de treinta y cinco alumnos (ahora, calculen).
A tan fructíferas juntas de evaluación acuden también los representantes del equipo de orientación, a quienes no se les escucha porque, a fin de cuentas, solo son psicólogos y pedagogos, de modo que pueden tener opiniones fundamentadas que vayan en contra de la ley del mínimo esfuerzo defendida por gran parte del claustro. A cambio, de clasifica a los alumnos en buenos y malos con notable facilidad -a veces la adjetivación es aún más dura- y se les compara sin pudor alguno, en símiles que alcanzan lo insultante cuando los comparados son dos gemelos o mellizos que comparten clase.
Antes de terminar cada uno de estos festivales de la insensatez, se permite -en ciertos centros- que entren el delegado y el subdelegado del grupo a transmitir sus quejas y sugerencias sobre el funcionamiento del curso. Lo normal es que sus palabras se acojan con suspicacia -es decir, con el claustro a la defensiva- y que haya algún profesor que -como también he visto este año en más de un caso- pierda los papeles, infantilizándose y contestándoles como si fuera otro adolescente más, solo que con una posición de poder que hace inaceptable su intervención.
El tutor se encarga de presidir la junta evaluadora de su grupo, supuestamente para poder conducir y orientar los juicios de sus colegas, que deberían escuchar los criterios de todos ante casos dudosos, conscientes de que una calificación no puede ser tan solo un número. Sin embargo, el tutor suele darse de bruces con un muro insalvable, pues nadie admitirá jamás que su cuatro pudiera ser un cinco o que su cinco pudiera ser un seis. Todos los profesores poseen -en dosis individuales y dogmáticas- la esencia eterna de la verdad y nada que diga o haga el resto servirá para disuadirles.
Por supuesto que hay excepciones (pocas), pero gracias a la ineficacia de estas reuniones se llega a disparates como puntuar con un 2 en Lengua a un niño de 1º de la ESO que se esfuerza, que trabaja, que lucha por llegar a un resultado digno y al que, sin embargo, le falla la base y le mata la ortografía. El premio a todo ese esfuerzo es un 1 -"matemático y preciso", afirmó su profesora- que se quedará en su boletín durante todas las Navidades. La consecuencia es que el alumno -un niño de doce años, apenas un recién adolescente- se desmotiva, se despide de su autoestima -solo sus padres saben lo que está costando remontarla- y resulta mucho más duro que antes convencerle de que merece la pena no tirar la toalla, porque en su primer año de secundaria ya ha aprendido una primera y valiosa lección: en este sistema educativo de décimas y pruebas pro-PISA, el esfuerzo no sirve para nada.
Solo espero que, en estas Navidades, a todos esos docentes les traigan ingentes cantidades de carbón... Por estricto orden alfabético, desde luego.
sábado, 25 de diciembre de 2010
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Cal y arena
Nunca he tenido muy claro qué era lo bueno y qué lo malo. Cosas del refranero, supongo. El caso es que ayer fue un día en el que -como sucede siempre en las sesiones de evaluación- hubo un poco de todo, así que haremos una breve síntesis de los hits del martes...
Dos de cal
1. Sobre la interdisciplinariedad
A todos se nos llena la boca con frecuencia sobre lo poco que saben nuestros alumnos, sobre lo mal preparados que vienen en tal o cual materia, sobre la escasa cultura general que parecen poseer. Sea o no cierto, el caso es que tengo la sensación -absurda, seguro- de que un mayor esfuerzo interdisciplinar podría solventar ciertas lagunas. Evidentemente, lo interdisciplinar supone trabajar en equipo y, en definitiva, exige coordinarse, prepararse, reunirse, entenderse. Demasiados verbos reflexivos y demasiado esfuerzo como para que alguien se anime a ello: el autismo es una fórmula pedagógica mucho más eficaz. Sin duda.
El caso es que me ha surgido la opción de mover una actividad interdisciplinar -palabra tan difícil de teclear como de conseguir- con otro par de departamentos. Yo me encargaría de todo, tan solo necesito un sí, un de acuerdo, o un movimiento de cabeza (de arriba abajo y de abajo arriba) para ponerme con ello. Ni siquiera pido colaboración, ni trabajo conjunto, qué va, solo pido que me dejen organizarlo a mí y que, al menos, no me miren mal por plantear algo diferente.
Pues bien, la reacción no es ni siquiera un adelante, o un bueno, o un triste no me importa, no, la reacción es pedirme que no haga nada que suponga restar clases llevando a los alumnos a dicha actividad, porque está claro que en cada 50 minutos damos unas dosis imprescindibles de sabiduría y todo lo que esté fuera de esa pizarra no será jamás igualmente formativo. Faltaría más...
2. Sobre la irresponsabilidad
¿Se pueden tomar medidas drásticas contra un profesor que incumple grave y sistemáticamente su trabajo?
Quiero creer que sí, pero lo dudo. Y lo dudo cuando pueden pasar situaciones como la que viví ayer, al comprobar que mi grupo de 2º de Bachillerato -sí, esos que se juegan el paso a la universidad- no tenían la calificación de una de sus materias. La profesora responsable no había comunicado esas notas, ni mostrado los exámenes, ni introducido las calificaciones en el sistema informático donde estamos obligados a registrarlas. Refugiada en una baja -sí, pueden sospechar: yo lo hago- se limitó a enviar un e-mail a la dirección de Jefatura de Estudios que, supuestamente, estaba destinado a mí y donde figuraba un listado de notas que pretendía que tomásemos en consideración durante la evaluación de mis alumnos.
Como estoy cansado del corporativismo y de otras milongas que no sirven más que para seguir tirando piedras contra nuestro tejado, me negué a introducir esas notas -recibidas por un cauce del todo irregular y fuera de plazo- y, afortunadamente, conté con el respaldo de la directiva para ello. Lo triste es que esa profesora está afectando a muchos más alumnos (diversos grupos completos de Bachillerato) y, de momento, no hay medida contundente alguna que pueda ser tomada. Es más, este problema ya se dio en anteriores centros y ha llegado tal cual hasta hoy. Y lo que nos quede...
2. Una de arena
Esta evaluación he corregido -si cabe- aún más de lo habitual. Decidí que era preciso que mis alumnos, a los que someterán a unas pruebas ridículas y mecánicas en la Selectividad, pudiesen expresarse y ser críticos con el contenido de la materia que les imparto. ¿Se puede enseñar literatura desde la captura de datos triviales o anecdóticos? Estoy convencido de que no. Lo malo es que, tras tantos trabajos escritos, he terminado realmente agotado. Resulta difícil encontrar tiempo para leer y valorar los trabajos de tus alumnos si cada grupo de Lengua y Literatura se compone de una media de 35 alumnos gracias a los recortes de nuestra siempre querida Comunidad.
Y hoy, roto tras una semana especialmente dura, una de mis alumnas ha venido a hablar conmigo. Es una chica inteligente, creativa, interesante. Una futura arquitecta, según sus deseos, que estoy seguro de que conseguirá cuanto se proponga por méritos y por esfuerzo. Y, de repente, me sorprende diciéndome que quiere hacer también Periodismo, o Comunicación, o cualquier otra carrera donde dar rienda suelta a sus ganas de escribir, porque hasta que empezó a hacerlo en mis clases no era consciente de que tuviera talento para ello. Es más, se veía negada en ese aspecto.
En momentos como es cuando piensas que corregir sí que tiene sentido, que a veces el sobreesfuerzo que se hace rotulador en mano sí que tiene algún fin. Y, desde luego, después de esto pienso seguir pidiendo que escriban, que opinen, que comenten. Pienso seguir llegándome pilas de trabajos a casa, porque mi objetivo no es que sean productivos -que es lo que de ellos pide la Selectividad- sino que sean creativos, críticos y adultos -que es de lo que de ellos debería pedir nuestro desenfocado Bachillerato.
jueves, 2 de diciembre de 2010
"La edad de la ira" en Facebook
Se va acercando la fecha de su publicación (febrero está a la vuelta de la esquina) y mi novela, La edad de la ira, se estrena en Facebook. A todos los que os interesen los textos de este blog seguramente también os apetezca adentraros en su historia, ya que se trata de un thriller en el que la investigación de un suceso atroz conduce a sus protagonistas a una intensa, descarnada y personalísima reflexión sobre el sistema educativo.
Os dejo aquí el enlace para que podáis curiosear sobre su argumento, sus temas, sus novedades... y, cómo no, también para que hagáis clic, sin ningún tipo de complejo, en el correspondiente Me gusta. Y solo espero que, cuando la leáis, ese Me gusta sea sincero... ;-)
Os dejo aquí el enlace para que podáis curiosear sobre su argumento, sus temas, sus novedades... y, cómo no, también para que hagáis clic, sin ningún tipo de complejo, en el correspondiente Me gusta. Y solo espero que, cuando la leáis, ese Me gusta sea sincero... ;-)
martes, 30 de noviembre de 2010
Alegre regocijo
Evidentemente, los profesores de Secundaria y Bachillerato que trabajamos en la enseñanza pública madrileña tenemos muchos motivos para estar contentos. Entre ellos, podemos mencionar datos como estos, todos ellos causa de extremo regocijo:
- supresión de las licencias remuneradas por estudios,
- supresión de las horas para desarrollar proyectos de centro (tales como bibliotecas escolares, gestión de nuevas tecnologías...) en pro del aumento de horas lectivas por profesor,
- supresión de desdobles y grupos de apoyo para los alumnos con dificultades,
- aumento del número de alumnos por aula,
- reducción drástica del número de orientadores...
Y todo esto sin contar con minucias como la segregación del alumnado a la que conduce el actual espejismo del sistema bilingüe (a eso mejor le dedicamos otro post: el tema lo requiere), la bajada de sueldo -sí, esa misma a la que nos hemos visto sometidos todos los funcionarios- o los dos millones de euros que se ha gastado la Comunidad de Madrid en una campaña inútil y demagógica afirmando que apoyan (sin que nadie sepa aún cómo) a los profesores.
Pues bien, a raíz de estos hechos se convoca para la tarde del martes 30 de noviembre una concentración ante la Consejería de Educación, en la calle Alcalá. Dicha concentración es una iniciativa del sindicato CNT y, en un ejercicio de absoluta coherencia, otros dos sindicatos "rivales" convocan un acto informativo -el mismo día y a la misma hora, solo que en lugar muy diferente- sobre el tema del concurso de traslados (ver post anterior). Ni unos ni otros difunden bien su información y la poca que llega no causa efecto alguno en los claustros donde se explica el motivo de cada una de sus convocatorias.
El profesorado, que muestra su crispación en recreos y cafés, se encoge de hombros y, como hace frío, decide quedarse en su casa, que es donde más a gusto se está. Por supuesto, encontrarán rápidas justificaciones para su pasividad ("a mí los sindicatos no me representan", "no me enteré a tiempo", "me era imposible acudir", "no tengo nada que ver con CNT, mi causa es otra"...). No sé, cualquiera sirve. Gracias a todo ese arsenal de excusas, hoy delante de la Consejería no sumábamos, siquiera, veinticinco personas. Por supuesto, el sindicato convocante -había más policías que manifestantes- se ha encargado de pervertir el acto lanzando con su megáfono unas proclamas para las que yo no había sido convocado (es bonito concentrarse para protestar por la enseñanza pública y encontrarse con un panfleto espontáneo pro-anarquía, con ese tufillo reconcentrado a utopía demodé que se gastan algunos).
Lógicamente, si hubiéramos sido muchos más profesores, si hubiera habido más sindicatos, si hubiera algún tipo de sentido de unión o de solidaridad o de compromiso en este triste -apático y conformista- gremio al que pertenezco, esas consignas habrían sido ahogadas por las voces de quienes tenemos un grito común que lanzar. Un grito a favor de la educación, de la calidad de la enseñanza (esa que no miden los tests estúpidos de Esperanza Aguirre), un grito necesario y urgente, pero que se queda para la sala de profesores o para las guardias de recreo. Actuar requiere demasiado esfuerzo y, cada vez lo tengo más claro, muchos de los que han escogido la docencia lo han hecho precisamente para encontrar un lugar en el que ser tan pasivos como siempre desearon, encerrados en la reiteración monótona de contenidos y actividades sin más alma que la tinta borrosa y aburrida de sus apuntes de antaño.
Esta tarde no solo he sentido no solo tristeza. Sino también un profundo bochorno. Por falta de cultura democrática. Por falta de implicación. Por falta de rebeldía. Porque me agota la pasividad que me rodea y la capacidad para tragar con todo cuanto nos imponen. Supongo que en la consejería se habrán reído al comprobar lo barato que les sale atacarnos. E imagino que, ante la obviedad constatada, seguirán haciéndolo.
domingo, 28 de noviembre de 2010
Concurso (kafkiano) de traslados
Este curso coordino -por tercer año consecutivo y, cómo no, en mi tiempo libre- la revista de mi instituto. Además, por ese virus vocacional que nos afecta a unos cuantos, he creado un grupo de teatro con chicos desde cuarto de la ESO a Segundo de Bachillerato. De ambas actividades obtengo una nula remuneración -tanto económica como en forma de créditos o puntos- pero son dos tareas que asumo por el mero hecho de que creo en su importancia y en su validez desde el punto de vista educativo.
Acepto que se trata de algo que hago de forma voluntaria e incluso empiezo a resignarme a que, desde el sistema y la Administración, no se valore lo más mínimo ese esfuerzo (ni se tengan en cuenta que son muchas, muchas, muchísimas horas). A menudo me hace gracia escuchar las quejas de algún padre por "lo poco que hacemos fuera de nuestro horario". Bien, yo lo hago. Y n soy el único (aunque, admitámoslo, tampoco somos -ni mucho menos- mayoría). Pero me pregunto cuántos de esos padres que se quejan dedicarían horas extras de su tiempo a hacer más y mejor para su trabajo. Cuántos se quedarían fuera de horario en la oficina si no hubies algún tipo de retribución a cambio.
Pero aun asumiendo el rasgo vocacional y el pseudoesclavista, lo que no puedo aceptar es que ni siquiera se me deje tiempo para dedicarme a esas labores que sí creo realmente instructivas y que, a cambio, se me obligue a perder ese mismo tiempo en tareas burocráticas que se repiten año tras año -cual mito de Sísifo- como el evento anual de de rellenar -por vigésimonovena vez- los mismos papeles del llamado concurso de traslados.
En principio, este año debería de haber sido sencillo. Es mi tercer concurso, así que solo tendría que presentar los méritos acumulados en estos dos últimos años, de modo que pasasen a sumarse con los méritos ya inscritos. Pero no, porque -oh, sorpresa- ha cambiado el baremo y, cómo no, se nos obliga a presentar absolutamente todo cuanto queramos que sea contabilizado desde que comenzamos a ser funcionarios hasta hoy. Y ese todo incluye papeles, certificados y ejemplares de libros que ya hemos entregado en más de una ocasión (oposiciones incluidas). Papeles y certificados que, para colmo del surrealismo, se hallan en manos de la propia Administración, a quien hemos de solicitárselo para luego volvérselo a entregar.
Y así, entre mostradores de información, páginas web y solicitudes telemáticas, he pasado ya casi una semana. Luchando por robar horas a la gestión de esta infame actividad con el único fin de dedicárselas a lo que realmente debería de importar: la educación. Afortunadamente, mi trabajo se encuentra a diario con tantas trabas y papeles que esa tarea resulta imposible y eso nos garantiza, una vez más, que seguiremos formando alumnos acríticos, aburridos y hartos de soportarnos clase tras clase. Es mejor que todo siga así, no vaya a ser que actividades como el teatro o la revista escolar -entre otras muchas- infundan en ellos ganas de aportar algo que se salga de lo previsto y acabemos descubriendo que la educación pública -en realidad- sí que es posible, solo basta con dar un instrumento tan sencillo y valioso como el tiempo para que eso suceda.
Ahora, si me permiten, les abandono para volver a consultar por vigésima vez la convocatoria del BOCAM, que aún me quedan muchos méritos -de los que ellos sí que consideran, aunque no guarden relación alguna con la enseñanza- que valorar.
Acepto que se trata de algo que hago de forma voluntaria e incluso empiezo a resignarme a que, desde el sistema y la Administración, no se valore lo más mínimo ese esfuerzo (ni se tengan en cuenta que son muchas, muchas, muchísimas horas). A menudo me hace gracia escuchar las quejas de algún padre por "lo poco que hacemos fuera de nuestro horario". Bien, yo lo hago. Y n soy el único (aunque, admitámoslo, tampoco somos -ni mucho menos- mayoría). Pero me pregunto cuántos de esos padres que se quejan dedicarían horas extras de su tiempo a hacer más y mejor para su trabajo. Cuántos se quedarían fuera de horario en la oficina si no hubies algún tipo de retribución a cambio.
Pero aun asumiendo el rasgo vocacional y el pseudoesclavista, lo que no puedo aceptar es que ni siquiera se me deje tiempo para dedicarme a esas labores que sí creo realmente instructivas y que, a cambio, se me obligue a perder ese mismo tiempo en tareas burocráticas que se repiten año tras año -cual mito de Sísifo- como el evento anual de de rellenar -por vigésimonovena vez- los mismos papeles del llamado concurso de traslados.
En principio, este año debería de haber sido sencillo. Es mi tercer concurso, así que solo tendría que presentar los méritos acumulados en estos dos últimos años, de modo que pasasen a sumarse con los méritos ya inscritos. Pero no, porque -oh, sorpresa- ha cambiado el baremo y, cómo no, se nos obliga a presentar absolutamente todo cuanto queramos que sea contabilizado desde que comenzamos a ser funcionarios hasta hoy. Y ese todo incluye papeles, certificados y ejemplares de libros que ya hemos entregado en más de una ocasión (oposiciones incluidas). Papeles y certificados que, para colmo del surrealismo, se hallan en manos de la propia Administración, a quien hemos de solicitárselo para luego volvérselo a entregar.
Y así, entre mostradores de información, páginas web y solicitudes telemáticas, he pasado ya casi una semana. Luchando por robar horas a la gestión de esta infame actividad con el único fin de dedicárselas a lo que realmente debería de importar: la educación. Afortunadamente, mi trabajo se encuentra a diario con tantas trabas y papeles que esa tarea resulta imposible y eso nos garantiza, una vez más, que seguiremos formando alumnos acríticos, aburridos y hartos de soportarnos clase tras clase. Es mejor que todo siga así, no vaya a ser que actividades como el teatro o la revista escolar -entre otras muchas- infundan en ellos ganas de aportar algo que se salga de lo previsto y acabemos descubriendo que la educación pública -en realidad- sí que es posible, solo basta con dar un instrumento tan sencillo y valioso como el tiempo para que eso suceda.
Ahora, si me permiten, les abandono para volver a consultar por vigésima vez la convocatoria del BOCAM, que aún me quedan muchos méritos -de los que ellos sí que consideran, aunque no guarden relación alguna con la enseñanza- que valorar.
lunes, 15 de noviembre de 2010
La PAU y el exterminio de los lectores
Hasta el momento solo lo sospechaba. Pero hoy ya es oficial. Al fin he podido comprobar que las comisiones de sabios -porque lo son, sin duda- que elaboran los exámenes de acceso a la Universidad tienen un único objetivo: exterminar de una vez por todas a ese extraño grupo humano que denominamos lectores, una tribu de resistentes a lo Blade Runner que se empeñan en disfrutar de los libros en lo que, sin duda, constituye un terrible atentado contra los más elementales principios de nuestra contemporánea, belenista y analfabeta sociedad.
¿Y cómo se consigue acabar de raíz con ese vicio tan extendido de la lectura? Pues pervirtiendo asignaturas que, en su origen, podrían motivar a los alumnos para que se acercaran a esos objetos peligrosos llamados libros y convenciéndoles de que no encontrarán en ellos nada que no sea rancio, obsoleto, aburrido y tedioso. Un plan maestro, ¿no les parece?
Así, esta tarde, he asistido a una interesantísima -doblen el ísima si lo prefieren- reunión en la Universidad Autónoma donde se nos ha presentado el nuevo modelo del examen de Literatura Universal para la PAU (Prueba de Acceso de la Universidad) 2011. Dicho modelo -que se basa, cómo no, en un comentario de texto semicanónico y en el vomitado posterior de un tema convenientemente memorizado por los alumnos: los métodos educativos evolucionan que da gusto, como ven- va a acompañado de un listado de lecturas obligatorias que demuestra con cuánto tino disparan estos francotiradores de la literatura.
Ya el año pasado, las Universidades -al menos, las madrileñas- comenzaron con su extermino oficial de lectores, prohibiendo -en un acto de lo más orwelliano- la presencia de cualquier texto sospechoso de ser literario en el comentario de texto de Lengua y Literatura Española II -asignatura de la que se pide un nivel entre patético y risible en nuestra actual Selectividad-; pero no contentos con ello, este curso han decidido acabar con los pequeños grupos rebeldes que puedan existir en ese foco de Resistencia llamado Humanidades y Ciencias Sociales. Esos que se empeñan en hacer Literatura Universal y que creían que allí podrían dar rienda suelta a su sucia adicción intelectual.
He aquí algunas de sus técnicas disuasorias, por si alguien quiere imitar dichos procedimientos:
1. Se han de leer tres de las novelas cortas del Decamerón y, curiosamente, se obliga a los alumnos a aproximarse a tres de los relatos más anodinos, tristes, moralistas y aburridos de todo el libro. Ninguno de ellos tiene ni el más mínimo rastro del humor, del vitalismo y del erotismo (¡no hay ni rastro de sexo!) que caracteriza a esta joya de la narrativa del XIV. Solo alguien que quiere evitar que los adolescentes se acerquen a la prosa de Boccaccio puede elegir tres títulos como esos, absolutamente alejados del contenido jocoso, morboso y anticlerical de esa magnífica colección de relatos. Desde luego, no habrá alumno que, tras analizar con detalle dichos cuentos, vuelva a abrir el Decamerón en toda su vida. Objetivo logrado, pues.
2. Después, de entre toda la producción dramática de Shakespeare, se escoge la emocionantísima y desconocidísima obra de Romeo y Julieta. Supongo que son conscientes de que es peligroso probar con Otelo -les podría fascinar el personaje de Yago e incluso puede que lo leyeran con avidez, deseando ver cómo acaba esa trama. Y peor aún acercarse a las brujas y a la ambición de Macbeth -que podría suscitar en ellos algún tipo de debate o de controversia. Y, desde luego, sería un error absoluto probar con Hamlet, no vaya a interesarles su locura, o su historia de amor con Ofelia, o su compleja y morbosísima relación con su madre la reina. No, mucho mejor obligarles a leer el único texto que ya conocen, que han visto en mil versiones y que no les supondrá reto intelectual alguno. Así les convencemos de algo esencial para conseguir el exterminio perseguido: no merece la pena leer nada porque todo es siempre igual, monótono y repetitivo. Total, Shakespeare apenas escribió nada más que eso.
3. Por supuesto, de la literatura romántica no se apuesta por un drama desmedido y revolucionario de Schiller, ni por un texto de Byron, ni por una obra de Víctor Hugo. No, claro que no, que el romanticismo es muy peligroso y tiene demasiados puntos de conexión con la adolescencia como para correr esos riesgos. Así que, en vez de la poesía provocadora y exultante de Byron, se escoge la poesía de Keats y la de Coleridge, que son -básicamente- las que más lejanas se hallan de los intereses de los lectores de esta edad (la Oda a un ánfora griega de Keats les va a encantar, seguro). Y eso por no hablar de que dudo de que haya muchos profesores de Secundaria expertos en las baladas de Coleridge, la verdad. Es más, viendo el nivel que veo a mi alrededor, dudo que incluso las hayan leído alguna vez.
4. Y, cómo no, ni un resquicio en todo el programa para algún tipo de lectura que se salga de lo estrictamente canónico. Ni novela negra -total, Hammett y Chandler son dos autores de pacotilla-, ni ciencia ficción -Huxley, Orwell, K. Dick, Bradbury, Tolkien..., cuentos para críos-, ni nada perteneciente a la segunda mitad del siglo XX, pues como todos sabemos la última novela que se escribió fue la archileída Metamorfosis de Kafka. Después puede que se haya publicado algo (¿en serio? ¿de verdad?), pero los planes de estudio no tienen noticia de ello... Ah, y tampoco saben que existen las autoras (no hay ni una sola mujer en todo el listado: todo un récord).
Está claro que la literatura resulta incómoda y molesta en esta sociedad. No es bueno alentar a pensar -y mucho menos, a crear- en nuestros tiempos, así que las comisiones universitarias están haciendo con gran celo y esmero su trabajo, consiguiendo -de modo paulatino pero firme- su objetivo. Cada curso que pasa, tenemos más alumnos capaces de hacer como máquinas un examen concreto -nos pasamos un año instruyéndoles en su resolución, que no enseñándoles-, pero incapaces de ser realmente críticos, de pensar por sí mismos, de convertirse en adultos con una cierta madurez intelectual. Resulta hipócrita culparles por no querer acercarse a los libros, cuando el sistema les ha dejado bien claro que leer es aburrido, repetitivo y absurdo, de modo que es mejor no formar parte del clan de los lectores, salvo que estén dispuestos a jugarse la vida y ser, cuando se tercie, convenientemente exterminados.
Lo dicho, puro Blade Runner.
jueves, 11 de noviembre de 2010
La edad de la ira
Hoy hacemos una breve pausa en nuestro (crítico) anecdotario escolar para presentar una novela del autor de este mismo blog, un tal Fernando J. López (sí, un servidor), que saca en febrero con Espasa La edad de la ira, un texto de ficción donde laten muchas ideas, emociones y vivencias análogas a las que se van plasmando en este blog.
Un thriller contemporáneo y urbano en el que, a partir de la intersección de múltiples puntos de vista, se teje un puzle que intenta reflejar el microcosmos que es cualquier instituto. Un relato en el que la intriga -la investigación de un truculento e inexplicable doble crimen- nos permite, además, adentrarnos en las vidas de profesores, alumnos y padres, observando cómo se funden, mezclan y confunden y hasta qué punto pueden influir esas horas -y ese aprendizaje- en todos ellos.
De momento, les dejo aquí la cubierta de la novela y, más adelante, seguiremos dando detalles -en esta misma pantalla- sobre su lanzamiento ;-)
Un thriller contemporáneo y urbano en el que, a partir de la intersección de múltiples puntos de vista, se teje un puzle que intenta reflejar el microcosmos que es cualquier instituto. Un relato en el que la intriga -la investigación de un truculento e inexplicable doble crimen- nos permite, además, adentrarnos en las vidas de profesores, alumnos y padres, observando cómo se funden, mezclan y confunden y hasta qué punto pueden influir esas horas -y ese aprendizaje- en todos ellos.
De momento, les dejo aquí la cubierta de la novela y, más adelante, seguiremos dando detalles -en esta misma pantalla- sobre su lanzamiento ;-)
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